Una LIRA Y UN TREBOL EN LA 3ª AVENIDA (II)
Cuando aterricé en el aeropuerto Kennedy aquel día de San Andrés de 1976 se cernía sobre la Gran Manzana una potente cellisca. Era el atardecer. Y tocamos tierra sorteando las nubes. Una gran turbulencia se abatía.
Venía en el asiento de al lado un polaco que, por miedo le entraron ganas de rezar, se apretaba contra la silla y pasaba los dieces de su rosario:
─Scary. Tengo pánico.
─Dont worry, mister, ya hemos aterrizado.
El acojonamiento de aquel viajero era un signo de los que me esperaba. Un funesto presagio. Me había, al salir de Madrid, dado mi director Donato León Tierno una recomendación:
─Parrita, tú cuenta una historia.
Yo sabía que venía a cerrar la tienda. Que se acababa la prensa del Movimiento.
otra foprma de hacer periodismo. Cambiariamos la elegancia por la plebeyez y la chabacanería. Concluía un ciclo de grandes corresponsales en el extranjero conjugando la novedad noticiosa con la literatura: Julio Camba, Ricardo León que narró la guerra del 14 desde las trincheras alemanas, Hemingway, Rodrigo Royo, García Serrano, Pistolesi, Ismael Herraiz (“Italia fuera de combate”), Blanco Tobio, Celso Collazo, Alfonso Barra. Pombo Angulo el corresponsal de La Vanguardia que dió a conocer la caida de Berlín.
Eran cronistas que medían la temperatura de un país no sólo por la combustión política sino también por sus alacridades poéticas: el habla, sus gentes, su historia, sus tradiciones.
Hoy todo se ha vuelto como más brutal.
Trump tiene modales de esbirro. Es petulante y necio. Mucha gente se pregunta cómo puede ser que un contratista de obras neoyorquino podrido de dolares con aspecto de camionero de la Ruta 66 pueda haber alcanzado la presidencia de los USA. Con semejante patán no es de recibo.
Es la narración a cara de perro. Periodismo de cejas bajas que dirían en Fleet Street y nosotros aspirábamos a la excelencia. Cejas altas. Hice de mi capa un sayo.
Yo venía a echar el cierre y me encontré con una metrópoli que me recibía con una temperatura bajo de cinco bajo cero con unas cuantas pesetas en el bosillo que di a un judío para que me encontrara una casa. Se las di y le ofrecí tabaco.
-Aquí solo fumamos hierba- me dijo
Me dirigí a un hotel cerca de la ONU y desde allí largué mi primer despacho. Subí al restaurante a tomar café y al regresar noté que me habían robado las gafas y mi pluma estilográfica, aquella estilográfica donde yo pergeñaba mis artículos antes de pasarlos a máquina. Un mal barrunto. A pesar de todo, sobreviví.
Nueva York es la ciudad que no duerme, la ciudad automática. Razón llevaba Julio Camba. Era el futuro y yo venía de Europa, una Europa que era el pasado. Como mejor supe y pude narré las intercadencias de la era Carter. My name is Jimmy Carter.
─Jimmy who?
El manisero de Plains. Tenía modales y una dialéctica que me recordaba las páginas de la novela del Tío Tom.
Creo que fue el último de los presidentes americanos que profesaba el cristianismo. Protestante metodista el cual todos los domingos iba a misa y no se cohibía en afirmar que la guerra nuclear sería el fin del mundo.
Porque había hecho la mili a bordo de un submarino armado con misiles con una capacidad deletérea nunca vista en la historia de la humanidad. Era Carter el segundo de a bordo del almirante Rickover.
continuará
martes, 3 de febrero de 2026