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domingo, 9 de febrero de 2020






I



BAJO EL YUGO JUDAICO. TENTE QUE TE UNTO

Autor: Antonio Parra Galindo


Yo, Villeguillo, un pobre exarico, heterodoxo y perseguido por pensar por mi cuenta y por la odiosa manía de cantarle a los poderosos las cuarenta, he venido a esta ciudad donde me nacieron y escuché entre el primer alhorre el vagido de los bustos parlantes y de las rubias de bote que cuentan embustes, chocho morenote, el gran pipote y por ahí debe de andar el pyreso, que es pirómano del periodismo de acarreo, un tal Brollador. Propalan infamias y dan a la historia violentos retortijones, para purificare en las aguas del Rasemir y del Clamores, dos ríos mierderos que abrazan a la población amurallada 
¿Busco el agua lustral en una cloaca? Estoy lleno de dudas al respecto. 
Mi vida ha sido un fracaso, pero he sobrevivido a mis propios naufragios y busco los pecios del amor del barco de Eros hundido en el proceloso mar de la vida. Suelen darme yuyos cada cierto tiempo, me emborracho como un zapatero, no sé dónde estoy, deambulo sonámbulo por el gran Madrid, difunto de taberna, pero mi ángel de la guarda me conduce hasta mi casa; maldigo a la madre que me parió y a la que me puso los cuernos. Una mano misteriosa, pues, me saca de los lóbregos calabozos de Finsternis, que no es otra cosa que el Finisterre del vino en noches de plenilunio alcohólico. 
En medio de mis rigores, se me aparece en sueños el cisne negro de Leda. Entonces Júpiter esgrime el tridente y grita: “soy el padre Zeus”, levántate, toma tu camilla  y anda, surge.  Oigo el grito de Resurrección: la dulce voz de Cristo que en mis amarguras me acompaña. Entonces yo voy y echo a andar como si nada. Inmediatamente el cisne negro del delirio se transforma en una suculenta rubia con la cual se acuesta el dios supremo del Olimpo. Unos ensillan y otros cabalgan. Unos aparvan y otros ahechan. Así es la vida.  
No todos podemos vivir en la plaza. Bien va la cosa. Vosotros non preocupar, que decía un amigo mío gallego cuando, de reclutas en campamento, estábamos haciendo guardia, y el sargento nos arrestaba de imaginaria por habernos dormido o no responder a la voz de los cabos al toque de llamada. A Villeguillo le tocó ir de nones por la existencia, suplicando gracia a los poderosos y perdonándose a sí mismo por haber nacido.
 La destemplanza cáusame no pocas desgracias y sobresaltos. La oscuridad me persigue. El oficio de tinieblas se alarga demasiado y trato de adormecer mi aburrimiento en la botella. Dios es clemente. Luego me arrepiento y lloro los pecados de mi vida pasada. Rezo el “confiteor” la oración de la misa que aprendí de carrerilla siendo monaguillo en Segovia, la ciudad pecadora y traidora. Me meto en una iglesia y prorrumpo en llanto o empiezo a cantar salmos penitenciales… amante Jesús mío, ¡oh cuanto te ofendí!, perdona mi extravío y ten piedad de mí… Soy un desastre: en mis demasías alcohólicos arruiné mis dos matrimonios. Y por un mal rollo di con mis huesos en la cárcel, aunque mía del todo la culpa no fue sino de los rojos y de una marimacho que me provocó. Hube de salir en defensa de mi honra.
 El psiquiatra me diagnosticó la enfermedad de Erifos:
─Eres un alcohólico intermitente, Villeguillo
Acto seguido ─ya digo─ surjo, me levanto como puedo, sacudo las sandalias del polvo del camino y echo a andar hacia la piscina probática de la gracia, arrastrándome por el lodo. Aguardando a que baje el ángel que agite las aguas y se me pase la resaca. 
El dulce Jesús está allí oculto entre las columnas del gazofilacio, me mira amoroso y compasivo. No es el hispido y terrible Jehová vengativo sino el Ungido bondadoso Dios de la cruz y del perdón que se quedó con nosotros bajo las especies de pan y de vino y nos dijo que el Amor transforma el mundo. Que es indestructible.
Mal vas, Villeguillo, pero venid a mí los que estáis cansados y afligidos, yo os aliviaré. Corazón santo, tú reinarás… Segovia pecatriz.  Es un burgo podrido al pie de una catedral muy airosa y un acueducto que tiene dos milenios de antigüedad, reclamo de los turistas de todo el mundo. En mi pueblo nació la picaresca y al padre del Buscón le hicieron cuartos. Son gente de la cual no hay que fiar.
No entendía como una religión que predica el amor supura tanta envidia y tanto odio. Mis paisanos son mala gente, buen pueblo, muy vistoso con su antigüedad, pero mala gente: envidiosos, engreídos, murmuradores, hipócritas y muy atravesados, la mayor tarde están tocados del morbo visigótico y de la falsedad de los jesuitas.  Merecen el castigo del Coletas el agambado, pies planos, con más gibas a la espalda que el cheposo de Fuensaldaña, que nos sulfura en los informativos y se caga y hace higas contra España, dice que es comunista pero yo creo que es un pícaro al servicio de Soros y toda su patulea de laicos judaicos. El fundador del partido Moradillo por otro nombre el marqués de Galapagar que ha enchufado a su chuni en el gobierno y a los dos les llaman el matrimonio Ceaucescu. Un tullido funge de edecán en la formación. ¡Ay España cuan baja caíste! Es ese tullido argentino al que tienen que poner un orinal cuando llega al congreso  de ruedas y hay que sacarlo a mear. lo ha nombrado Perico los Palotes ministro Transportes en silla ruedas. España con los moradillos en ristra es la risa del universo, un esperpento, espantapájaros del mundo gimiendo bajo el yugo judaico. Todo se queda en casa. Son gente muy loada en esta ciudad tan pecadora como chaquetera. Acudo a mi pueblo a restañar las heridas. Las aguas del Eresma fluyen bañadas en vino, un vino que los vuelve modorros pues la estulticia de esos mentecatos paisanos míos me desquicia. Tienen algo de sepulcros blanqueados y son duros de oído. Cierto; cuanto más sabes más sufres. La ciencia allega dolor. Es mejor caminar por la existencia de incógnito e ignorante que pasarse de listo. Si no fuera por el traguillo de las dulces bodegas de Campaspero, no sé lo que sería de mí. Vengo lleno de dolor también a contar la historia de un amigo que acaba de suicidarse. Yo arribé al mundo en la Puerta del Socorro frente al Pinarillo y las cuevas de los eremitas que hacían penitencia mirando para la airosa catedral, delante de la cárcava donde se alzan los estribos de la barbacana de la muralla que ceñía el recinto de la ciudad pecadora: Segovia “peccatrix”, ya digo y no me canso de decirlo, “poenitet mihi” (Segovia pecadora, metanoite, arrepiéntete de tus pecados que eras cristiana y te acuestas ahora con circuncisos.)
Vengo, sin ser Martes Lardero, vestido de saco y los pelos de la cabeza cubiertos de ceniza. En el asiento de atrás de mi utilitario traigo un diablo pegando coces que exhibe unas grandes tenazas, dientes de hiena, garras de león y un corbacho con el que me sacude contundentes rebencazos mientras prorrumpe en gritos blasfemando como si fuera un diputado a Cortes:
 Tente que te unto, me caguen el tío Dios.
Es un demonio muy escandaloso, padre de la ira, que me habla en la jerga del país. Se enfurece cuando alguien  a Jesús o a la Virgen María.
Yo le pongo al hilo sacando un rosario que siempre llevo conmigo en el bolso del pantalón. Y le hago frente mostrándole el crucifijo que cuelga de la contera. Arredro vayas, Satanás. Yo te conjuro por Jesucristo y la Virgen María. Entonces hay veces que se calla, pero en otras ocasiones se enfurece más y le da por pegar respingos.
¿Llamamos al exorcista de Alcalá?
─No fastidies. Ese pondría peor las cosas pues dicen que se echó una novia en América y esa chica no era otra que la niña del exorcista.
Demonio, cata la cruz, ante ella te humillarás.
El maligno se viene abajo y se queda dormido entre bramidos y espumarajos por la boca. Surte efecto el vade retro, de mi exorcismo… aunque yo no tengo nada que ver que con ese cura de Alcalá que dice expulsar demonios y que en vez de expulsarlos sacando el hisopo, los introduce en el cuerpo de los pobres endemoniados. España está endemoniada. Sus alcaldes escupen contra la cruz y el rey  la reina, huyen del agua bendita Por el contrario, sientome yo orgulloso de mis capacidades disuasorias de taumaturgo. Rogando a Dios me conserve en su fe. 
Confiésoles  vayamos al grano que soy un fraile templario. Se me ha encomendado la lucha contra la Bestia en estos tiempos de cambio y en esa demanda sigo. El arma que empleo contra los anticristos que surgen en mi camino son el rosario, la oración por las noches y a veces el vino. Con alcohol se puede luchar contra los diablos, que han aumentado escandalosamente desde que Perico el de los Palotes puso el culo en el sillón de la Moncloa de donde sólo se le podrá sacar a tiros, por más que esta sea una estrategia peligrosa para un borrico como tú que no sabe ni la u. Hay que tener al arcángel san Miguel siempre a mano.
 Voy por la existencia, mendigo de la palabra, cubierto de andrajos, mi piel en arumbeles taraceada de discursos democráticos, frascas, de vino peleón, derrotando por las tabernas de los barrios húmedos, barras de bares insólitos, tugurios de mala muerte y de vez en cuando algún estibadium de lujo cualquier puticlub de carretera con mujeres en el triclinio del brindis y del reposo, copas de aguardiente, mucho aguardiente, un chupito, camarada, ¿hace? ¡Como no! A la madrugada de mis noches vacías, dando barzones por la ciudad recién amanecida, escucho el canto del urogallo. Ya no beberé más, apuré el cáliz hasta las heces, aunque recuerdo la frase de una novela rusa:
—Dios perdonará eternamente a los borrachos
 Yo sostengo que un funeral irlandés es más alegre que una boda inglesa, porque ladraba silogismos el bueno de Boecio y Simón Estilita seguía en lo alto la columna. Días faustos de cerveza, amor y vino y, por las esquinas, columnas mingitorias. En una ocasión tuve la dicha y la desvergüenza de mear desde la torre del Daily Mirror, en Londres, como solía hacer su dueño el gran magnate y creso empresario, Robert Maxwell, que no se llamaba así en realidad, (por cierto otro superviviente del Holocausto) pues tenía un nombre checo muy raro, hizo fortuna vendiendo café instantáneo a las multitudes. El rey del Nescafé nos meaba a todos desde lo alto de la cúpula de St. Paul, produciendo una riada de tinta impresa a lo largo de Fleet Street, lanzaba jaculatorias en yiddish que decían de los placeres sin pecar mear y cagar. Había llegado a lo alto a la plenitud del ser; dicen que murió asesinado por agentes del Moscad por una deuda que tenía contraída con la venta de su rotativo que no quería endosar al estado  de Israel; le cogieron mientras exoneraba su vejiga en su yate navegando por las Canarias. El rey del chocolate, en este mismo orden de cosas, creo que es un ucraniano, por nombre Táchenlo y el rey del porno un tal  Weinstein, el asaltacunas todos adscritos a la lascivia del sistema que utiliza como instrumento de dominación la fuerza del engaño, la extorsión, el chantaje. Les dice a sus pupilas aspirantes a un papel en Jolivú:
─Si quieres un papel, ábrete de piernas, niña. Y tente que te unto, pues con vosotras ya se sabe un no es un sí, con todo lo que digan las feminazis esas.

II

 Como epígrafe del 11S, fatídica fecha, alguien escribió sobre el lienzo de muralla que tengo delante de mis ojos y miro desde las cuevas del Pinarillo por donde se pasea el fantasma de la madre Sacramento, reina de la raza calé, una profecía diabólica: seréis como dioses, si, prosternados ante mí, me adoráis. En la piedra angular de la muralla aparece una inscripción que te hará temblar. Está escrita en alemán; es la palabra alemana Rache, (odium et vindex) en latín. Es la norma y el signo de unos tiempos desalmados en que todo parece boca abajo, la tierra, arriba, y los hombres caminan del revés como consecuencia del vuelco que dieron las cosas en las navidades del 89 cuando apiolaron a los Ceucescus.
Septiembre negro… brancas y opérculos de las agallas del pez, llevo luto por ti, veo chocar los trenes y se estrellan aviones contra un rascacielos. ¿Conspiración (Verschwörung)? Yo que sé.
Estoy tan tranquilo, sin más, en el recibidor de mi domicilio, me acaban de arreglar la parabólica; vino un técnico… quería cobrarme 510 €, le di 200 y vas que chutas… democracia de ladrones. Sintonizo la RAI, la Deutsche Belle, e incluso capto las estaciones rusas. Por lo menos me libera el satélite Astra de los labrados de cerebro de radio Macuto, “La Voz del Carcamal” al micrófono un colombiano muy jabonoso y melifluo que imposta la voz y se escucha a sí mismo. El mejor de todos es Herrera en la Onda, ese sevillano es un gran tipo le escucho todas las mañanas cuando me levanto, por más que todo viene a ser lo mismo: el diablo metido dentro de un micrófono dándonos la vara. Radio Carcamal al habla. Consignas al oído de los bustos parlantes, mensajes publicitarios y mucho tente que te unto.  Por detrás me gusta más. Nos inundan de pornografía y de vanidad. Gimen los erales de la yunta de la vida pasada bajo el yugo. Portamos el peso de una cruz colosal y los diablos van proclamando sus consignas.
-Tente que te unto.
-Por detrás me gusta más.
-Os sodomizan, maricones, sin que os deis cuenta, con su demasiado blablá. 
Un parloteo que aturde  manda en la patria a todas horas buscando el acojone propalando mentiras y contumelias. Escucho el sonido de los bustos parlantes que nos persiguen con un orinal cargado de mierda hasta los topes. Con ese zambullo infame de la gran mentira lavan a las masas el cerebro estos anticristos. 
El país yendo a la deriva, pero del derrumbe nadie hace ni caso. En el carro de heno que nos conduce al abismo vamos los españoles tan agustito algunos les va la marcha.
Estoy solo en lo alto de una torre sin campanario, sacristán sin oficio ni beneficio. Los curas se largaron y el papa Francisco se dispone a dar a nuestra iglesia vacía el finiquito. En suma, habrá que volver a las divinidades oscuras del Olimpo. No tengo donde ir, ni oficina ni despacho, ni editorial, ni nadie. Las mejores sinagogas son las tabernas, los templos fueron profanados, las cruces fueron hechas astillas, dispersan los huesos de los santos. Abundan las profanaciones. La otra noche (no creo que fuese alucinación mía) vimos a un borracho caminando por la calle Real de Majadahonda vestido de pontifical y bendiciendo a las farolas. Le holgaba la sotana por detrás pero su cara era ancha y abacial como la de un obispo. En los cementerios dan misas negras y se celebran autos de fe por La Sexta. Las televisiones son un aburrimiento cabezas y culos cuadrados se regodean en la cólera del español sentado que practica la cultura de la queja pero cunde la abulia nacional. Las antenas diabólicos y parabólicas propalan la insensatez y el aburrimiento, un aburrimiento que recuerda los denuestos del agua y el vino medievales. Salta a todas las horas la liebre del viejo furor antiguo. De lo que se trata es de reescribir la historia, de borrar los nombres para que nazca una nueva memoria bajo el arco entrada al campamento de Auschwitz "Arbeit macht frei" aquí nadie ni golpe, nuestras fábricas  están cerradas y el campo es una ruina No hagáis caso de las propaladias de las anarrosas que reinan en las mañanas con su recua de tertulianos Tele5. Todos son periodistas comunicadores de pacotilla 
Colocan a los huesos de los santos sobre un mulo yeguato con orejeras y corona y los queman en el gran enlosado de la catedral global. Ha nacido el IV Reich. 
Estoy dejado de la mano de Dios aparentemente, pero, fijándose bien, el aserto noto que no es verdad. Interiormente me siento un elegido. En libertad les hago un corte de manga a los capitostes mientras contemplo la piedra de la muralla donde se estampa el devenir de mi pasado, mi presente y mi futuro. Ese sillar romano frente a la casa donde vine al mundo es mi bola de cristal. Por las ventanas geminadas se abocina la visión del Parnaso, pero antes hay que hacer antesala en el Departamento de Legrado de Memoria. Enséñame las manos. ¿Están limpias? Te las acabas de pasar por la rabadilla, cochino, al limpiarte el culo, tira de la cadena, huelen mal; al menos no hay el estigma de la sangre. No mataste a nadie y no sería por falta de ganas. En los matacanes de la muralla romana no se ven centinelas (stelzi), se han ido a la taberna o están en el cuerpo de guardia jugando a la brisca. El centurión les observa, como un novelista fracasado, con sus ojos omniscientes, omnipotentes, carnívoros y penetrantes de escritor por la Red. Fue uno de los miembros de la escolta que estuvo en el Monte Calvario. Le ayudó a Longinos a portar la lanza que traspasó el costado de Nuestro Señor y eso le dio poderes mágicos. Roma caerá en los brazos de la apostasía. El gran blasfemo, ese jesuita usurpador que dio el golpe de Estado en Vaticano, destronando al pontífice legítimo, y dijo llamarse Pancho Culo Magno, hace de las suyas, labor de zapa, busca la destrucción de nuestras creencias y de nuestros quereres. Pasará el malsín a la historia más por las dimensiones de sus posaderas que por sus encíclicas.
Magnum Gaudio nuntio vobis culum maximum habemus- clamó desde la ventana del paraninfo vaticano el cardenal protodiácono con acento francés. Era el camarlengo el cual se murió del susto a los pocos días cuando supo quién había sido elegido.
 Si este barco se hundiese nos iríamos todos a pique… Impervidum ferient ruinae. El destino nos golpea.
Contemplo sin descomponer el gesto los muros de la patria mía: Segovia peccatriz ciudad pecadora, España vacía que se están viniendo abajo, un caballo de Troya, destruidos los adarves, han colocado en la Plaza Mayor antes de Franco y ahora de los Derechos Humanos el cartel de “se vende”. El verso es de Plauto cuya poesía yo leí en un libro de viejo que compré en Arévalo porque te digo para que lo sepa que yo fui regatón o colporteur. Iba y venía con mi furgoneta cargada de volúmenes y nadie me hacía caso. No ganaba un duro; se reían los palurdos de este pobre diácono, pero nunca me he sentido más profeta que predicando a los peces analfabetos en la plaza del Arrabal de Arévalo. Mi destino era la venta de ocasión, un rotundo fracaso como todo lo que tiene que ver con la literatura en estos momentos. A la plaza del Arrabal y al atrio de las Angustias yo llegue escapando del mundanal ruido, cuando rugía la marabunta de los años 90, escupido por el oleaje de la gran corrupción. La defensa de mi patria y de mi religión me convirtió en naufrago del sistema. A partir de ahí pasé a formar parte de la lista de los innombrables, sospechosos de herejía anti demócrata y malditos. Pero no soy más que un pobre falangista, una torre derribada por el viento. Mi nombre fue colocado en el índice. Ojito con él, es un revolucionario ese tal Villeguillo, un fascista con peligro. Soy un messuge. El gulag democrático adquirió proporciones gigantescas a partir del año 89 cuando mataron a Ceucescu y se declaró la guerra en Yugoslavia. El ángel del mal envenena las aguas de los ríos de Europa. Luché contra la impostura y me convertí en vagabundo sin suerte, en un forajido de la escritura, pues ahí nos las den todas. Mi derrota contra las fuerzas oscuras sólo fue aparente. Los hechos consumados luego nos dieron la razón y serán pocos los que me rechisten a no ser que sea Peñalosa, ese locutor acaramelado de la Inter, que se pavonea por las ondas como un urogallo en celo. La emisora ha sido vendida a los chinos y ese Peñalosa es un apátrida colombiano, mercenario de los micrófonos que trabajó para el KGB luego se hizo de la CIA y ahora sirve a los mandarines de Pekín que están comprando mi patria a cachos. Los amos de la CEE: Juncker, el besucón, Frau Merkel, ama seca de Europa, siempre de pantalones, Macron el chico de los recados de los Rochild y toda esa patulea de políticos serviles entrando en la viña del Señor a por uvas. Tente que te unto. Todos bajo el yugo.
 En radio Vejestorio echan las habas, sus locutores parlan y vocean contaminados del hedor de las sentinas mediáticas porque la mentira habita entre nosotros. Nos toman el pelo, nos lavan el cerebro, nos pasean en carroza y exponen al ludibrio del mundo.
Gracias a ellos supe que el profeta Moisés era tartamudo, padecía de disfunción eréctil y su bipolaridad se convirtió en crisis mística, se tiró al monte le nacieron en la frente dos cuernos como dos llamas, huyó al Sinaí y bajó los derrumbaderos y recuestos de dicho monte sagrado; bajó que perdía el culo por la cuesta, a mata caballo, por poco él no se esguardamilla y se hicieron cisco las Tablas de la Ley.  Recibía a cada paso mensajes de lo alto. Tenía hilo directo con Dios cuando aun no se habían inventado los guasaps ni el móvil.
Pudo hacer cacharritos el decálogo, pero esto no lo permitió Yahvé. Le brotaron dos cuernos radiantes entre las cejas. Cuando el profeta hablaba al pueblo elegido apuntaban al cielo como dos trazadoras radiantes los cuernos del elegido de Israel:
—Mirad estos preceptos.
—Es un trágala — clamó una voz
—No. Es el camino de la salvación. Si cumplís estos mandatos, iréis al cielo. Si, no, al infierno de cabeza.
―Viva la madre que te parió — volvía a clamar la misma voz.
―Era la de una mujer que estaba encinta de siete meses
Supe yo entonces que los diez Mandamientos eran algo más que una película en la que trabajaban Sofía Loren y Charlton Heston, un matrimonio que se amaba, amparado por la ley vieja dentro de una tienda en el desierto, donde el profeta y su concubina estiraban la alcatifa. La Loren lucía bellísima con sus labios ardientes de napolitana camuesa; sin embargo, tan acarameladas escenas eran sólo cine de sesión continua. Now I dont go to the movies any more. En aquel tiempo veíamos muchas películas pero se acabó todo cuando vino Almodóvar con sus subvenciones y sus guarradas en cinemascope.
Me di cuenta de que no hay que creer demasiado en las cosas que nos cuentan. Todo son películas, cuentos sin cuentas y mohatras de zascandiles de Hollywood. Las ranas siguen croando en las charcas de la mentira y del pensamiento único que está en todas partes y a todas horas. Pilatos llevaba más razón que un santo cuando se preguntaba sobre qué cosa sea la verdad delante de un Cristo al que habían azotado los del Sanedrín y vestido con la túnica blanca de los locos. Una pregunta a la que no han dado respuesta los autores o, si la dieron, la interpretan desde un lado parcial y acomodaticio como don Segismundo Freud el gran profeta de nuestros tiempos.
Si don Alberto Einstein descubrió la desintegración de la materia, don Segis dividió el alma en parcelas y nos adentró en el mundo impenetrable del subconsciente. Este judío vienés se la cogía con papel de fumar. Mascaba tabaco rubio y quillotraba las grandes mentiras o semiverdades en el celofán del psicoanálisis. Pufaba habanos que eran su fuente de inspiración. Sólo a la luz de lumbre de sus cigarros de buena vitola de Vuelta Abajo era capaz de endilgarnos sus concepciones sobre los desvíos del pensamiento y la psique de nuestra carne mortal y nuestros complejos de Edipo. Cuando dejó de fumar se agotó su inspiración.
El hombre es un mamífero que se mueve por dos cosas en la vida dentro del reino animal con sus dos primordiales instintos; de alimentarse y reproducirse. El dinero y la gloria como subalterna o proyecciones de su gran apetencia genésica a la deriva. El ser humano es un depredador sexual, vino a decir este clínico vienés que odiaba a los rusos y acabó con todos aquellos que creían en cosas místicas, siempre dispuesto a la coyunda. Desconoce los ciclos de otros brutos para el apareamiento. El hombre y la mujer siempre tienen ganas. Metido en harina de sus tabúes, el lector de don Segis apuesta por matar al padre, o meneársela. ¡Cuán bajo habéis caído, chavales, sois esclavos de las bajas pasiones y de vuestros rastreros instintos! pero no os preocupéis ya no es pecado. La homosexualidad a partir de don Segismundo Facundo ole el mundo cobraría carta de naturaleza porque uno la mete donde puede y donde le dejan; ya lo decía mi abuelo. Se abrieron pues las puertas carreteras del libertinaje, las cajoneras de los confesionarios ardieron en enorme pira. Ya no es pecado. Los directores espirituales fueron declarados redundantes y los curas fueron al paro o colgaron la sotana.
Preguntaba un quidam:
― ¿No será aquí donde dan pol culo?
―No, señor, un poco más abajo. Tiene que ir al Registro, pero sólo abren por la mañana de nueve a dos. Allí le darán razón. Si no consigue la cedula eche la instancia y dirija un oficio al juez Marlasca con el encabezado de Excelentísimo señor. Él administra el Negociado de los Putos, el furor gay, que el demoniaco Soros nos envía, manda en España. Allí pregunte. El funcionario le hará rellenar una ficha verde, si es usted buharro, y roja si es bardaje. Y permítame un consejo, señor: al entrar en ese despacho se pondrá un mandil en las posaderas o un detentebala a prueba de cualquier ataque anal porque en esa zahúrda van todos los tíos desnudos y cantando la canción de “por detrás me gusta más”. Mucho ojito al entrar en los colmados de Malasaña bajo los siete colores del arco iris.
Quedaron un tanto corridos con tales preguntas y respuestas, pero la información es la información y no sabemos en qué mundo vivimos. Las cosas han cambiado mucho. Freud fue un profeta de los nuevos tiempos audaces, contumaces, cuando todo es posible: la mariconería, Thomas Mann, Muerte en Venecia, el tribadismo (Simón de Beauvoir) nuestras madres de la patria diputadas que pus se reputan son todas bolleras, se hacen lenguas del parricidio, hay que castrar al macho, la rebelión feminista, los servicios secretos, las logias, el Verschörung, la pederastia, los deseos oníricos, las cartas de Einstein sobre la masa y la velocidad, Armstrong el astronauta que llegó a la luna. Uno descubrió la desintegración del alma y el otro la materia. Los dos eran judíos supervivientes del Shoah. Dichos supervivientes andan por doquier y han quedado acá para contárnoslo y pasarnos la pluma por el pico. Desde ahora sólo existirá un credo el de Auschwitz. ¡Quiá, son todo trolas, embustes! Don Alberto nos saca la lengua y don Segis se fuma un puro. Después de todo Dios no se pone a echar partida con nosotros ni quiere jugar a los dados. Esas son mohatras y añagazas del clero romano.
― ¿Por qué escribe usted? ¿Para pasar el rato?
―No. Para espantar a mis fantasmas internos y a ver si se me pasa el hambre, padezco gordura mórbida, me da por comer a cualquier hora.
―Pues habrá que reportarse amigo.
― ¿No has oído que hay una virtud que llaman  templanza?
―Sí, pero no es de mi incumbencia yo voy por otro temario, aunque de mozo era bien parecido.  Gustabanme las mujeres. Allá por los 74 tuve una novia hebrea que se llamaba Diana Percival y hacíamos el amor todas las noches en la casa donde el Dr. Freud escribía sobre el psicoanálisis. Un mediodía se acabaron nuestros encuentros y no volví a verla nunca más. Perduran evocaciones de aquel barrio que era la aljama de los judíos pudientes. Primrose Hill se llamaba

III

Todos desfilan compungidos ante el besamanos y los pésames duelos y empatías por doquier te acompaño en el sentimiento su cuerpo apareció yerto entre las peñas al lado de una botella de vino y una caja de pastillas muerte voluntaria fue el veredicto nadie quiso decir suicidio… ¡Hipócritas! Prefirió una muerte dulce de alcohol. Nos matan de soledad de olvido de aburrimiento, activan la maquinaria del ninguneo, enchufan el ventilador de la mierda, sacan de las charcas a las ranas cantarinas y a los sapos y luego llaman a las plañideras y el besamanos se convierte en poseo, ahí las tenéis a las esclavas sexuales, las pobres hijas de Eva, meneando caderas por la catasta. Haciendo hip-hip por la pasarela. La vida moderna es un escaparate todo bien colocado, nada es lo que parece por dentro va la procesión y la mierda
 Importa mucho salir en televisión un segundo de televisión, siquiera un momento dulce para los ídolos destronados.  La Campos sigue pidiendo limosna a la puerta de los platós. Una limosnita por amor de Dios. Quiero que hablen de mí, aunque sea mal. Todos acuden al arrimo de los focos, desfilan ante el cadáver del manantial de la doncella, musitando la manida frase de qué buena era…, grandísimos camándulas, pieles  blindadas en conchas de galápago, abroqueladas en sus sonrisas  y criando costras como corazas, un país sin sentimientos donde todo es fingir. España es un país de ex frailes y de seminaristas rebotados y de monjas que se enganchan al carro de la política. Católica y cruel majestad... Es la lucha por la vida todos a trepar por la cucaña y luego a retreparse en el sillón sobre moqueta dentro de los muros de un edificio con sello oficial. Viva el Conde Duque que inventó el papel de Estado y la burocracia.
Blanca esquiaba la nieve de Siete Picos montañas del alma -mirando para ellas pasó mi infancia- como una gacela, ganó medallas y luego se olvidaron della. Troquel del oro que hicieron oropel. Vivió el ostracismo, el despecho, el ingrato olvido; fue extranjera en su país. Mira ahora cómo lloran todos estos en la querencia de un arrimo (¿qué hay de lo mío?), una donación y todos esos gajes del oficio. Descanse en paz cuando el olvido aviente sus cenizas sobre las peñas y la nieve del macizo central caiga a copos en los meses del invierno tranquilo. Era una carpetana,  todo una mujer cordillera.
Desde el miradero del Pinarejo, sin poder evitar  su estupor y resentimiento ante la insensibilidad y despecho de sus paisanos, con la mirada de la carne contemplaba la torre de la catedral (ebúrnea y misteriosa, piedra sin tiempo, capitel redondo dando cobijo a los vanos del campanario) alzándose sobre los merlones de la muralla y el negro ciprés que besaba con la punta de sus ramas el cielo… el matacán donde estuvo el aula de mi primer colegio y la monja como yo era zurdo me ataba la mano izquierda a la pata la mesa para que escribiera con la derecha.
Vi a los soldados de la guardia romana el morrión rematando la galea en forma de cresta de gallo y escuché las alertas del centinela al relevo de la primara vigilia. Segovia ciudad amurallada y romana. Cerca de la plazoleta y el arco del Socorro estaba el bufadero. Los cierzos del invierno hacían concilio allí y se disputaban con el ábrego y el solano el sombrero de los viandantes. En lo alto del templo estaba la acrópolis. Cesar Augusto empezó a recibir culto de idolatría en la ciudad donde yo había nacido. Fue coronado el emperador y adorado como dios del Olimpo el año 34 Ad. Era invocado por las congregaciones populares y su estatua incensada cada tarde por uno de los flamines de turno que trepaba hasta su imagen por una escalera colocada en medio del Acueducto. A mi izquierda, a los pies de la sacramental de san Andrés estaba el Corral de los Huesos donde siempre oí yo decir que estaba enterrada gran parte de mi parentela. El osario de los huesos desapareció a finales del siglo XV por orden de la inquisición. Tibias y calaveras ardieron en la gran pira, gran almenara se preparó. Muchos de mis compatriotas que le dan a la sinhueso sin ton ni son, hablar por hablar, desconocen su historia y ubican la necrópolis hebrea donde no es. En las cuevas del Pinarillo allí donde el Clamores abraza a la ciudad para casarse  en estrecho lazo con el Eresma se alojaron ermitaños durante roda la edad media, hacían penitencia, se flagelaban y lloraban sus pecados frente a la ciudad donde no podían entrar por haber cometido algún agravio. Segovia pecadora, magna peccatrix que también vendió al Salvador por treinta denarios. Albergue de putas y de perailes.  Cuando yo era niño se alojaban en aquellas espeluncas tenebrosas familias gitanas. Yo recuerdo a una gitana con el pelo negro subiendo aguas al Clamores por el Camino Nuevo toda vestida de luto y en alpargatas también negras como el mandil la cara cubierta de arrugas y los ojos penetrantes de vidente hasta San Analecto con manojos de romero los cuales ofrecía a los viandantes. Al que no le adquiría un manojito le largaba tremebunda maldición:
—Mañana te enterrarán, señorito. Ya oigo el gorigori, caminas por el mundo con la vela en la mano. A veces la sentencia de la gitana se cumplía y en alguna de las cien torres de la ciudad tocaban a clamor… ¡Qué miedo Uy!
La Sacramento a los niños de posguerra nos infundía pavor. Al verla huíamos hasta refugiarnos en el regazo de neutras madres:
—Mamá que viene la gitana Sacramento
Los gitanos habían establecido un aduar en el Pinarillo y aquella bruja moraba en lo que hoy llaman cementerio hebreo donde se exhibe un rótulo con la bandera de Israel y se canta la Hativka algunas tardes, pero no era un cementerio sino un eremitorio. Estamos regando fuera del tiesto y cantando responso en el sitio que no es. No obstante, el kaddish seguirá resonando hasta el final de los tiempos cuando los rabinos hayan dejado de mover el esqueleto ante el muro de los lamentos y nadie se acuerde de los campos de concentración.
Caminaba la madre Sacramento acompañada de un gato negro y detrás venía el jefe de la tribu, su marido, en un caballo lucio. Cuando vendían toda la cesta  de flores de romero regresaban a su guarida, allí donde aparece hoy día una lápida con la estrella de David. El coralario es pues bien sencillo: no había camposanto ninguno que ya digo el verdadero lugar de reposo para mis antecesores que fueron a descansar al seno de Abrahán se encontraba intramuros cerca del enlosado de la catedral a espaldas del templo de san Andrés, allí donde alguna vez rendimos,  calle arriba del barrio húmedo, culto a Erifos el cabrito que es como se representaba en Grecia a Baco. Se disfraza de chivo expiatorio, aunque realmente es un lobo feroz. No le hagáis caso, alejaos de la botella.

IV


Duro es el mundo de Solapos y Albacora, los dos dioses desconocidos a los que veneraba Roma, pero esta mañana de verano  voy a misa de san Agustín mis males se lleve, después de la avenida que anegó los campos de Valdemoro me acuerdo de mi amigo Paco fenecido hace doce años…¡ cómo pasa el tiempo! Umbral era Umbral. Le canto un responso mientras me zampo una albacora de la primera cosecha de la higuera que planté en el huerto. Chimenea y huerto; soy feliz mientras miro para los muros derruidos de la patria mía, Segovia triunfal, el gran cedro del convento de las jesuitinas, los merlones de la muralla por donde se asoman los fantasmas de mi pasado… todo son pesares y arrepentimientos.
La Virgen del Socorro desde su camarín engastado en la veranda de la balconada me mira con ojos maternales e indiferentes, extendiendo su manto protector sobre el barrio judío. Un rabino baja por las escalerillas de san Roque con los doce panes de la preposición. Una parida lleva las velas de la purificación; el chantre de la sinagoga ante la congregación de san Andrés entona la Shemá. En el océano de las borrascas se precipitaron nuestras ansias y desdenes por causa de la política. Suben y bajan los espectros (Wraith); el caballista Jurry cabalga sobre su mejor alazán, es la jaca que monta siempre que va a ver a la novia. Una recién casada alza el velo “huppah” y el mundo se hace de noche en espera del amanecer de los hijos. La congregación corea epitalamios… cuando el rey Nimrod al campo salía se asomaba a la ventana del cielo toda la estrellería… yo contemplo desde mi tabuco toda la firmamento que ilumina el mundo de la edad media, tal y como era este barrio antes de 1492. 
Miriam la recién casada acaba de ser desvirgada por Samuel su marido en la noche de bodas,  y las parteras se reúnen bajo la ventana para cantar esa dulce canción sefardí "Me casó mi madre chiquita y bonita con un muchachito que yo no quería ay ay ay." Después del amor viene el baño ritual (mikveh). La novia se frota sus partes con agua de lluvia, y un sacristán va de acá para allá picando a las puertas de todos los miembros de la comunidad clamando a voz en grito:
—Nos ha nacido un niño que será rey de Israel.
Cunde en aquel instante la alegría por toda la aljama
 Así fue y así será. Me envuelvo en las filacterias del tefillot, bufanda de oración, y lloro mis pecados que perdonará siempre Adonai por Yom Kippur. Portamos los judíos la llama del fuego sagrado, libamos de la copa del dolor y del vino de eucaristía. Señor bendice este zumo de la vida fruto de la labor y de los trabajos del hombre (kidush) amen… amen que este pan y este vino sean la garantía de nuestra salvación (pikuah nefesh) pues para salvar vidas y no para destruirla fuimos puestos en el mundo los judíos. Somos los elegidos del sufrimiento de la paz y del perdón, nos agrada decir shalom. Que esa palabra esté siempre en nuestros labios amen… amen. Todo es perecedero y extinguible pero los hombres van de acá para allá en una poriomanía incansable buscando la tierra prometida, somos trotamundos viajeros, peregrinos en esta vida devorados por los félidos─ tigres leones gatos ─y alimentados por los solípedos animales de casco: la vaca, la cabra, el cordero. El mundo se divide en buenos y malos y en animales de garra y pezuña. Seamos prudentes y diligentes… Cunctanter… oído al parche y ojo al cristo que es de plata. Tañe el esquilón y se duermen todos los tordos al son. Sklepos… dura y áspera es la vida misma… este adjetivo griego es un monograma que vale para definir cómo es la vida entre gentes envidiosas desalmadas indiferentes, ladrones, codiciosos y escoliastas. I am a dangling man. Vivo colgado de una percha, subido a lo alto de una columna como Simón Estilita. Vivo dentro de un arco formero y mi punto de apoyo es un ladrillo sardinel pero, como soy algo escaro y tengo una pierna más larga que otra y se me hinchan los tobillos, piso mal y me fatigo cuando me atrevo, audaz, a largas caminatas… tú me dirás, Rui Blas. Sé manejar el escardillo y el almocafre pero esa habilidad es de las que no valen para nada.
De tanto empinar el codo yo padecía prurito vesical y mis canales urinarios ardían en el escozor de la ascitis. Por tu uromancia y poliuria yo te conjuro beberás aguardiente de olivo. Triste destino el del borracho. He sido un patoso en todas partes, perdí las grandes oportunidades.  Nada me salía a derechas. Un día quise abrir una librería de lance en Canterbury, pero el arzobispo me dijo que no era buena idea. Un pub en Londres sería más rentable, hijo mío. Los libros no los quiere nadie. El ángel de la muerte. Que odia la verdad, derramó su copa de acíbar sobre las páginas de los grandes textos. Quemaron las novelas de los excelsos autores y a la hoguera fueron las enciclopedias y los grandes tomos de psicología, pero en la gran almenara sobrevivieron los textos mediocres de Irene Besaya esa que ayer parlaba en la  Radio Aprisione con el Calvo de los Halagos un tal Peñacolgada que no ha soltado aun la chaquetilla de camarero a ver qué va a ser los señores. Me arrimé al tendejón de Riudavets y fui salvado. Era el profeta de la Cuesta de Moyano, un español como ya quedan pocos. Un día me dijo con palabras de san Agustín:
-Tolle et lege
Y yo me levanté y leí aferrándome al  salvavidas que me lanzaba el librero. Asido a la estacha de Riudavets entré en aguas validas, arribé a puerto. No naufragué
Pues la Irene hija de Quintero pare más que una coneja hijos fornecinos de su imaginación calenturienta, inunda de títulos los booksellers de los estantes de estaciones y aeropuertos. Es una designada, una elegida. Ellos los de la mafia político-literaria se hacen la ola unos a otros y el resultado de la maniobra no puede ser más cretino. Vivimos en un mundo endogámico yo me lo guiso y yo me lo como. Son los hijos espurios del franquismo, trasvertidos de Generalísimo al que por cierto trasladaron ayer de cementerio los hispanicidas y cristofobos quieren derribar la Cruz del Valle. Profanaron su tumba esos fementidos y allí estaba una ministra que fue puta levantando acta de exhumación. Quieren dispersar nuestros huesos, Señor.
 Hemos asistido abochornados y perplejos los hispanos al lamentable espectáculo de la ministra de Justicia, la Casandra esa, que había sido puta antes que ministra y cocinera antes que monja dio el sonoro, exhumando las cenizas del Caudillo el que nos liberó del yugo judaico. Ahora vuelven por donde solían. Lo han puesto todo  al revés. Pero son sólo toreros de salón americano y cócteles en el Palace. Franco les ganó la guerra ahí les duele supuran por la herida. No soportan que les digan que lo dejó todo atado y bien atado. Así que la hija del Quintero rotula una de sus execrables títulos con el predicado "No matarás" y no se acuerda de que su padre el maldito cojo de las columnas de "La Voz de Ciruelo" tiró un día en Toledo a su madre por la ventana. Muerte a los filósofos. Venían con una tea los seguidores de la diosa del fuego Arson Luminia y la blandían sobre los campos y las torres de las ciudades que se incendiaban, el fuego arrasaba las plazas y las campanas de todas las villas tocaban a muerto. Arson Luminia es la compañera de viaje de Finsternis la deidad del amor oscuro, Nemesis representada por la serpiente de Aneo, la Peste que llaman Pfluge, muerte a los cuatro días por pulmonía. La pandemia viene de China y es transmitida por múridos, pues, si las ratas transmitieron el morbo bubónico, esta infección que llaman gripe aviar pasó a los humanos por picadura o contagio de murciélagos. Los dioses nos envían por contagio animal el castigo. La homosexualidad, el tribadismo, la incontinencia determinan el estado de la cuestión. Dejad que las bolleras feminazis honren a Safo
La informática a la cual di muerte era de aquel gremio. Tuve la verdad un mal día. Cave canem. Cuidado con el perro. Ojo a los mastines. Pululan por doquier. Muchos se han hecho periodistas y tertulianos o tertulianas, melena al viento bellos palmitos hermosos rostros que esconden bajo el barniz del maquillaje (son todo barniz y afeite) el alma negra cuajada de fealdades de mentiras asesinas, la crija o la verija supurándoles entre las piernas. En el país huele mal. El asno de Balaam rebuzna por las esquinas. Al gran jefe se le ha puesto cara de trasera del trolebús... a face like the back of a bus, decía mi querido suegro Mr. Hugh. Quiero ir a Londres a un cementerio de Dagenham a llevarle crisantemos. Es el mejor inglés que conocí. Su esposa se llamaba Grafila y tenía un tío por nombre Harry y por apellido Escolex, abollonado de cara y corto de vista. Al mirarle yo me daba cuenta de que soy una escolopendra y que mi mente es un ciempiés. Dares y tomares. El marqués estaba en la sombra la mirada alzada hacia el horizonte y la espada en su mano pues la necromancia es un arte del demonio. Mucho se practica en Valladolid. Allí viven metecos en su propio país, de poca sustancia, huéspedes del Gran tornadizo que los inviernos van a la iglesia no por devoción sino para calentarse en las estufas de los templos mixtilíneos donde la Virgen se confunde con diosas de la antigüedad.
La contemplación de Segovia que es la ciudad del mundo que más se parece a Jerusalén me fascina al tiempo que me causa dolor, porque son casi lancinantes los recuerdos a causa de estos tiempos compungidos porque cuanto yo amaba en ella ni es ni está. Tampoco se le espera.
Aquí yo nací por desgracia, bebí agua en la Fuente Tornadiza. De niño mis padres quisieron llevarme a Quitapesares un manicomio que estaba en la carretera de la Granja de San Ildefonso porque observaron rarezas en mi conducta, siempre tenía ganas de comer, fui un niño gordo maltratado víctima del bullying  de sus condiscípulos (me llamaban fati, meona y marica a uno que me dijo eso casi lo mato, arranqué contra él a tirarle cantos al sobaquillo, le hice una buena pitera en el colodrillo, no volvió a llamarme eso más) al que le gustaba la soledad, muy impresionable, que tenía ciertas manías y una viva imaginación, me sobaba las manos y daba vueltas a los palos que encontraba en el patio del colegio y jugaba con las ramas de los tilos que se venían abajo partidas de brisca. Recordaba aquellos tiempos y mis ojos se extendían hacia la vaguada del Clamores de donde se podía obtener una buena panorámica de la muralla, dando gracias al altísimo por estar vivo, porque huí de la cola del león siendo cabeza de ratón, no me enchironaron, aunque los malditos quisieron darme por culo, pero yo no me dejé. Detrás estaba la catedral. Vi un gato negro acicalándose en uno de los merlones de la muralla romana. Estaba justo delante del tejado de la casa donde  vine al mundo: San Valentín 4, la Casa de la Troya, mala señal, tuve miedo. Me habían pasado muchas desgracias en la vida y en el fulgor eléctrico de la mirada de aquel michino me hacía pensar en desdichas. Leí en ellos mi sentencia, que era sufrir y padecer de por vida. Lo tenía bien asumido. Aquel felino era el símbolo de la indiferencia con que me recibía la casa donde yo nací y por los ojos del gato se asomaba la ventanera de mi madre que me parió primero y luego me maldijo... no perteneces, no estás en el grupo, no eres de los nuestros. El gato negro da mala suerte, pero mi miedo se trocó en espanto a los pocos días cuando marché a Galicia   un balneario para recuperar mi precaria salud, me crucé con una meiga que me escrutaba de arriba abajo. Bajé corriendo por las escaleras del hotel donde me hospedaba, salí a la calle, corrí despavorido por una rúa larga jalonada de casas de piedra en cuyas paredes solitarias y deshabitadas resonaba el eco de los versos de Rosalía. Un coche con matrícula francesa se paró a mi vera. Oiga, buen hombre, me puede decir donde hay un banco para cambiar moneda... son las cuatro la tarde de un viernes y las sucursales bancarias han echado el cierre, mañana es el Día de la Virgen... un extranjero un hombre muy grande un indio de raza aria asomó su cara espectral por la ventanilla y en un movimiento rápido me arrebató la billetera que yo llevaba en el bolso del pecho de la camisa veraniega. Fue un visto y no visto. Cuando me quise dar cuenta el rumano o lo que fuera había desaparecido. Corrí despavorido en una búsqueda inútil, alcé la vista y me topé con la mirada espectral de la meiga que nos estaba observando desde un balcón. Grité: "señora, al ladrón, al ladrón que me robó". El espectro cerró la ventana de la casa de piedra y me lanzó su maldición... ainda etoufes, neno. Su mirada era muy poderosa y quemaba casi con más poder y furia que la del gato negro.  Los ojos de la meiga constelada de sartas y de medallas al cuello eran los ojos del basilisco. Conjuré mi inquietud aferrando las cuentas de un rosario que siempre llevo conmigo... Sálvame Virgen del Carmen. Nunca podré olvidar aquel atisbo de la saludadora galaica que llenó para siempre mi vida de inquietud. En mi cartera llevaba unos cien euros. En hora menguada pasé por el lugar un día de agosto cuando España se convierte en cueva de ladrones de peristas carteristas, violadores y expertos en el arte del latrocinio y del tirón. No es fácil vivir bajo el yugo férreo de los mangantes. Nuestros políticos reenvían buques de guerra para recoger emigrantes del Aliyah invasora que cruzan el Mediterráneo con plegarias a Alá. La cimitarra sarracena se mecerá sobre nuestras cabezas después de los versículos al Alcorán, tras la alcatifa y el Ramadán, los sermones del papa Interpuesto ese argentino del enorme trasero y rostro de vinagre, que a España le hizo tanto mal. Es la hora de los mangantes. Manda en la calle la apisonadora de la mentira y hay mucha angustia en los corazones. La tele es una máquina de dar por el culo, cloaca de inmundicias y zafiedades. Machaca nuestras meninges con consignas, activa el miedo. Después del incidente de mi encuentro con el rumano que me robó no tuve más remedio que refugiarme en el ribeiro. Me bebí litro y medio y me puse coloquial y parleto. En ese estado de euforia yo perdono a todo el mundo. Cuando subí en el ascensor de mi hotel me miraba en el espejo para saber si mis ojos estaban brillantes y echaba el aliento en el espejo del elevador pues todo mi afán era procurar que mi mujer no advirtiese que había libado de lo mío por el aliento. Advierte el Talmud que la borrachera es cosa de paganos. En eso no estoy de acuerdo pienso con muchos judíos que el legado de Noé es una de las grandes cosas de esta vida porque cuando no hay remedio litro y medio.
Si los niños callan hablarán las piedras voz de inocentes que desdicen las mentiras de los micrófonos las palabras al oído de las planchas masónicas prometiendo progreso y dejando desolación a su paso. Busco en los recovecos de mi existencia aquellas corresponsalías en Londres y en Nueva York fui un elegido de los dioses, un ángel caído en el barro democrático. Hube por descontado mis maestros y epígonos que abrieron senda antes que yo. Uno de ellos fue el manchego Eugenio Suarez un falangista hijo de un médico de Daimiel al que los rojos fusilaron en una cuneta un día de niebla de noviembre a favor de la oscuridad y de las sombras pero pudo huir y refugiarse en una alquería donde le lavaron las heridas y por Somosierra se pasó a los nacionales. Era un joven periodista de flamante pluma al que sus jefes enviaron como corresponsal a Budapest. Yo fui el ultimo de aquélla brillante saga el mejor racimo de las parras literarias de España. A Eugenio le cupo la gloria la gracia y la desgracia de relatar tal como fue sin proposiciones viciadas (escueto y solemne) el holocausto o lo que dicen holocausto que no fue tal sino el resultado de los dimes y diretes y crueldades de toda la guerra, pero el espíritu celeste del mal se sirve de aquel incidente histórico para acabar con el drama de la pasión del Señor. Llegó a la ciudad más bella de Europa en un flamante Volkswagen con escolta de soldados alemanes. Y asistió a la destrucción del bello enclave magiar que había sido sede de toda la judería europea y donde los judíos habían podido convivir con los cristianos sin fricciones. Las fortalezas volantes norteamericanos acabaron con aquella buena relación. En la segunda guerra mundial la vida valía muy poco. Por unos pengos podías comprar un salvoconducto, una mujer por una noche y tres bocadillos de salchichas, nos cuenta Eugenio  Suárez en su libro “Corresponsal en Budapest”. Que no me vengan con historias. Yo cerré la tienda de aquellos próceres del periodismo en Nueva York. Fui el último de la saga, el postrer mohicano. Cuando el gran Filipo blandía puños cerrados en Manhattan y amenazaba con enviarnos a todos a un campo de concentración o fusilarnos. Tenía como alátere a Maraña que me insultaba cada vez que podía. El odio rojo les daba vitaminas, pero no eran moscovitas. Venían criados a los pechos de las principales universidades californianas. Es para vengar mi deshonra por lo que maté a la funcionaria.

V

 Ahora contemplo la magnífica visión amurallada de Segovia desde la Hontanilla. Me deslumbra el brillo de las piedras, me atenazan los recuerdos, soy presa de mis remordimientos.
 Los mandilones dicen que allí estaba el cementerio hebreo, pero no es así. Hubo un camposanto judío en el Corral de los Huesos en lo que era hasta hace poco el macelo municipal pero, al dar la vuelta a la tortilla aquí todo el mundo se declara más papista, que el Papa y más israelita que san Melquisedeq, cuando hasta hace poco nos corrían a gorrazos y ese es un tema en el cual no quiero entrar porque me exaspera, yo he venido a contar la historia de mi amigo Manahén  Gumersindo Arije que creo que llevaba sangre de los elegidos por lo menos en un cuarenta por ciento como tantos y tantos españoles, era cuarterón igual que Franco y Hitler. También nacido por estas veredas en la que llamaban la Casa de la Troya. Debía de ser algo pariente del gran Tacaño y se emocionaba cuando leía el Buscón y narraba a sus amigos las aventuras del Domine Cabra, un segoviano típico.  Segovia "peccatrix" pecadora y cicatera. Segovia viene del celta y quiere decir cumbre (vía hacia la cumbre con el otro sufijo) ¡No te jode! Y tan pecadora que aquí no cabe un tonto más. Le han erigido un monumento a Satanás. Mis paisanos escupen las arras. Nací en esta ciudad de acarreo, tierra de perailes, urbe condita en rencores, gente del bronce y de la hoja, y de tusonas, mulas del diablo y barraganas de curas remolones y frailes menoreros se la estaban meneándola todo el día obsesionados con el sexo.  Había un ciprés milenario al otro lado de la muralla que derramaba parte de su enramada sobre el tejado de nuestra casa.  La vida me hizo escéptico ante ciertas solemnes verdades que se fueron por la posta, pero no soy mala persona, creo, hasta ahora no maté a nadie, sólo a la archivera que era fea como un pecado mortal del puño y la rosa, una socialista asesina que en sus tiempos fue monja de las hijas de María. La di el pasaporte por amor a España. Sólo soy necio e inconsciente, iluso y algo bocazas pero no comulgo con ruedas de molino ni me gustan las mariconadas. Por eso, he venido a prosternar mis huesos ante el clemente Zeus tronitonante, Señor del Olimpo, padre de todas las creencias, de todas las religiones, cuyo decálogo en piedra bajó desde las cumbres del Olimpo: que Corán, el Candelabro y la Cruz se junten, pero todas ellas a los pies del Gólgota Redentor y a la sombra del manto de la Virgen María.
Lo veo difícil porque la humanidad acostumbra a matarse en nombre de la divinidad y ahora en el Vaticano están hechos unos zorros con eso de que obispos y cardenales sodomicen en sacristías y confesionarios a los niños de coro con todo y eso el pobre Villeguillo, vagabundo segoviano, no renuncia al legado cristiano demasiado viejo para cambiar de religión, sin perder de vista la tradición y el testimonio de los mártires, que conectaron el Nuevo Testamento con el Antiguo y el fervoroso politeísmo de los dioses oscuros. De todos ellos venimos, en todos ellos nos miramos y a través dellos escuchamos la voz del Criador que es polifónica y habla de mil maneras y en diferentes tonos a los mortales. Que enmudezcan los púlpitos, bajen su voz los letrados, tiren al suelo sus mitras y sus báculos episcopales los jerarcas perversos y alcen la vista a los cielos de donde nos viene el resplandor de un dios más humanado. Zeus se convirtió en Cristo.  Aunque el Rollo de la Ley de mis mayores nos avisa:
—No derramarás sangre ni semen.
—Bah, eso de la religión es puro convencionalismo — clamaba a voces el diablo encaramado a lo alto del acueducto, mientras se trataba de beneficiar a la alcaldesa. A Belcebú le vuelven loco un culo grande y unas buenas "domingas" por otro nombre tetas. Le gusta tener de donde tirar y la burgomaestra es un montón de carne.
—Pues si no hay Dios, tú tampoco— le dije yo a Satanás que se pavoneaba por aquellas fechas de haber dado al traste con la unidad patria.
Me subí a la alcatifa de los Sueños. Que es un transporte barato y celestial para viajar al presente y al futuro. El pasado es negro. Estuvo teñida de sangre el aura de esta ciudad, pero es así como se construye en el eterno caminar de la historia. Ahora recuerdo mis tiempos de corresponsal en Londres. Yo era un bohemio. No tuve la suerte de mi colega antecesor Eugenio Suarez. Su nombre estaba escrito en el cuadro de honor de la vida y yo no era más que un advenedizo, un palurdo de Segovia con sangre arriera y trajinante. Los dioses me inscribieron extramuros, fuera del círculo de notables. Sólo Baco algunas veces se apiadaba de mí; era una piedad traidora y peligrosa que se esfuma con la espuma de las resacas.
En lo alto del puente romano el Príncipe de la Mentira se estaba colocando o a lo mejor se estaba haciendo una gallarda el tío guarro. Lo cual por causa suya España iba de cabeza. Regresaban los fementidos y Tú/más, Youcan (tú puedes aunque no sepas) no se cortaba la coleta. Había vuelto glorioso a la palestra, muy ufano tras el permiso de paternidad. Yo cambio los pañales a mis hijos lactantes y doy el alpiste al pájaro. Pero a España la estás llenando de alhorre, eres tú y tu señora, la putilla esa que corre con los cartapacios de apuntes por los pasillos de la Facultad de Políticas, un himno a la desventura, los que nos queréis dar el pego disfrazados de comunistas, sois unos fementidos burgueses, embebidos del coraje de la empleomanía  chalé en Galapagar y una nómina vitalicia en virtud de vuestra proclama de defensa del obrero y la progresía cuando no habéis un palo al agua en la vida.
Pulso de la lira la más sublime cuerda y canto a la mierda. Pues eso, allí donde están las cloacas del poder. Un imbornal por moral, un sumidero en el gañote y trágala.
Es lo que hice toda mi vida caminando a pasos perdidos por las tabernas y lupanares, brindis a Erifos, honrando a Venus y al tabaco. No soy digno de colocar sobre mi cabeza el manto de oración y la túnica pretexta de los flamines, contaminados por el alcohol y la semilla derramada de tantos años de perdición, pero sobre todo por la sangre: maté a aquella archivera que me estaba haciendo la vida imposible, me sacaron de quicio los insultos, risas y escarnios de la Gran Bollera, sus oprobios, sus carcajeos feminoides con la amiga por el teléfono ¿qué tal andas, chati? Acabaron con mi paciencia, pero no seguí las enseñanzas de Job que nos advierte que el hombre es carne de dolor, nace amontonado con la mierda y a la mierda vuelve entre estertores. ¿De qué te engríes, Villeguillo? No eres más que pasto de gusanos. Pero usé el fierro. Señor juez ella se lo merecía salí en defensa de mi honor. Doce años de cárcel que quedaron reducidos a la mitad por buena conducta. De mi estancia entre barrotes no quiero hablar. Lo haré otro día.
Pero no te sulfures, ni viertas lágrimas de cocodrilo, recuerda la paz de esta república que, mediante la bondad, la sabiduría y no con los misiles aplastará la cabeza de la serpiente, colócate el manto de oración sobre la testa y cíñete al cíngulo de tu sacerdocio, cubre tus cabellos de ceniza y aguanta el chaparrón, piensa que te has perdido por tu mala cabeza.
Recuerda que tú eres de la casta del ligur Silvinus Crassus, el capellán de las Vestales. "Sint lumbi vestri praecinti", ataos los machos para defender la verdad.
—Eso son sólo palabras que de poco nos valen, padre mío. Rezar. Llorar, suplicar, abajarme escuchar el silencio de los corderos hasta que rompiera el alba con su esquila de luz mañanera proclamando una bucólica verdad que no existe. Es lo que hice toda mi vida, si bien tengo un mal pronto que me enajena. Mis enemigos tómanme por loco y por psicópata. Lo malo es que puede que lleven razón. Yo me acuso y lloro ante el "muro de Lamentos" sobre la piedra basal de este adarve latino en honor del poeta Juvenal de haber expresado mis dudas sobre muchas cosas en el bamboleo de mi fe vacilante en una vida con no pocas vueltas y revueltas que no fue nada circunspecta a causa de incomprensiones, persecuciones y sufrimientos.
 El diablo mueve la cola y amenaza con tirarme desde el pináculo del templo. Con esa precisa idea de expiación he vuelto a la urbe pecadora a prosternar mis huesos ante la piedra esculpida, cerca del postigo del Consuelo. El vado del Río Clamores me separaba de un pasado cuajado en arrepentimientos y congojas y un futuro incierto: Parce mihi Domine, parce mihi. Pago mis culpas y al darme de cabezadas contra la piedra de Publio Juvenal que debía de ser el prefecto de la ciudad por mandato de Cesar Augusto, el constructor del Acueducto de Segovia. La brisa que mecía los pinos me traía fragancias de un pasado al que viajo con frecuencia en alas de mi imaginación entre sonido de tambores y flamear de estandartes; desfilan ante mis ojos las cohortes de manipularios, ferentarios, honderos y la milicia de a caballo que acampaba en el páramo de San Medel, aquel anacoreta que hizo penitencia en las cuevas del Pinarillo. Invoco a los dioses en mi tarea para que vengan en mi ayuda. Aguardo respuesta y me entrego a mis plegarias que son un monólogo baldío. De la misma manera que yo acometo esta tarea de poner negro sobre blanco la historia de la ascensión y la caída de mi personaje: Manahén Arije, un vagabundo que fue por la vida sin suerte, que se juntó con malas compañías, era un pícaro de siete suelas como muchos hispanos, al que tocó bregar de lo lindo, engañar siempre y trepar por la cucaña de la competencia echando rivales abajo. Da paz a mis muertos, Júpiter, por la intercesión del Crucificado. Otorga tranquilidad a esta afligida y tornadiza ciudad de que anda, confusa, elevando estatuas al diablo. Acordaos de mi Aderita y de Auxenia Xeny (el mirlo blanco) la miruella como yo la llamaba cuando era un bebé. La hija de mi corazón a la cual de mayor conocí cuando tenía 45 años. Por mi culpa, por mi gran culpa. A mí me pesa. Es la hora de un “confiteor”. No valdrá para nada mi atrición- no hay perdón que valga.
 Rezo la plegaria acostumbrada y hago voto de ofrecer un gallo a Esculapio. Ave, Cesar. Me dediqué vagar por el recinto amurallado. El gran cedro del convento de jesuitinas que dio sombra a la infancia lo habían talado los mancipes dendricidas y poco avisados. Lo malo de estas plegarias es que constituyen un monólogo. Preguntas sin respuesta y a Villeguillo hombre de costumbres poco recomendables le parecía que Adonis estaba muy lejos en algún planeta por ahí perdido constituido en estrella filante.
Rezamos, pedimos, imploramos, hacemos vaticinios, rogamos, exclamamos, cantamos y como si nada; el dios pone orejas de mercader a las súplicas. Se desentiende. Zeus mora en otra esfera, nadie sin su permiso escalará las peñas del Olimpo. O a lo mejor que ese día estaba de mal café o no se había traído el sonotone. En mi mente el mosaísmo, el islamismo y el cristianismo se conjugan, pero antes de que vinieran las aparecidas y de que el apóstol desembarcase en Padrón en una patera de piedra los dioses familiares presidían nuestras vidas y nuestros actos. Dejémonos de biblias en verso Es por lo que yo vengo a esta ciudad sorrapeando los párrafos de “Ab Urbe condita”, Tito Livio impávido e imparcial. La piedra de Juvenal era la roca viva de la cual manaba un raudal de agua brava, las que se despeñaban desde Peñamellera. ¿Soy un pícaro, un filósofo, un historiador, un sofista? no sé lo que soy, pero estoy al tanto y el que avisa no es traidor, un nomo que se trasmuda y biloca porque para mí no hay barreras ni de espacio ni de tiempo, soy el ojo de Ra, la mano de Dios,      que todo lo toco y todo lo ve, émulo del Gran Piscator, lucho contra los malos y, aunque a veces haga partija con Belcebú, no soy uno de ellos. ¿Doble agente? En la redoma de don Cleofás, uno y no más, todos estamos. Pues Segovia, como Puente Perín, como Barahona, Brañosera en Asturias, Hita en la Alcarria y las brujas de las peñas encantadas de Cuenca, es lugar de hechicerías y encantamientos. Es plaza que vio coronar con la coroza de la infamia a las “obispas”. Aquí dieron garrote a mi primo don Pablos que subió los peldaños del patíbulo con mucho senequismo y humor negro, rayano en el cachondeo, porque al jifero le dijo antes de meter el pescuezo en la toza, que a la próxima vez arreglaran las tablas del cadalso que estaban podridas “porque no todos tienen mi mismo cuajo”. Nos ha jodido mayo. A ver tú si arreglas el andamio.
Vieronse escenas lúbricas porque el momento de romanos se convirtió en anfiteatro espectáculo porno de acendrado tialismo porque el de los pies de Cabra hacía a pelo y a pluma después de cubrir a la alcaldesa por detrás fueron desfilando los ediles y de los ediles, de los timbaleros, maceros y ministras de todas ellas hizo ropa vieja con  furor de casta inagotable. Porque lo suyo fue siempre engañar y fornicar.
El padre de la Mentira se estaba trabajando a la alcaldesa en lo alto del entrecuesto o cacera que por arriba del acueducto. Escuché a una bruja que decía. Todo te lo daré si te pones de rodilla y me besas el culo:
—Tente que te unto
De su boca desdentada se alzaron las palabras mágicas de un conjuro. La consigna de aquellas elecciones convocadas por Perico los Palotes fue “tente que te unto”. Frau Bald viceministra se quedó entonces en pelota picada. Por delante el bosque de Bolonia entreverado de castaño y rubio, diose la vuelta y pudimos con templar un orondo Coramvobis cordobés tan prieto de carnes como el de la Maja desnuda. Íbamos a elecciones y al pucherazo. Los borcellares tenían la tranca de la demoscopia en la mano y así no hay quien pueda, claro. Todos a mascar torreznos de la olla podrida. Se sublevaron los que no probaban jalufo. Siempre será lo que ellos digan, pues tente que te unto. Amén. Hay me las den todas. Jugar con las cartas marcadas es una añagaza del sistema electoral que padecemos y ya se sabe: las urnas las carga el diablo. En los días de comicios graznan los ánsares y vuelan bajo las cornejas. Hace un frío del carajo. Tente que te unto. No rebullas que te atizo. Entra la papeleta por la raja del clítoris y redunda en escaños. Todo es como muy obsceno. Marca el paso como dios manda, has de andar derecho como una vela y a callar, ojito.
Conjurote sal y cilantro
Por Satanás
Por barrabás
Por san diablo que puede más
Y este bálsamo de Ruibrás
Que esta noche quebraremos el cántaro
Y serás mía
Tente que te unto
Mi coño en tu barba
Debía de ser la bruja maesa, pronunciaron un conjuro y la alcaidesa y el diablo con el unto de serpol, beleño, cilantro y otras hierbas mágicas se volvieron transparentes, espíritus puros y empezaron a volar que parecían aves de mal agüero. Los cielos de Segovia estaban cargados de ominosos barruntos pues la diablesa no paraba de decir “tente que te unto”.
—Y ahora ¿qué quiere la señora? — exclamó el Amo del Mundo
—Que me batas una buena tortilla francesa
—Date la vuelta, alcaldesa, tente que te unto.
Un grajo infernal al que mandaron los de arriba bajó de lo alto y sacó los ojos a la estatua de la Virgen María que posaba en el edículo principal del Acueducto mirando a poniente desde tiempo inmemorial. Aquel pajarraco hablaba y yo le escuché pronunciar una homilía nefasta blasfemias a barullo:
—Tiremos abajo a la Virgen Pura. Acabemos de una vez con toda la cristiandad, sus supersticiones y falsías.
Pusieron debajo de la lapida esta procaz blasfemia: “en mi coño mando yo”.
El maligno que contemplaba el atropello encaramado al arco más alto reía mandíbula batiente, luego empezó a ventosearse, sus discípulos hicieron lo mismo y todo el infierno estalló en risas y en pedos del Ángel caído. Durante casi media hora toda la plaza del Azogue olía a rayos. Ji ji ji ja jaja. Las descargas eran tan profundas, de una violencia tal que los segovianos compungidos salían a las puertas de sus viviendas, tapándose las narices o gritando ay madre el fin del mundo. Entonces un cuadrillero de Lucifer el que se llevaba a la burgomaestra dijo:
—Os pasa por judaizar. Ya sois míos. Sólo míos.
En el azoguejo, con tanto gurriato en pelo malo y tanto discurso, los políticos marranos y los falsos obispos no paraban de sermonear, de dar explicaciones (ocurre siempre en todas las crisis nacionales; las esquinas se llenan de plañideras compungidas y de hermeneutas que tratan de explicar lo evidente, estamos todos hasta los mismísimos de tanto parlamento redundante y dicaz… ¿no os lo decía yo?) y lo evidente era que a redropelo de lo que decía la leyenda, la moza del cántaro perdió la apuesta, el diablo ganó la partida y al poco tiempo… pues se casaron y colorín colorado.
 Villeguillo hizo esa profecía: el acueducto se vendría abajo. Que otros salmodien y prediquen y yo decía: predícame cura, predícame fraile, por uno me entra y por otro mesa sale. Yo soy Villeguillo. Los que tiraron a la Virgen María de su pedestal estaban muy ufanos y sudorosos y entraron un momento a repostar fuerzas en el mesón Cantimpalos. El mesonero estaba a la puerta, era un señor gordo y calvo fumando en pipa. Los operarios de la demolición se pusieron ciegos de tostoncillo y le dieron tantos besos al jarro que al salir se desparramaron por la Vía de Roma haciendo eses. Adónde irá el buey que no are. La profanación ya estaba hecha. La cosa no tiene vuelta de hoja. Afloró en las pupilas y en los corazones un odio de siglos, un deletéreo afán de venganza: Segovia ha dejado de ser cristiana, chiquitos, se ha convertido en Aelia Capitolina.
—Pues muy bien
Al pobre Felipe VI El Indeciso, otro rey pasmado, lo quemaron en efigie, pero como era un enagüillas, asido al miriñaque de su mujer la asturiana y a las faldas de la griega, la hija de la Federica, no vaya a ser que metamos la pata hijo — le dijo— no conviene malquistarse con los judíos… tú a lo tuyo y a celebrar todos los años la fiesta del Holocausto. El rey supino fue quemado también en efigie durante las fallas. Los elegidos no perdonan a nadie. Nos tienen a los hispanos tanta rabia que andamos todos al copo, crispados y tentando la navaja en la faltriquera. Aquí no se salvará ni el apuntador por más que Jáuregui ya se los esté trabajando para obtener un salvoconducto. Ya lo dijo Maquiavelo los reyes cobardes y dominados por la parienta o con complejo de Edipo son despreciables e inútiles para el gobierno de la república, cuentan con el desdén de sus súbditos. Pero el sexto Felipe tiene cara de buen chico que no se atreve a dar el pasaporte a los catalanes que le faltan al respeto y a los estatuarios malditos que quieren quemarlo en efigie. España a este paso pronto se convertirá en un auto de fe, si nadie pone remedio, Y el libelático obispo Zapatones había firmado las actas
—Parecéis oro obrizo, pero no soy más que oropel de ganga, no tenéis cojones— dijo Ursicinio el Pecoso, un clérigo con malas pulgas que todas las tardes en la catedral salmodiaba el oficio— con aires de desafío.
Todos se encogieron de hombros, no hicieron caso de poetas ni de poetisas ni profetas ni profetisas. Allá ellos con sus excesos y demasías. Hay que estar al loro. Villeguillo, muy triste por aquel espectáculo, volvió grupas y salió de la ciudad por el puente de Valdevilla que le vio nacer y jugar de niño justo por el lugar donde pasaban las legiones del emperador con su estandarte enhiesto  y el carnero mascota de la Séptima Victrix.
La casa y el barrio habían sido arrasados por los vengadores, aquella colonia era una reliquia del fascismo, casas militares puaf, según proclamaba, rábida, por los micrófonos de Radio Segovia Victoria Latronca inflamada de odio al pasado. Desmelenada e hija de un vencido, gritaba como una Euménide.
 —Vuesa merced, señora, no hará falta que grite tanto.
—Pues sí. Al ver esas casas militares se me revuelven las tripas.
A Doña Viqui la furiosa también se la revolvía, a decir de un urólogo, su coño canceroso. Moriría a los pocos meses de decir esto sin confesión gritando reniegos improcedentes.

También profanaron una imagen de Santa Bárbara que alumbraba en las noches los inviernos. Los judaizantes se habían empleado a fondo en aquella ciudad. No perdieron el tiempo, así que hizo la de Teresa la conversa cuando los de aquel pueblo la acusaban de tener un lío con su capellán que por cierto era un santo y poeta eximio que luego subió a los altares y lo bajaron no sé si a garrotazos… llama de amor viva inflamado de amor divino:
—De Segovia ni el polvo las zapatillas.
En aquel instante la santa abulense hizo la lazada y no quiso volver más a la ciudad de la calumnia como ella la llamaba y es verdad: mis paisanos siempre fueron un poco recontrajodidos.
Todos al santo y a las limosnas, atentos al “tente que te unto”, consigna de los degenerados de la oclocracia. Aquí lo importante es ir tirandillo, sumirse en las andaderas del buen rollito. Meter la cabeza bajo el ala e ir a cobrar. Llámame perro y échame pan

VI

Retumbaban las voces en el transistor del coche, tenía conectada a la Voz del Pope pero aquellas voces venían del más allá, clara advertencia al llegar a Segovia de que había traspasado Villeguillo no sólo la barrera del sonido sino también la del tiempo y el espacio. Iba sonámbulo por los caminos del pasado y el porvenir; ello formaba parte del don de la ciencia infusa y la introspección de conciencias que tenía.  Se perfilaba sobre el perfil urbano la torre de la catedral, alta, augusta, inescrutable, la dama de las catedrales, en plática monumental con la otra torre, que a la Ebúrnea hacía competencia: la Carchena; cuando de repente empezaron a sonar aquellos gritos desgarradores. El altavoz del radiocasete del coche subió al más alto volumen a pleno rendimiento de decibelios, entonces la tierra tembló, vio abrirse una zanja junto a la carretera del empalme de Revenga con Campamento de Robledo, no me detuve. Pisé el acelerador, muerto de miedo, y en la rotonda de Hontoria me topé con una estantigua, una procesión lúgubre de resucitados. Un fraile fallecido hacía quinientos años encabezaba el tétrico cortejo. Cantaban responsos, kadishes y lilailas y pude percibir con disposición armónica y buen concento las estrofas del Dies Irae. Acúrdeme entonces de que yo podía estar viviendo pasajes del Viernes Santo. Las profecías se cumplieron. El tropel de los difuntos avanzaba con paso firme hacia las campas de Baterías donde en mis tiempos hacían la instrucción los reclutas y los seminaristas jugaban al fútbol. Me froté los ojos, no fuera a ser que yo mismo estuviese siendo víctima de alucinación. Las exclamaciones del Salvador en el Calvario eran claras, humanas, no las de un fantasma. Jesús llamaba a Eloim que en hebreo significa el que Es y no reclamaba el auxilio de Yahvé que significa El que Está. El que actúa. Eloy instaura al Padre del Nuevo Testamento mientras que Yahvé representaba a la Ley Antigua, el dios justiciero. Por eso los judíos en un intento por no caer en la blasfemia se abstienen de pronunciar el nombre del creador, no lo mientan y apelan por sinónimos como Adonai (el Poderoso); en virtud de aquellos aullidos de dolor quedaban preteridas las enseñanzas de Moisés, se abría un tiempo nuevo y sincretista, en comunión con las divinidades oscuras.
Seríamos crucificados y preteridos a causa de la cruz. A los discípulos del Nazareno a unos los echaban a los leones, otros encontrarían la tumba anónima de la fosa común, pero a la mayor parte entre mofas y escarnios se les pondría a las espaldas el cartel de "No soy persona". Se los consideraba peores que bestias de carga. Nos decía nosotros somos los elegidos, vosotros los paganos, los "goim". Destruiremos vuestras casas, violaremos a vuestras mujeres, fomentaremos aliyás e invasiones solapadas, vendrán de lejanas a tierras a comeros el pan al albur de la martingala de los derechos humanos. El Padre Ángel (morirá del fuego de San Antón así reaviente como el lagarto de Jaén) convirtió su iglesia de en una cuadra, en una cohorte de cerdos y en una perrera de gatos, obligando a los santos a oler mal, era de los que más alzaba el gallo. Y se volvieron lluecas las gallinas del corral mediático.
Bergoglio se colocó sobre sus argentinas sienes la mitra del obispo don Opas, era el mandamás de aquel contubernio de anticristos. Mucho sufriríamos por aquellos días ¡Ay, Señor!
—Vosotros la raza de víboras estáis allanando mi morada, acabáis con mis creencias, destruís la historia — yo les dije enfurecido por tales desacatos.
 —Nosotros vuestra historia nos las pasamos por los cojones. Sólo nos importa la Memoria.
— ¿Y qué hay de lo mío? — contesté
Ellos no respondieron. Se fueron cantando al modo de los Rolling Stones, Mike Jager escupía contra el firmamento a la par que se rascaba los cojones en plan provocador.
Era un sacerdote de la Ley quien así hablaba de forma soez en lenguaje de la chusma. Eran chusma, odiaban la excelencia, condenaron a los españoles a ver eternamente los programas de Jorge J. Vázquez y les pusieron al cogote la argolla de la Sexta para que diesen vueltas y vueltas al azud mediático de la plebeyez y el aburrimiento. Instauraron las horcas caudinas.
A mí me seguían pasando cosas. Por poco se sale de la carretera mi Renault. Hube de pegar un volantazo. Un mozo de escuadra a la altura del Puente de Valdevilla me dio el alto. Y me multó 200€ por no llevar un lazo amarillo en la solapa del parabrisas. Bajé del coche todo indignado y le hablé en catalán:
— Oiga agente tú no eres quien, yo sólo atiendo a la Guardia Civil. Además, no me gustan los lazos amarillos, el amarillo es color de la muerte, ningún actor del teatro se viste de ese color en un estreno, da mala suerte. Estrellas amarillas la llevaba en Auschwitz y lazos amarillos las portaban de emblema en el ojal de la americana los judíos rusos que exigían al Politburó les permitiese emigrar a Israel y hasta que no acabaron con la Unión Soviética no se quedaron a gusto.  Aparentemente los hebreos se salieron con la suya y hoy el Estado que preside Bibi es una sucursal del KGB tendiendo puentes con Putin.
El Torras Chorras, gerifalte catalanista un Orlando furioso contra Hispania, no es nada original, copia a los hebreos rusos, manda colocar en el Nou Camp fotos de Ana Frank y vuelve a trillar la parva del Shoah que es un gran embuste con miras a crear una religión nueva, la del Holocausto, el Odio y la Venganza sustitutos del Amor.
— Hablas sin conocimiento de causa
— Cómo, ¿qué? Yo fui corresponsal del Arriba en Budapest, estuve allí cuando caían los pepinazos de los B-52 y salvé a muchas estrellas amarillas, los refugié en el sótano de mi propia casa, yo fui periodista de Franco y telefoneaba todos los días a mi embajador Sanz Briz. En nombre de Franco salvamos a muchos sin dar un cuarto al pregonero antes de que Simón Blumental entrase en escena. Nuestro caudillo Franco era de vuestra cuadrilla, aunque afortunadamente no era sionista.
— Que te crees tú eso.
Quedó aturdido el agente de la autoridad pues a mí me salió una vena mayestática que confunde y pasma a los que me contradicen, volvíme irrefutable y apodíctico.
— Bueno, circule — ordenó el mozo de escuadra que a mí en aquel instante me parecía de cuerda, aunque no llevase garfio ni garrote, sus ojos reflejaban ira y pasmo, yo me volvía a mis pajas y entre mí pensé "este tío lo mismo que me pega cuatro tiros y me deja seco; en sus ojos se refleja el furor de los combatientes de Masada" — ahora somos nosotros los que mandamos en España.
— ¿Vengándose de lo que ocurrió en 1492?
— Eso mismo, pero no quiero perder el tiempo hablando con un fascista. Venga, arranca.
— Yo también soy judío, pero de otra tribu diferente a la tuya. Si yo soy fascista tú eres un nazi sionista que es mucho peor.
El mozo de escuadra se puso de los nervios.
— Calla la boca
— Ni debajo del agua. Para que consigáis que guarde silencio me tendréis que matar. Soy diacono griego y proclamo mi Evangelio desde el ambón.
La Guardia Civil permanecía oculta en su recinto en forma de ángulo convexo, aquella sólida guarnición al lado de cuyos muros paseé yo tantas veces en los días de mi infancia. No vi al cabo puertas ni al centinela en su garita— la pseudo democracia se convirtió en tiranía pues nos dejó a los españoles sin defensas conservando a los agentes del orden como cuerpo represor a las ordenes de un periodismo canalla y desalmado— y el Regimiento de Artillería en el que sirvió mi padre y yo juré bandera estaba abandonado y sus dependencias convertidas en albergue de ratas y de vagabundos. España en manos de los judíos. El contubernio había ganado... de momento. Opresión de toda una nación bajo el yugo.
Dejé el coche aparcado en el Campillo y bajé a pie contando los arcos del Acueducto, atravesé el azoguejo subí las escalerillas del postigo del Consuelo y callejón adelante contemplé la ventana de mi camarilla justo debajo de la Torre Aceitera — llamada así porque tiene forma de embudo y es una alcuza que vigilas las alturas de la ciudad — solemne sombra que nos cobijó el pasadizo de la torre de los guzmanes, la huerta▬ ya no estaba el viejo moral que plantó el penúltimo rey de la dinastía Trastamara. Puertas cerradas, seminario vacío, lo mismo que el palacio que fue corte del rey Enrique IV. Bajé por el Salón hacia el convento de Santo Espíritu y avancé por el Camino Nuevo hasta lo que llamaban el Osario.
Una lápida de cemento armado con consistencia de siglos con una inscripción en hebreo y la bandera de Israel saludaba al visitante.
Algunas personas oraban con voz compungida y desalentada oficio de difuntos cerca de lo que ellos creían enterramientos de sus antepasados, el antiguo cementerio judío, pero allí no había tal. Se trataba de un fake news inventado por un periodista borracho con ganas de joder a los segovianos. Aquel no era el recinto. Oiga aquí no hay nadie. Aquellas cavernas excavadas en la roca caliza habían sido habitadas por ermitaños que hacían penitencia frente a las murallas de Segovia la ciudad pecadora. La vista desde el Clamores era espectacular. Todo el recinto amurallado recordaba a Jerusalén. La torre de la iglesia de San Andrés ponía contrapunto a la maciza linterna de la Dama de las Catedrales. A la izquierda quedaba adelantándose al espolón de la barbacana utilizada durante la edad media como fortín, luego picadero donde domaba caballos el Jurry, y más tarde como matadero municipal, aunque antes, mucho antes, estuvo allí emplazado el osario judío. Paz a los muertos de Israel y a los que invocaban Su Nombre. Elí, Elí, lamma sabactaní.
Españoles sois cristianos, clamad no ceséis, gritad contra los nuevos inquisidores, luchad contra el sanedrín mediático. Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos. 

VII


Voló a la Ciudad Eterna, quería honrar a los dioses oscuros y empaparse de divinidad. Propendía por mi inclinación a los misterios órficos a pronunciar vaticinios y en Roma oyó cantar el gallo muchas veces. Era los cantos “alectorios” o quiquiriquíes sagrados que alegraban los himnos de los flamines a los dioses peanes los que se quedaron con nosotros, no esos dioses de los que nos han hablado y no vimos nunca. El Sinaí permanecía lejos del Monte Aventino. Había que volver a las viejas costumbres y reencontrarse con las inefables plegarias. Los dioses otorgan a los mortales dones maravillosos. Tente que te unto. No te muevas, estate quieto. Yo me hice transparente esto es un espíritu puro cuerpo de ángel no sujeto a los imperativos de la biología ni hambre ni sed ni sexo ni actividades excretorias. Podía incluso volar por el firmamento circunvolar los espacios siderales explorando otros planetas sin necesidad de esa materia pingüe y grasa con que abadernan el cuerpo las brujas para volar. La transparencia era capacidad de atravesar las barreras del tiempo y el espacio, algo así como la explicación concepcionista que da el Astete para explicar el milagro de la inseminación del Espíritu Santo en el vientre de María “lo atravesó como un rayo de luz trasluce el cristal sin romperlo y sin mancharlo”.
Los anales de Tito Livio y la historia  romana no guardaban para mí misterio alguno. Deambulé por la Vía Apia, subí las escalinatas del Capitolio, palpé los brazos y los músculos de los gladiadores y andábatas que peleaban en el circo. Uno a la sazón muy famoso, Silvinus Crassus el bretón, me honraba con su amistad y le acompañaba yo con su escolta por las hosterías y tabernas romanas. Era Silvino un atleta de profundas convicciones religiosas, y temeroso de Júpiter, como buen celta, hombre supersticioso. En su tabuco tenía lámparas encendidas a los todopoderosas  deidades familiares de su tierra: a Epona diosa de la caballería gala, a SucellusDispater, el dios que golpea con el mazo, a Cerunnus padre de los bosques al que la imaginería popular representa colgado de los cuernos de un ciervo (el dios Glenn de los “picti” escoceses) me sorprendió saber que los galos ya daban culto a la trinidad en el tríptico de las Matres la triada del padre, la madre y el hijo padre creador del mundo, hijo baja a la tierra encarnado en el vientre de la diosa Ceres. Velas encendidas eran la llama perenne a estas omnipotencias incógnitas; como le preguntara yo al andábata cómo era posible que un gladiador confiase en la fuerza de los dioses más que en la virtud de sus músculos Silvinus Crassus me dio esta respuesta:
—Ellos son mi fuerza, Villeguillo. Los dioses me dan impulso para torcerle la cabeza a un toro en el circo, desjarretar a un tigre, y hacer correr a los leones. Mañana son las lupercales y yo concurro, vendrás a ver cómo lucho contra el diablo, amigo.
Prometí acudir sin falta al circo máximo llevando en el bolsillo un canto que había pasado a manera de talismán por la piedra de Juvenal en la muralla de Segovia frente a la casa que me vio nacer, pero prioritariamente estuve contemplando a aquellos seres míticos cuya imagen había estampado un imaginero cretense, amigo del gladiador, en un retablo. Europa cabalgaba sobre un toro monstruoso que arrastraban al aire de cola dos delfines. Minerva contemplaba al dragón, Jasón jefe de los argonautas escupiendo el vellón transformado en una vestal. Zeus y Anfión hacían buenas migas en el Olimpo (de nuevo aflorando el tema trinitario que acoplaron los cristianos a su religión). Bullerón cabalgaba a lomos de Pegaso el alazán tordo que surcaba el espacio a galope meneando dos enormes alas que pendían de sus orejas y traspasaba con la lanza a Quimera, el monstruo fabuloso. San Jorge mató el dragón. Dédalo en su laberinto encontró a Ícaro que le enseñó a volar. Teseo acabó con la vida del MinotauroEdipo hacía preguntas a la esfinge. Policlines campeaba en la arena luchando, desenvainada la espada, con su hermano Atocles, los dos eran hijos de Edipo.
Completaban el friso las grandes diosas de Roma: CeresProsperinaBaco y el dios Pan, Tirso con su vara; Ariadna en la confusión del ovillo, Sátiro que fuerza doncellas en el bosque, Vulcano, Dionisio, Sileno, Narciso, el Atlas de san Cristobalón que porta el mundo y Neptuno y Favonio dioses de los vientos y de las aguas. Hebe es la diosa de la juventud. Todas estas deidades empezaron a parecerme razonables como exponentes de los vicios y virtudes de la pasión de vivir. Eran divinidades superiores pero con encarnadura humana. Los retores filosofaban en el foro, dándole vueltas a las frases y torturando su cabeza, sobre la esencia de las cosas, el origen de la vida, las propiedades de las plantas.  Les contradecían los sofistas. Ni Platón ni Aristóteles ni Séneca tenían en sus dominios la clave de cuanto nos envuelve. Del bosque llegaban los alaridos de los scutia, Aeneas Vilicus tenía la mala costumbre de correr a latigazos por el bosque a sus esclavas. Roma se divertía con sus juegos seculares. Los 135 días de circo se marcaban en el calendario (magni joci, juegos magnos) que bien se lo pasaban aquellos antiguos sin tener televisión ni radio. No eran acosados por los bustos parlantes.



VIII


A Arije me lo encuentro todos los días yendo y viniendo por los bulevares de la Reina Madre allí donde hay una clínica que fue hospital de sangre para todos los soldaditos de nuestras guerras africanas. Aparece en imagen una enfermera de bronce que atiende compasiva a un cabo de infantería, herido de bala, abierta la sahariana con los ojos turnios, agonizantes. Del pecho se escapa un chorro de sangre. Mi amigo quedaba conmovido al contemplar la estatua. Tardes de mayo, dolor de España, horas sin amor. Mesones y tabernas, algún bailongo pero ya habían cerrado La Bombilla. Auras de juventud. Esta zona de la capital me recuerda los tiempos de estudiante, la parada del F, el autobús que nos llevaba a la facultad, una casa de ladrillo rojo destruida por los cañones del quince y medio en la del 36. El cobrador era un gallego rubio, uniforme gris como de presidiario y una visera-bonete con un guarismo de metal por registro, por cima de la visera, picaba con gesto indolente los pases que eran veinte números desparramados en cada uno de los cuatro ángulos sobre un cartón blanco. Se sacaban estos itinerarios en la taquilla de la empresa municipal o en cualquier estanco por un duro. Nos vamos a Orense. Tira, Manolo.  El trolebús arrancaba. No va más. Billetes por favor. Muchos se colaban. Al gallego le veía yo todos los miércoles al bajar a la clase de prima cuando tocaba latín con el profesor Mariner, un catalán clásico emblema de la sabiduría y perfil numismático. A Mariner Bigorra ponle la toga pretexta y te figurabas estar hablando con Cicerón en el Foro. Su padre y sus dos hermanos fueron fusilados por los rojos. Era la grandeza, la sabiduría falangista y la modestia en persona cuando comparecía en el aula vestido de gris, cubierto de tiza y escribiendo frases lapidarias en el encerado (yo le tuve en el segundo curso de los Comunes). Admiraba al Caudillo y este le encargó de la redacción del epígrafe que corona el frontis del Arco de Triunfo de Moncloa: Armis hic victoribus mens jugiter victura monumentum hoc… Munificentia regia condita restaurata ab Hispaniorum duce Aedes sapientiae matritensis florescit in conspectu Dei.  Ahí queda eso; No se puede decir tantas cosas condensadas en tan pocas palabras… maravillosas frases cincelarias escritas para ser esculpidas del  hipérbaton. El Arco de la Victoria le recordaba a Villeguillo los pasos perdidos de su adolescencias y juventud y ante su presencia emocionábase conmovido remembrando un tiempo y unos amores que no volverían jamás. Un letrero que nos saluda glorioso al entrar en Madrid con las tropas nacionales. Visión de futuro en triste contraste con la realidad del acaecer de medio siglo antes. A día de hoy,  Sánchez Castejón el mentiroso volará la cruz de la Victoria, la Cruz de Cuelgamuros y esta magnífica obra de arte que abre una puerta triunfal a Madrid. El epígrafe fue parte de mis ojos al entrar y salir durante muchos años de vida laboral. Maldito Sánchez el político español que obra al dictado del sanedrín de Soros. Dios le dé mal galardón. Y toda esa cáfila de políticos inanes que mandaron volar el monumento.
El cobrador del autobús aparecía sentado en su telonio como un buda de carne y hueso mirando alegremente para la juventud divino tesoro que nunca vuelve. Una vez me tocó detrás de una monja concepcionista que arrimaba el culo arrecachado. Yo, por mi parte, acercaba el material. Hambre sexual de los sesenta. Mi amigo Molina (un rojo perdido) malignamente me hablaba del placer que suponía a los milicianos invadir los conventos y forzar a la madre superiora. Muchas de aquellas mujeres encerradas de por vida que no habían conocido hasta entonces la “gracia de dios”, daban albricias al cielo sin importarles mucho ser mártires víctimas de las sacrílegas turbas. Aquella zona estaba en los límites de la glorieta donde había un cine grande en que veíamos películas de espías alemanes y un bailongo en los bajos. Sara Montiel acudía a una famosa cafetería del primer piso y se la veía muchas tardes mirando por la cristalería del ventanal mostrando sus torneadas rodillas de rolliza manchega que por aquellos días eran una inducción al pecado mortal. Estaba cantando el último cuplé y la canción “fumando espero”. Por las noches en las campas circulaban por los solares del Canalillo mujercillas de virtud incierta un polvo un duro una paja tres pesetas. Este ajetreo ya pasaba en los tiempos de Galdós que era un solterón empedernido y algo putero. Una paja una peseta; un polvo con goma un duro. 
Frenética actividad meretriz que se condensaba en la trasera del Gran Hospital cuando los amaneceres sabían a leche condensada. Y es que Eros y Tanatos son Castor y Póllux subidos al mismo caballo. Compañeros de viaje. En la mili te daban bromuro y a lo mejor el tiro de un moro a los que hicimos el sorteo y nos tocó en África.

IX


Él vendrá a separar a los buenos y a los malos. Apacentará a sus fieles corderos y derramará la sangre de los cabrones y cabritos. Porque Él es el maestro de Justicia. Pasaron las pascuas de la navidad una Nochebuena tranquila y recatada en el herrén y reanudo yo, Manahén Arije, mis prosas peripatéticas por el bulevar de Reina Victoria tratando de levigar aquellos recuerdos separando el grano de la paja de mi juventud esfumada. Todo pasó y el mundo cambia. No tengo asideros a que agarrarme. He oído las palabras de San Esteban el primer mártir que exclamaba mirando al firmamento "Satis est vixisse" y así subió a los cielos que vio abierto- Saulo de Tarso mientras el sanedrín lapidaba al protomártir tenía el manto de los rabinos y les guardaba la ropa. No deja de ser difícil creer en estas historias. A los judíos nos gustan las parábolas, los circunloquios y la retórica. Los viejos de la Inter no creen en esta frase porque lo único que les preocupa es llegar a los cien años a fuerza de hierbas cordiales y de visitas a los galenos matasanos. Escuchan con devoción las recetas del doctor una gragea al desayuno y otro a la cena. Mejor no ir al médico porque te mira don Manolón y te dice que tienes un cáncer y hay que contestarle " sea lo que Dios quiera. Viva la gallina con su pepita". Quieren acabar con los septuagenarios y los padres de la patria. Perico de los Palotes el gran Sánchez un fementido arribista dice que los males de este país se solucionan con la eutanasia, mandemos a los ancianos al horno crematorio. Roban en el banco, les copian las tarjetas. El latrocinio y la protervia habitan entre nosotros. Veo la cara alargada, de espátula, sus guiños diabólicos, del doctor Muerte que mira para los pacientes con ojos cancerosos. Andan los pobres viejos solitarios con la oreja pegada a radio Inter angustiados por conseguir vida larga. Cimbel y zumbel de las tardes sarcásticas sin amor el cuerpo doliente huyendo de ladrones y asesinos. Fumando espero, cazador cazado solo a vueltas con mi conciencia y los recuerdos. Le hago un corte de manga a la red, me entrego a la oración que es reclamo, expiación, adoración, arrepentimiento y esperanza. Me gusta la liturgia romana en latín con algo del rito ambrosiano y muzárabe. En contrapartida la mejor liturgia es la polifónica rusa. Internet me sirvió de alfombra mágica para ir a la misa de Nochebuena en el Kremlin, que ya es decir, pero las cosas cambian. Oficiaba el patriarca Cirilo la misa de pascua.
 Tengo fuertes palpitaciones y las negras ideas se apoderan de mí. Las combato rosario en mano. Hay que poner lastre a los malos pensamientos pues la imaginación hace burbujas y se tira pedos, remuerde por los desvaríos de cuando entonces y, según los ascetas, es la loca de la casa.
 ▬ ¿Viste el espich que nos largó don Felipe?
 ▬ No me dio la gana. Al verle tan insulso y tan poco espíritu se me atragantó el turrón. Para mí el único rey que vale es el de la baraja.  Monarquía es una palabra que viene del mono y del monóxido de carbono. Quizás por eso en España siempre tuvimos en los borbones una desgracia simiesca. Borrón y cuenta nueva. Y otra dinastía.
Crecen los días y suenan por algún rincón del cielo rondas sanabresas, canciones toresanas, ataruxos galaicos, espantadanzas del paloteo vasco, cobras catalanas y tamboreadas navarras al son del chistu, juntamente con tonadas asturianas. Arije tenía una visión muy folklórica de la España que no era y así le iba. La modernidad no perdona a los románticos. Estaba fuera de lugar. Le rodeaban las maniobras en la red de la incomunicación digital, la gente enviando guasaps dándole al dedito a mogollón, tu mente como un vegetal. Estos tíos se han propuesto lavarnos el cerebro. Todos dicen que el diablo no canta, aunque sabe mover el esqueleto. Dios te libre de las lenguas de dos filos y de los sermones del padre Ricci, el que destapó la olla de la tapa de los infiernos y allí vivimos cómo se cocía una reciella de obispos y pontífices máximos, traían en la mano un libro del Dante. Satanás los pinchaba con un gario de cuatro dientes en las posaderas. Iban desnudos, pero se conocía que no les había dado tiempo a quitarse la mitra de la cabeza. Sus cabalgadas por las calderas de Pedro Botero eran un auto lascivo.
▬No puede ser
▬Porque tú lo digas
En el altar mayor de la catedral de Luzbel que es una zahúrda de Plutón▬ el infierno es una casa de acogida ▬alcancé a ver yo a un mitrado muy albardado de casullas, roquetes y manipulo, que daba la bienvenida a los colegas recién llegados con una plática en la cual les decía que estaban en la casa donde no se come ni se bebe y de donde no se sale nunca. La cueva de los castigos infernales estaba debajo de una gran acacia que crecía en el bulevar. Analecto, mi camarero preferido, de vez en cuando les bajaba un bocadillo con carne de serpiente y cañas de aceite de ricino con ración de patatas bravas envenenadas, arenques y pollas en vinagre.
Un fraile se sentaba también como la madre lo parió delante de él, ostentando la tonsura y la cogulla sobre un sillón de nogal aforrado de guadamecí. Gritaba y se arrancaba todos los pelos de la barba mostrando su pene enardecido. Decía ay de mí en la hora que nací. Su cara la estaba pintando el Bosco en uno de sus cuadros. Junto al departamento episcopal estaba la sección de los periodistas que eran incontables los que estaban allá pero su número era superado por el de los abogados y los rábulas espolistas en pelo malo. La leva de políticos era tan larga que ni te cuento: Trump con su trompa elefantina diciendo que aquella noche era la navidad y no se iría de picos pardos, la Merkel en minifalda, Michelle Obama moviendo el trasero sandungo, Teresa May una flor de mayo que devoraba carnicera a los mosquitos del Brexit, Juncker el padre de la masonería europea(le decían el besucón porque no daba la mano en las recepciones sino que estampaba en las mejillas de los llegados un par de besos de Judas) tocado de yamulka y enseñando las filacterias de rabino bajo el traje sastre, Rajoy mirando para el tendido en la silla de don Tancredo fumando espero, Putin como un zar de la kagebé montando a caballo y disparando misiles, Netanyahu con cara de sacamantecas, Bergoglio mirando torvo para la costanera y abriendo la puerta de la iglesia al enemigo. Traidor y mal ostiario, Berlusconi con gesto burlesco una cohorte de odaliscas en su palacio allí estaba diciendo que la ocasión la pintaban calva, y no sigo la lista porque la perversidad infinita se había apoderado de los dirigentes del globo terráqueo. A las soflamas de los diablos y a los palos respondían los condenados con frases hechas:
▬Con tanto malvado como hay en el mundo no se coge. Sacadnos de aquí. Estamos hartos de penar y sufrir.
Al grito de auxilio acudía el infernal demandadero y les daba la vuelta a la parrilla para que se torrasen un poco más como san Lorenzo. Se asaban culos, vergas, tetas y coños en el lecho de Procusto.
No había en el infierno aliviaderos pues allí no se come ni se bebe ni se mea ni se caga, todo es penar y crujir de dientes, y para siempre. Para siempre. En medio de la algarabía de voces y gritos y blasfemias se escuchaba el barboteo de las perolas donde cocían sus cuerpos, calderas de pez y aceite hirviendo. La atmósfera era salobre y sobrecargada de un hedor mefítico. Los fámulos del Pateta se apresuraban a torturar a los predichos con esmero y diligencia cumpliendo las órdenes de Lucifer de manera implacable. En aquella alcaicería del furor los que gritaban fueron sepultados en una montaña de cal viva:
  ▬ ¿No estábamos redimidos por la Preciosísima Sangre? ¿No pedimos confesión en la hora de la muerte?  ▬ lloraba un cardenal de la curia el proxeneta que dio protección a Raspín, aquel extremeño que arrimaba las putas al colegio cardenalicio.
  ▬Penen los rufianes y tengan su merecido.
A las quejas del purpurado respondió el gran esbirro con un tizonazo en sus partes pudendas donde tanto duele.
Atollite portas antiquas, abran la cancela, pero las puertas de Jerusalén estaban cerradas. La ciudad santa había sido bombardeada por tres misiles nucleares. Me quedé pasmado ante aquel cuadro de destrucción masiva. Alligieri Dante me señaló a tres prelados de blanco que la impostura glorificó como santos y estaban en cambio sumidos en la gehena. Eran Pablo VI, Juan XXIII y Wojtyla. Aturdido por la gritería y el espanto, pasmado de las blasfemias, vi cómo el Analecto, el mancebo de la tasca Julifer también lo llamaban el Bar la Puñalada el lugar donde y acudí displicente a la hora del café probo funcionario de un cuerpo a extinguir por la Constitución, bajaba con los refrescos para refrescar a los sedientos préditos con frascas de vino perronero que los españoles juramos en Santa Gadea acariciando la pata del Cid Dios que buen vasallo si hubiese buen señor de nuestras mesnadas. Fuimos traicionados por Bellido Dolfos y don Opas asomaba la gaita por Punta Umbría; era el enalgramado que traicionó nuestra estirpe y se acercaba siniestro a los montes de Peñalara. Alfolí de los vicios y varadero del mar de maldades era aquel aposento que yo columbraba.
   ▬ ¿Qué dices, Etsi?
  ▬Yo no digo nada. Lo tuyo no tiene solución. Me dejaste abandonada para irte con otra.
Le dije que había navegado en galeras remando contracorriente con toda la canalla de un barco que iba a ninguna parte y ahora me esperaba en aquella tronera porque de seguro que yo también era un malvado al que Queronte justiciero aguarda. Tras un infierno en vida me esperaba otro en muerte. Es el fin; me arrojarán a la trena donde no se come ni se bebe ni se caga ni se mea durante toda una eternidad.
—Sicio. Tengo sed. — exclamé.
 Un verdugo mojó mis labios con esponja de vinagre y el Anacleto diome a beber un potingue de cerveza calamochana mezclada con zumo de rabo de culebra en una jarra donde previamente habían hecho pis todos los diablos.
  ▬No es justo   ▬lamentabase Gumersindo Manahén Arije ▬ que en las zahúrdas de Plutón nos den carena. Don Francisco de Quevedo el profeta lo había pronosticado. Él tuvo también como yo esta visión.
Se ha torcido mi destino cual tibia de alcazuz que cruje entre las mandíbulas del quebrantahuesos. En aquel instante un sacre altanero que se desbandó  de su bandada vino a posar sobre la copa de uno de los tilos de la avenida, al instante en que circulaba un 45 de la línea de autobuses urbanos. El vehículo recibió una gran cagada en el parabrisas mientras los palomos cojos caminaban, señoriles, recitando plegarias por el bordillo sin hacer caso del buitre que desde arriba los echaba el ojo.
Ellos a lo suyo a picotear cáscaras de altramuces y pipas que tiraban las niñeras cortejadas sobre los bancos por militares sin graduación. Un cabo de la Base Mixta se arrancó con una copla: "La viuda rica que con un ojo llora y otro repica, la hija recogida y nunca consentida porque del ocio nace el negocio".
Gumersindo odiaba a las palomas urbanas que echaban a perder las aceras de la ciudad con sus deyecciones. Bajaban los viandantes saltando entre las bostas de palomizo y perrizo, porque la población canina igualaba casi en número a los siete millones de habitantes que tenía Madrid


x


                                                                                

 Ante la escena del cabo moribundo de bronce en manos de la enfermera recordarme he de mis compañeros del tabor de regulares cuando serví a la patria; aun sabiendo que esto hoy no se lleva Arije se sentía muy ufano de haber hecho la mili en Regulares y cantar por lo bajini aquello de soldado estoy de España y estoy en el cuartel contento y orgulloso de haber sentado plaza en él.
Florence Nightingale habita entre nosotros y si no hubiese sido por estas enfermeras que son monjas laicas y a su vez matronas y madrinas de guerra que dieron su vida por España hubieran muerto solos como los perros en algún blocao de Xauen o de Dar Akoba nuestros queridos soldaditos llenos de valor. Eso se supone. ¡Bah! no me quiero poner sentimental. Canta la coruja en la rama del roble. Ya están llamando. Vuelvo sobre mis pasos a desandar lo andado. Enrollo el cordel y el zumbel de la memoria histórica empieza a moverse sobre el firme del bulevar. Camino solo ladera abajo con mis pesadumbres. No es que quiera mucho a los moros. Les comprendo. Son algo testarudos, muy orgullosos. Respeto sus lilailas pero yo me quedo con los salmos. No va a ser cosa de cargar las tintas y aljamiarse y renegar de la fe de Cristo como hacen algunos.
Conozco a los musulmanes y ellos creo que me conocen a mí, pero ni tanto ni tan calvo. No lo puedo remediar.  Dicen que es un pecado matar en el nombre de dios, pero la biblia es un libro de hazañas bélicas con resabios porno y yo marcho a rebalgas perseguido por mi sombra a lo largo del bulevar Reina Victoria. Debo parecer un paracaidista inglés desfilando por Buckingham Palace en la parada del Trooping of the Colour. El día del santo de la reina que acontece en London en el bello día de junio. Me dicen los ingleses que, como su Majestad le da que se las pela al zumo destilado del enebro con gaseosa, no se le acabará el carrete en mucho tiempo. La reina madre vivió 102 y ella puede que se plante en los 115. Así que el heredero, al que llaman el Orejas, el que soñaba con convertirse en tampón higiénico (coño qué metáfora) de doña Camila la mujer del alabardero, para verla más de cerca, lo tiene claro para heredar,as his mother goes on forever.
Tengo una gran colección de arabismos en mi memoria, que exornan (palabras que empiezan con el artículo al) nuestros diccionarios pero de niño sobre la cabecera de mi cama de madera había un cromo de la batalla de Clavijo en el que el artista pintaba torpemente la figura de Anacleto Matamoros alzando su espada sobre un caballo tordo. Derribados y bajo los cascos del caballo del apóstol aparecen unos cuantos turbantes pidiendo árnica. Siempre me impresionaron los rostros desencajados de esos agarenos que el pintor rural quiso que fueran negros o medio mulatos, de modo que sus pelambres contrastan con las barbas y melenas de un blondo y triunfal Hijo del Trueno que para eso fue patrón de los godos durante siglos hasta que llegó la monja andariega, madre de los conversos. Ya que buen trabajo le costó a Francisco de Quevedo defender su auspicio castizo de España por San Jacobo dándose de cuchilladas con el de los cristianos nuevos, que defendían a santa Teresa en el compatronato, y bajarle a Boanerges de su pedestal glorioso, al grito de San Yago cierra España. Estábamos trazando rayas en el aire, queríamos arar surcos en la mar. Nos falta a los españoles voluntad colectiva, por eso somos un país de conversos, y a medio hacer, enchufado a las veleidades de una monja andariega e inquieta que podía ser precisamente la que me arrimaba las nalgas en el trolebús a mí, deseando ser traspasada por el rayo místico. Quiero que me penetren. Voglio una donna. No estoy de acuerdo con lo que dicen los hispanicidas, no somos una nación fallida sino la mejor del mundo, tan suave y dulce como la jesuitina que me arrimaba material en el F y es que yo por aquellas calendas debía de ser fruta apetecible y muchas mujeres me querían llevar al huerto. Pudiendo decir con don Juan: “yo a los palacios subí, yo a las chozas bajé y en todas partes dejé recuerdo a amargo de mí”. Demasiada literatura, claro está. El mundo no es así
Apañados y apretujados íbamos aquellos estudiantes, sardinas en lata del futuro. Nos hemos olvidado del caballo blanco de Santiago. Por estos tesos pululan los curas libidinosos, las monjas que se dan a la fornicación y ansían ser penetradas por el dardo divino como santa Teresa. Todos los días traen los periódicos noticia de algún cura que quiso tocarle la colita al monaguillo o beneficiarse a la mujer del sacristán.
Yo por lo menos le prefiero a la Mística Doctora que, según revelan ciertos documentos, se acostaba con el padre Gracián. Así que aun entonces ya yo bajaba letra herido por la cuesta de Reina Victoria,  cuando el Jolimar no había sido abierto y el Analecto no había nacido, sin saber qué hacer, por dónde tirar, inhalando el humo salutífero de mi cachimba, fracasado y sin empleo, uno de aquellos miles de estudiantes pobretones que bajaban en el F a la facultad con la idea de ganar un título que les abriera las puertas de una colocación como catedráticos de instituto barruntando cielos color mortal y rosa y el odio católico de los neos, enfrascado en tan tristes pensamientos, acordándome de la Reina Madre que vivió más de cien años dándole al gintonic. La madre que la parió. Chinchín. Bríndenos a vuestra salud. La endrina es baya milagrera. Alarga los años. Es el antídoto contra la lucha de clases. El pan candeal se amasa con la harina del trigo Trujillo. Aquí cada cual propende a llevar el agua a su molino y dejar seco el de su vecino y habla despacín no nos oya el mío vecin que diz en la Asturias galana. Do va la mar vayan las ondas. Que allá darás rayo en ca Tamayo. Conviene esperar a que pase todo esto porque cuando Dios lo quiere, todos los aires llueven. Mayo mangonero, pon la rueca en el humero. Pedrada cantada, nunca ganada. El que calla piedras apaña. Piedra sin agua no aguza en la fragua. A piedra movediza el moho no cobija, y metimos un ratón papal en nuestro granero y se hizo amo del cillero.  Palabra y piedra suelta no tienen vuelta. Al buen callar llaman Sancho, y entretanto me llevaré este canto. Non lu quieru non lu quiero pero échelo vosté al puchero. Dádivas quebrantan peñas. Los refranes eran para mi personaje un consuelo y éste en concreto le retrotraía a Arije a London mientras esperaba a una novia que no fue. Le dijo que tenía la nariz muy grande. La esperaba en el salón cortinas rojas en la ventana y un viejo sofá comprado en a almoneda de Fulham Road cerca del campo de futbol del Chelsea. Se paseaba por la acera de los jardines de Roland la sombra del fantasma del conde Kelly. Aquel amor lo desbarató la iglesia. Teresa Calatos le dejó a la puerta de la iglesia, se fue con el cura. Los refranes desde aquella vez eran el refugio de las decepciones del desamor. Cabe las mujeres a Arije le fallaban los arrimaderos. Era un aficionado a la paremiología. El ojo del amo puede que engorde al caballo. Carbón y leña no la compres cuando hiela. Cuando la Calatos vino a verle al piso en su algorín de South Kensington nevaba. Apagase el tizón pero todavía no aparece el que lo encendió. You have hurt many people (has hecho daño a mucha gente, crucificaste a Brolladora que fue el amor de tu vida, eres cruel y no tienes perdón de Dios) Dio la piedra en el canto y mal para el cántaro. De tanto penar y sufrir yendo a la fuente al pobre Arije el botijo se le quebró y vagaba por las calles de las ciudades cantando con voz solemne de barítono dedicando versos a la maritornes del Julifer que le decía que Zamora no se gana en una hora. “Yo soy casada gilipuertas”.
El Anacleto se descojonaba. La Leo no le hacía caso pero había una vinatería al lado, para su consuelo; compraba dos botellas, se las chiscaba gluglú en un banco del bulevar cerca de la floristería abandonada. El vendedor de rosas había matado a la mujer y fue a la cárcel. Su chiscón abandonado era el refugio nocturno de los vagabundos del Este que trampeaban por la avenida. Que al as de oros no lo juegan bobos. La floristería era una vecera de cerdos humanoides. Huélgame un poco, mas hilo mi copo. No hay bronce que años tenga más de once, ni más lana que saber que no hay mañana. Leña de romero y pan de panadera la bordonería entera. Chimenea y huerto y un hogar do calentar las posaderas, el sueño del pícaro y del rufián. Todos vamos a donde dan. Campanas de mi aldea tilín tilán. Aldeana es la gallina pero comenla en Sevilla y viva la gallina con su pepita. Dentro de la concha está la perla para quien sepa verla. Añoso luchador el pino de Formentor. Do no valen cuñas aprovechan uñas. Guárdate del viento acanalado y del hombre mal barbado que porta en la cara las siete señas del hideputa (el signo más conspicuo: la barba en parroquias como el Coletas), al loco y al aire calle. La sangre se hereda y el vicio se apega. Soplar y sorber juntos no puede ser. Me deslizaba al esconce de la floristería después de estas subidas y bajadas, ▬cuando perdía el último autobús a causa de la afición al pimple y no podía regresar a su hogar, así que quedaba a dormir en la leonera de los vagabundos▬ por los colmados alcohólicos, veía venir a las marimantas. Los días que atardecía sereno tomaba el 623 y se refugiaba en su casa, aquel chiscón que había comprado con sus ahorros en Majadahonda. Seguía escribiendo al dictado de la botella porque para él la escritura era una purificación, una catarsis para un tiempo en el cual la poesía había muerto. Quien bestia va a Roma de allá bestia torna. En el camino a muchos puede ser que se les estropee el botijo, digo la sítula. Luego vienen los grandes pecados capitales de nuestro pueblo: ira, gula, lujuria, soberbia, homicidios, omecillo, robos, desfalcos, temeridades, contumelia, bandos, disensiones, mecachis en la mar. Acaso el proel de los vicios sea la protervia que la soberbia reconcentrada y la obstinación en el mal son licencias que marchan delante. Mascarón de proa de la vida nacional. De la cantidad de nuestra dura mater depende el pensamiento. Los hombres con cabeza pequeña tienen parvo entendimiento. Porque el viento gordo genera craso intelecto y yo estoy demasiado gordo, padezco de crasitud mórbida. Así, como los naranjos que portan poca médula y cáscara canteruda, me aflige a mí la mucha cáscara y escaso pipo, debe de ser porque estoy enfermo del alma. Mi madre y todas las mujeres que he conocido me lo dijeron “eres parvo, Gumersindo Arije, debe de faltarte un tornillo”. Mi amigo Manahén Enalgramado, que es un traidor, no piensa lo mismo, tú vales mucho, chico, lo que ocurre es que te minusvaloras a ti mismo y por eso echaste tu vida a rodar. A Manahén le gusta dar coba. Aunque el poder cognoscitivo de las potencias del alma acaso sea mayor de lo que se cree. Son poderosos los mastines con carlanca y olfatean el aire los podencos, eso me pasa a mí cuando veo a una persona por primera vez que le calo y sé de qué va y por donde va a salir.
En el Kiss bailaba la bacante Micaela. Había algo divino, un halo superior en aquella negra.  Parecía una sacerdotisa de Venus color ébano, pero el diablo, que siempre anda por Cantillana, movía la lengua y le hacía pronunciar frases extrañas, dulce prosodia como azúcar de dengue, en diversos idiomas. Yo salía renovado de aquel cuchitril de paredes rojas color vino de la calle la Ballesta. En Gran Vía un argelino me quitó la cartera y anduve tiempos metido en pleitos de la mano de rábulas vocingleros extorsionistas que querían demostrar que mis ojos grises eran negros. Este es un mundo ovil con muchos recovecos. En Madrid siempre cazan ratas al amanecer. El remedio contra esta carrera de ratas son los cuatro espíritus vitales de los romanos: Tracrix, Retentrix, Conmotrix y Expultrix que corresponden a las tres deidades instantes de la condición humana: Enos (el vino) Aleatorios (el juego) y Ginos (la mujer).
Según Roma, la tribulación aguza la inteligencia y la alegría hace bajar la guardia a los humanos. Para los talmudistas es un error imperdonable ir de bueno por el mundo.
Estaba Anacleto, el del Julifer, el bar de la esquina, hecho un brazo de mar en su telonio despachando cañas de cerveza y mirando de reojo. Zamora no se ganó en una hora. Qué va a ser... lo de siempre. Ya no vas al Kiss. Qué es el Kiss preguntó un cliente con pinta de guardia civil franco de servicio y dijo Anacleto: un puticlú no más y yo dije ya no me vaga ir, estoy jubilado, soy un cabo pieza al que se le jodió el goniómetro y el Anacleto que aquel día se había levantado con el pie torcido se cachondeaba de mí ante el “secreta”. Además, repuse, lo cerraron desde que mataron a Manolo Cantalejano. Creo que fue la mafia rusa y Anacleto corroboró:
—Je, a éste cualquier día le colocamos las pulseras y lo llevamos a la comandancia. Lo malo es que tiene las muñecas gordas.
El zamorano era un suma y sigue de su hermana Abamita a la cual le gustaba faltarme al respeto cuando subía a tomar café de las mañanas del tiempo que se fue. Por sus interferencias la hubiese dado yo una en los morros, pero no valía la pena. Hay que resistir cuando la gente pide bronca y poner en práctica el consejo de mi abuelo que era de la Benemérita “paso corto, vista larga; ojo al cristo que es de plata y ojos de halcón diente de lobo y hacerse el bobo”. Abamita era una verdadera Euménide. Yo me pregunto qué es lo que habré hecho yo pobre funcionario sin mando en plaza, marinero de tercera para caer mal a la gente. Debe de ser mi gordura mórbida que les asusta pero de mozo cuando vivía en London era cenceño, tenía buena facha, me acostaba con mujeres que no eran de pago, y feliz. En el Kiss una  sacerdotisa de Venus echaba las cartas, dominaba la guija, vaticinaba el porvenir como la mejor veedora de Galicia aunque ella era andaluza; decían las compañeras que aprendió las artes mágicas en el Vaticano en su calidad de primera daifa de los cardenales de la curia, hizo una prognosis terrible de mi condición psicológica y sexual:
— Tú tienes madera de asesino en serie.
— ¿Quién, yo?
—Sí, tú. No te hagas el longuis
— ¿Por qué?
▬Buscas el trato torpe con mujeres públicas. Eres algo seductor y encantador de serpientes, pero insensible al dolor ajeno. Hundes tus fauces en el légamo del egoísmo. Tienes los pies planos y me da que eres algo impotente. Esto de la impotencia de don Juvenal fue corroborado por el sanabrés que poseía buen ojo clínico para tales alicientes. Yo no me había emasculado como el panegirista Orígenes que se castró por miedo a cometer pecado de impureza. La cosa vino con los años al hacerse más grande la próstata.
El camarero sanabrés pronunciaba su diagnóstico de manera contundente. Seguramente había leído a Freud. No. Eso imposible: Anacleto era de los que jamás han leído un libro. Esos españoles que pertenecen a un país en el que menos se lee y más se publica. El cura que lo bautizó le endosó el santo del día que era la fiesta de san Anacleto pero en el pueblo todos le dijeron Analecto. Vanidad de vanidades. Me quedé de un aire. Ser gordo en España y atiborrarse de lecturas, mala cosa. Pero nunca pondréis, malditos, bozal al buey que trilla. La Leónides nos miraba desde el alguarín de sus premisas una cocina de metro cuadrado, verdadero banderín de enganche de potas y perolas, donde fregoteaba con sorna y empezó a decir sandeces y blasfemias contra mí. Y yo no cesaba de decir para mi camisa santo dios por qué le caeré tan mal a la gente. Arije, espabila. No merece perder el tiempo hablando con esta gente. Juvenal, que jugaba al tute con los jubilados, me guiñó un ojo desde el taburete donde echaba la partida:
— Calma no hagas caso a esa bruja.
Tente que te unto. Por tres cosas vive el hombre y le hacen agradable la vida: el vino, el juego y las mujeres. Hasta hace poco otro gran ingrediente era el tabaco, ahora ya los españoles no fuman. Da cáncer.
Pese a las impertinencias y humillaciones, estaba yo allí todos los días a la hora el cafetín. Me atraía el abismo. Templanza. Moderación. Circunspección y voto de silencio. Todo menos darla un par de hostias a aquella forajida. No te pierdas, Gumersindo. Y por más que me proponía alcanzar tales virtudes jamás lo conseguía. A lo mejor el Analecto llevaba razón: yo, arrastrado de mis malas inclinaciones, podía liarla parda hasta el punto de convertirme en un asesino en serie. No me gustaba mirar los telediarios porque me daban ganas de vomitar y después matar a ZP al Perico o al Coletas (luego vendría el sacamantecas Sánchez y su fámulo el Coletas de los pies planos, la cosa empeoro, así que otro vendrá que bueno me hará). A la rubia de bote el chocho morenote esa lozana andaluza que pronuncia encendidos discursos simulando la verborrea de los delegados de curso de la Facultad de Económicas y presidía un gobierno de corruptos y de puteros yo también me la cargaba. Mi país estaba envenenado por la política que torna a los hombres tristes y rencorosos.
 Por las noches se me acercaban los vampiros y creía entrar a bueyes volando por mi dormitorio. Alguien soltaba el búho que revoloteaba por la camarilla. Graznaba la lechuza en una rama del árbol de la sabiduría. Me convertí por esta causa difunto de taberna y entraba desesperado en la barra del Julifer (acrónimo de Julito y Fernando no vayan a pensar ustedes otra cosa pues eran los dos socios que montaron el chiringuito) para que la Abamita me escupiese exabruptos y su hermano me preguntase con un aire místico si me pasaba por el Kiss. Templanza. Moderación, restricción, recato. No hagas caso, Arije. Lanzaba la peonza. El zumbel de mi vida daba vueltas y vueltas. Se desplazaba en círculo y la mecha se le iba diluyendo hasta que sonaba el cimbel del convento de las Clarisas a la hora de vísperas. El impulso cinético concluido, el trompo quedaba tendido panza arriba como el cadáver de un ahogado sobre el enlosado del bulevar. Así que cimbel y zumbel es lo que soy ya digo. No había matado a mi mujer, pero no sería por falta de ganas sino porque ya iba para mayor y me fallaban las fuerzas. Las daifas del Kiss también se reían de mí. Lo mejor en esta vida no es el amor mercenario sino compartir el secreto de la botella de Erifos. Vaya usted por la sombra y no se le ocurra escalar algunas de las brancas del crecal que es árbol sagrado de Israel. Que hay moros en la costa y centinelas apostados entre los merlones y almenas de la muralla de Niebla que es la más acérrima plaza  fuerte del Andalus. Con que ya me dirás, Ruibrás. El zumbel tornaba movido por la fuerza centrifuga de la cuerda a compás de los tiempos de la gran zurra. Y, cuando sonaba el cimbel, al zumbel se le acababa la cuerda.
▬Para, chiquito.
 Había que ahogar las crisis de fe en la caneca de aguardiente y reírse de la opulencia de las cosas nuevas de las gentes que van en el metro mirando para la consola de su móvil y meneando con agilidad el dedito de la comunicación virtual que se mide en baremos de incomunicación física. Suena el cimbelillo de las monjas que llevan a las masas a la fantasmagoría de las redes sociales que son las nuevas arpías de los capiteles románicos donde todo está dicho y augurado: en China se va a declarar la peste negra. ¿Otra vez? Sí, hombre, como en 1348. ¿No escuchas ya los latinajos de aquellos que llevan a enterar y los curas les cantan el gorigori? Se nos aparecen los monstruos de dos cabezas y la mona que se muestra impúdica ostentando la gran vagina de la mandorla mística. Lo que iba a pasar en los tiempos venideros ya lo sabían los constructores de catedrales del siglo XII. Las iglesias estaban vacías pero las santas pobres mujeres seguían acudiendo a la novena. ¿Quién murió? El niño de la Exuperia.
▬ ¿A causa de la tos ferina?
Paez que sí. Le di un arrechuchó, pescó un catarro y se murió. El romadizo remató en pulmonía.
Llevaba el féretro un carro tirado por un tronco de corceles blancos y a Arije que caminaba detrás del cura portando la cruz alzada y cantando el entierrillo aquellos caballos le parecieron que iban trotando por los cielos nuncios del Apocalipsis.
Mientras tanto, los narcopoetas escanciaban yámbicos blancos y las poetisas se llamaban poetas desde que se popularizaron los versos perroneros de Gloria Fuertes que era bollera y se creó el ministerio de la Igualdad y una ministra dijo que había que sodomizar a todos los hombres, meterles la porra de un municipal por atrás. Era el ministerio de los daos pol culo manejado por el sindicato de las arpías y las bolleras que se habían descolgado del libro del apocalipsis. Predicaban el fin de los tiempos, vendría un tiempo de vientres estériles y perversiones lúbricas. Nunca hubiéramos podido imaginar que nuestra patria cayendo tan bajo en manos del sanedrín judío, en sus garras de perversión y apostasías. Era la hora del anticristo. Allí fueron ellas. Alzaron las feminazis el pendón del orgullo vaginal.           
No somos poetisas que nos llamen poetas. Hay que ver estos de la involución mujeriega en qué tonterías se fijan llevadas por su odio al macho y sus deseos de aniquilar la vida. Yo quise entonces cambiar la tierra mediante la palabra pero no pudo ser. Mis parientes ponían oídos de mercader o se mofaban de mis súplicas. En España escribir es un vicio y yo no era más que una pobre flor de jara, un hijo de la lluvia. El arcipreste Julito y el padre Eguillor que se torra en los infiernos ya me lo habían dicho:
▬Arije, tú nunca entrarás n el paraíso. Mala suerte, chaval. Te salió el esteatoma. Y un zaratán en los pies es para las ocasiones. Creciste en un mundo sin amor.
A pesar de todo, fui por el mundo anunciando nuevas y contando cosas, navegando por mares de envidia y mediocridad. No entendían mi lenguaje pues yo empleaba los subjuntivos y la consecutio temporum latina y ellos, pagados de sí mismos, se creían los reyes del mambo pegados a la alcachofa, y al micrófono rebuznador, verdaderos “maqueraux” de los portavoces profanadores del lenguaje de la comunicación, butanitismo informativo, cabrones con pintas. Mi tío Hans murió en Stalingrado y monta guardia en las estrellas. En noches de desolación nos comunicamos utilizando un télex particular que me conecta con la ultratumba. Escucho los tambores que anunciaron la desolación. Siento piedad por tío Hans y todos los que cayeron en aquel terrible mes de enero de 1943. Nuestro futuro se derrumbó entonces y vamos muchos dando tumbos por el mundo. Heil Hitler. Sin embargo, llegaría un día de venganza. La mentira no puede durar mil años. Los serviolas de proa anuncian una noche larga en la mar. Surgen sombras a popa. Caminarás sobre el áspid y el basilisco, romperás los eslabones de las cadenas que te ataron. La nieve y la escarcha (Imbert et nix) pasarán, pero no mi palabra. El Señor que es buen marinero de altura nos largará una estacha. Mientras tanto, escucho el ruido de los cerrojos que se abren y cierran en libertad. Los mueve una mano invisible. Ecos que se grabaron en la piedra de los castillos y matacanes por cuyos pasadizos yo corría en mi infancia. La piedra guarda los mensajes crípticos. Son ondas del más allá. Haplología cíclica. El pan de los mastines. Los guardias de seguridad que guardan la viña bajo el gario de oro de los cuatro dientes: justicia, fortaleza, prudencia y templanza. Todas ellas abocan a la continencia, la modestia y la abstinencia que proporcionan alegría al mal y al cuerpo buen banzo; son estas las virtudes más importantes. Son sus contrarios el hambre, la peste y la guerra los más destructivos que ejecuta Némesis la diosa de la venganza. Después, como todo se renueva, florece un tiempo distinto y, ex novo, el abismo. Los poetas son sus heraldos, pero muchos son crucificados porque no son del gusto de los tiranos que traen arrastrándose tras el carro triunfal a sus propios profetas. Dejen paso a los adoradores del Becerro de Oro. También sigue a los tiranos una cohorte de nuevos ricos, de teloneros, de periodistas comprados, y de abogadetes rábulas picapleitos que en los tribunales se empeñan en defender que lo negro es blanco y lo blanco negro, soltando a los criminales y dando cadena perpetua para los patriotas inocentes como el caso de Blanquerna cuando irrumpieron en una tenida de catalanes unos pobres falangistas. Los globos se desinflan y se estrellan contra el asfalto del Paseo de la Castellana en medio del estruendo de palabras altisonantes altoparlantes: democracia, solidaridad, feminismo, sexo y café para todos, globalismo, derechos humanos, lucha de género, dialogo y esgrimen la espada del consenso verdadera hidra de siete cabezas que ha venido a sustituir a la lucha de clases, el euro, la Merkel, Donald Trump, la Maritere inglesa, el puto Brexit. Una verdadera muta lobuna marcando el paso de los globales. Hacen caja y tiran besos negros los apoltronados en Bruselas, el parlamento donde toda corrupción tuvo asiento. Ya no hay propiedad privada, la gran aspiración de las clases medias merced a la corrupción sistemática de los partidos políticos que operan bajo la fórmula de “I will buy you out”. Somos unos vendidos. Estos señores nos compraron. Todo es escaparate y jactancia en este mundo sometido a la dictadura del dinero, el hedonismo y la fuerza bruta que es la fuerza de la masa. El paseíto triunfal de la toma de posesión, el juramento, los desfiles, las medallas que se cuelgan en la pechera los marineritos de agua dulce que nunca asistieron a ninguna batalla. Nos dan gato por liebre cantidad por calidad, nos venden el burra mal capada, y eso sí grandes superficies y Black Fridies. Los gobiernos que ponen al frente son una almáciga de mediocridades, porque piensan los que mandan que los ineptos sean más corruptibles y manejables y menos detectables al meneo oculto de sus mañas invisibles.
  Una cuadrilla de negros en un banco en mitad el bulevar recién desembarcados de la patera y a las que las autoridades habían mandado para acá estaban sentados en un banco de Reina Victoria esperando que alguien les diese  trabajo.  Iban pululando de acá para allá y robaban carteras a los borrachos mientras dormían descuidados sobre los bancos del bulevar la zorra suprema zupia calimocho y ginebra de garrafón mezclas explosivas. Todos -eran lo menos ocho- ocupaban un banco municipal. Eran letones, a Villeguillo le metieron mano a la cartera pero se zafó de los extranjeros con un guantazo. No tenían currele y estaban de brazos caídos porque esto no era lo que les habían dicho: esto es el paraíso.
— Venimos a España a que nos mantengan. No vamos a pegar golpe.
Acababan de aterrizar en Madrid como aquel que dice, pero después de la patera ¿Qué? ¡Pobrecillos! A matar o a robar o hacerse el culo de una puta vieja.
— Pues ninguna lástima te han de dar, Arije — solía decir mi novia Etsi
 En ese caso estaríamos hablando de turismo sexual o de un nuevo tipo migratorio. No eran migratorios sino conminatorios. Me daban un poco lastima, la verdad. Este país fue cruce de razas y empalme de fronteras. La esbeltez de las nubias contrasta con las abotagados rostros ecuatorianos de piel cobriza que parecen mismamente corchos de botella con perdón pues así tienen el talle y cara de buenas personas casi todos estos ecuatorianos inditos que a mí no me molestan. Madrid ya no es rompeolas de las Españas sino el abra donde convergen todos los mares del mundo. ¿Esto es malo o bueno? Yo que sé. Al principio nos preocupábamos y decíamos: esto ya no puede ser. Venida la pella, y como no los puedes vencer, únete a ellos, sálvese el que pueda. A la España de mis amores no lo conoce ni la madre que lo parió que dijo el Guerra el cual anda cacareando por ahí por las televisiones la monserga de Ortega: “no es esto… no es esto”. Además, estos encastes transandinos y subsaharianos pueden mejorar la raza hasta el punto de perder nuestra identidad pero nada podemos hacer.
Entré en el bar Tera. Zamora no se gana en una hora. La Abamita estaba de muy mala leche. El Pirulo, su marido, hecho un brazo de mar al igual que Sunday el dublinés, que hacía las veces de metre y Anacleto apostrofando a las masas y a los camareros. Todos son hermanos de por ahí de la raya de allá donde el Duero se va a cantar fados a Portugal.  Hablan medio gallego y su parlar guardaba desinencias troncales del roncón de la gaita zamorana. El establecimiento me recordaba a mí viejos cantares de la ronda sanabresa. Buena gente. Entre pecho y espalda me metía mis dos buenas botellas de peleón alguna vez clarete y me ponía a cantar el quien dirá que no son cinco tres de blanco y dos de tinto — esto de los restoranes familiares que a mí me van — plato del día y tercio de vino con gaseosa, aunque ya van quedando menos en Madrid es lo mejor que tiene esta ciudad.  Día sí y otro no, cocido maragato con su compango, chorizo de bola y todo bien regado con tintorro de la frasca y ahí me las den todas. Arije se había sentado en la mesa de enfrente. No hablaba. Estaba cetrino. Sentí como un mal barrunto, el aleteo de un cuervo. El aliento de una mala sombra se esparcía por las techumbres del establecimiento, las sillas parecía que empezaban a moverse. Yo juraría que Arije un viudo jubilado que come todos los días a la misma hora, una y media, sentía que yo había detectado algo del tenor de su gafancia. Pero no te apures, le dije. Si eres gafe todo se soluciona menos la muerte. Por lo menos has tenido suerte. Las parcas se han llevado a tu mujer (qué buena era, lo dicen todos, aunque en el fondo todos sentimos una cierta envidia a los viudos de pata negra… él se ha ido al cielo pero yo me he quedado en la gloria) y a ti no te vamos a ver en danza por la sección de sucesos de los periódicos pues hoy es muy habitual que los jubilados pensionistas se lleven por delante a la parienta. No te quejes, Arije, chico. Eres un suertudo. En Madrid soltero y con dinero Baden- Baden, te lo digo yo échate una novia una de esas rusas de cuerpos macarrón o esas rumanas fetén con ojos eslavos de aguamarina y a vivir que son dos días y déjame de mirar con esos ojos de buey que se me atraganta la sopa. Oye y no engordes mucho: cuídate. Mis amonestaciones no servían para nada. Mi comensal era víctima de una de esas ligaduras misteriosas o lo que los italianos denominan la jettatura. Deja de ser el hilo conductor de toda esa trama maléfica, hazte con las riendas del mundo, domínate a ti mismo. Tener tan elevados pensamientos en el preciso instante en que uno se zampa un cocido de garbanzos y mientras Sunday bajaba por la escalera de caracol con la bandeja no es que sea muy edificante. Primum vivere deinde philosophare pero yo soy capaz de hacer las dos cosas a la vez. A Alfredo Mirlo se le había muerto su mujer, Brontea, haría un par de meses y a la legua se notaba que era uno de esos individuos que no pueden estar solos porque les falla el cromosoma de la falta de emotividad. El buey suelto bien se lame. Había sido un marido dominante y posesivo que había dado mala vida a su señora y si no la tuvo atada a la pata la cama allá que se iba, pero ahora todo eran lagrimas, duelos y quebrantos por ella. Como Brontea malparió una hija le nació tonta y se la llevaron a Quitapesares un preventorio psiquiátrico. Esa era otra.  ¿Tú eres mi hermano Gumersindo, di? Nos han ocurrido cosas terribles. Cuando te encuentro por el camino siempre me ocurre una desgracia.
—No digas sandeces, Fabiniano.
Pocas veces le había escuchado llamarme por mi nombre, pero aquella vez su llamada sonó apelativa y tierna transmitiendo en su inflexión ciertas querencias de la infancia olvidada. Se sintió generoso y luego le invitó a una copita de absenta después de comer. Él se tomó un chupito de ojén. A la salida del zamorano cada uno de los dos hermanos tiró para su lado el uno para la derecha y el otro por la izquierda.  Cuídate y no te apures. Todo eso que pasó ya pasó y habrá que echarlo en el olvido. Si no fueras tan gafe, te llamaría de vez en cuando, pero la gafancia no se cura... y. Tocó madera. Había una papelera de bambú en las escalerillas del metro y la rozó con la mano izquierda. Estoy seguro de que Fabiniano ya me ha pasado la galerna. Era como si el alma me hubiese sacudido un linternazo. Un ventalle de perdición, hijo mío. Yo soy Baruj Arije y no sé por qué me pusieron Baruj ni cuál es la raíz del Arije. Seguro que es un nombre moro. Recordó a Malitva una hermana que había fallecido de cáncer de tiroides. La salieron unos bultos en el cuello y se le inflamaron como cuévanos las cuencas oculares. Era muy guapa y rubia y de la noche a la mañana perdió el pelo. Se puso monstruosa. Ella también era una Arije. Vivió poco tiempo: treinta y cinco años. Dicen que lo del tiroides la vino en el sobreparto al tener el primer hijo o fue el marido que era un pirata y un moro en el mal sentido de la palabra. Pobre hermanita.
No tenemos mucha suerte los de la familia. Avanzamos por la vida con la cargazón de la culpa. Pagamos por los pecados de otros. Somos del pueblo elegido. Elegidos sí para sufrir. La cosa no es para tomárselo a broma, pero yo suelo hacer de tripas corazón. Le saco partido a la vida. Buen yantar y buenos vinos, buenas mujeres alguna que otra si se tercia y sobre todo buenos libros y buen tabaco. Me he fumado lo mejor de Vueltabajo, me he bebido cubetas enteras de Vega Sicilia. He amado la literatura profesión que nos inmortaliza y no fenece. Que grande eres, Dios de Israel. Como cuidas de nosotros, aunque a veces nos mandes castigo. Será que nos lo merecemos. Hemos siempre de estar preparados y ser congruentes con nosotros mismos para cuando sople el viento de perdición que extinga la llama de todos los cirios. Otros tienen oscuridad, pero los Arijes vamos por la vida destellando rayos lumínicos. ¿Será eso por lo que el profeta nos define como Vaso de elección? ¿Será eso por lo que me pusieron al nacer Baruj?
Y entretenido en estos pensamientos místicos deambuló por la ciudad. La Avenida de la reina Madre le condujo hasta un barrio lejano que casi desconocía donde todos hablaban cheli de los  bajos fondos, predominaban también los bajos instintos. Es un Madrid que me daba cien patadas sobre todo cuando esos majos se descuelgan de repente con una parrafada que parece un chotis y muy enviserados y chulapones se van a bailar a la Verbena de la Paloma sobre un ladrillo en “La Bombilla”. Todo eso es falso. Esa zona de la ciudad tan mitificada por Ramón es un pufo que la etnología nos ha metido. Áspero y bronco Madrid. Mucho Madrid. Madrid era una ciudad fantasma. Quebraban albores. En el Paseo del Prado al bueno de Baruj el peripatético le salieron unas damas al encuentro hablando en suajili. Todas eran pigmeas pata negra como su piel; iban todas ellas vestidas de blanco. Sólo sabían una frase en castellano la de la quinta pregunta:
— Chupaaa.... folláaaaa
—Bueno, bueno niñas qué cosas tenéis. Dejadme en paz. Yo tengo otras preocupaciones. Ale, ale, a casita que llueve.
Pero cuanto más les amonestaba más se le arrimaban las pigmeas. Se llevó la mano a la cartera. Estas prendas vienen por algo. Tuvo que ponerse serio Arije y sacar la poderosa cabritera de muelle que llevaba en bolsillo. Al ver la de Albacete se espantó toda la bandada y lo dejaron tranquilo. En sus cavilaciones se le había pasado la noche y tuvo que esperar barzoneando hasta que abrieran el primer metro. De noche la ciudad resulta casi una desconocida: otro dibujo, otra alma y otra vida pero él había sido un noctívago dado al trasnoche y amaba las madrugadas sobre todo las amanecidas aldeanas cuando se escucha a los gallos quebrar albores. A las cinco de la mañana todo parecía que despertaba y poco a poco se notaba un aire de actividad y de currele. Tenía frío. Era lunes santo y ya se notaba la proximidad de la primavera. Se escuchaban cantar los pájaros en las frondas del Retiro. Toda aquella huida de Arije de su propio laberinto y de su castillo interior a la negrura de la noche tenía una explicación. Se había pasado la tarde entre bostezo y bostezo haciendo zapping o bien hojeando a rastras insustanciales periódicos y suplementos dominicales subidos de color y de desnudeces, pero entecos de ideas. Para él estaba visto que la belleza no estaba plasmada meramente en el felpudo de la modelo exuberante que se retrata mostrando sus curvas. Para él la belleza era la filocalía. No estaba en torsos ni en senos flotantes sino en la belleza interior. Una mirada, una palabra amable, una risa feliz una canción de quintos. Los nuevos periodistas explicaban a sus lectores a lo largo de una serie de reportajes su pan comido: ha nacido, señores, una nueva religión. Ahora todos somos laicos. Los gimnasios habían sustituido a las capillas en su misión soteriológica. Era el síndrome de la catedral vacía de fieles y llena de turistas. La descristianización progresiva, los largos puentes de fin de semana. El alzamiento de pesas. La barra fija. Pedestrismo en la soledad mística del corredor de fondo mientras las radios y los curas nos adoctrinaban de que hay que ser solidarios. La bicicleta estática y otras calistenias. La gordura es un pecado mortal y el peor diablo el de la grasa. Los flamines del tercer nivel habían sustituido a los curas y a los obispos. Echaron el cierre las rejillas de los confesonarios, derribaron pulpitos y ambones, el purgatorio no existe y el infierno fue una fábula que se inventó el Dante. Todo cambió. Acababa de hacer explosión el coche bomba en Leganés. Le daban escalofríos de pensarlo. Aquel piso que saltó por los aires entre suras a Alá y la muerte de un geo. Rara historia. Los sionistas estaban detrás, pero se dieron buena maña en evitar que nadie se enterara. Dios, aparta de mí este cáliz. Líbranos de la peste y la guerra. Era buena persona en realidad Arije. Le tocó vivir un tiempo difícil… a lo mejor la culpa la tendría su hermano el gafe, o que un resorte había fallado. Estaban sin embargo cumpliéndose los designios que había ido desparramando a lo largo de su obra anepigráfica.
—Tío, eres todo un baluarte
─ Carezco de antivirus
—Que va. Lo que pasa es que estas apoltronado hecho un oso buco. Has de caminar más. Pasas las horas muertas ante la cuartilla blanca. Eternidades de ordenador. Pero ve lo que aguardabas se ha cumplido. Has logrado tus sueños. Tú sabes. Tú puedes. You can
—No me jodas… ni me hables de los morados de Podemos. Es como mentarme a la madre, motivo suficiente para sacar la navaja.
Había que quitarse el sombrero. Arije no había fallado un punto en sus vaticinios. Ya lo sé que te has pasado tres pueblos que vives en otro mundo pero que se le va a hacer. Sonreías a los insultos. Eres un cobarde y encima te quejas.
Todas estas predicas difundidas a beneficio de inventario sin embargo no valían para nada, no le decían nada. Arije se paseaba por la roca del precipicio haciéndole un calvo a la vida y a la muerte. Vio unos demonios so capa de monos forajidos copulando furiosa y fugazmente sobre la rama de un ailanto del jardín botánico. Ciertamente había demonios en el jardín. En ese jardín. En todos los jardines. Quizás el jardín se alzaba sobre un cementerio y allí estaban los huesos del profeta Ezequiel en trance de alzarse y muchas noches sobre los cielos turbios de la capital se elevaban como vaharadas las trazadoras de los fuegos fatuos. Debían de ser lo muertos de la guerra civil o el ralentí de ciertas bombas que no estallaron. Castor y Pollux un poco más ya junto a la fontana de la Cibeles que iban tan amigos montando un mismo caballo se liaron de repente a guantazos y todo era furor por las esquinas y los esquinazos.
—A que no me coges.
— ¡Uy esos! Parece que van mal.

Por fin llegó tras mucho caminar, pasados los pontones del olvido, al intercambiador Digital, una cochera inmensa debajo de los cimientos mismos del Arco de Triunfo.
Estuvieron trabajando obreros actividad frenética día y noche para tenerlo a punto, que lo tenía que inaugurar don Cejas para la Trinidad pero puso algunas objeciones la Celadora de la Comunidad: el mando estaba bastante dividido y era todo un descojone, entran y salen cuatro como antaño en el cine Montijo y ya se sabe unos por otros la casa sin barrer. La Trinidad se pasa, mire usted que guasa y para las navidades el intercambiador de marras seguía aún sin remozar. Tenía unas escalinatas de tracción mecánica muy molonguis que bajaban desde las mismas bodegas del Arco de Triunfo. Avanzó entre el polvo el ajetreo de la hora punta y el hedor a humanidad. Había una luz fúnebre como de tanatorio iluminando toda aquella actividad. Yo soñé alguna vez en la escala de Jacob pero el bueno de Arije se me despistaba. Dos ex presidiarios de un lejano campo de concentración supervivientes del Shoah se entretenían jugando al parchís cerca de un panel de indicaciones salidas llegadas y una zorra los miraba. Una fuina se agazapaba seguramente porque sus ojos tibios y acostumbrados a la oscuridad no podían soportar la luz fúnebre mientras una cotorra argentina charlatana no paraba de hablar. Seguramente que se había soltado de la jaula de un cuentacuentos:
—El 39 fue un año triunfal. Ese año un primero de abril entró la fuerza por acá, en este mismo punto donde nos encontramos. Entraron las banderas por Princesa y justo aquí fue el empezar y se desplegó la roja y gualda. Un alférez alto y grande la llevaba.
— ¡Qué bonito! —dijo el de la partida que tenía un brete y una pihuela atados al zapato — pero para de hablar, lechuza, que nos interrumpes. Lo que nos traemos nosotros entre manos es importante.
— ¿Qué puñetas  hacéis?
—Estamos conspirando.
— ¿Así, con ese uniforme de penitenciarios? Ya tendréis ganas.
—Tú ya verás. Tú, a oír ver y callar.
Puede que el 39 fuera año triunfal, pero de aquella fecha ya nadie se acordaba. Ahí estaba la fecha de la inscripción latín con una leyenda en números romanos. La zorra mirando para arriba. El asno de Buridán plegó las orejas y un hermeneuta con un puntero iba desglosando como un parte de incidencias el meollo de la frase: “Armis hic victoribus mens jugiter victura monumentum hoc” (A las armas victoriosas este tributo). Es lo que ponía en el sobrehaz; en el envés o fachada oriental decía; Munificencia regia condita ab hispaniorum duce restaurata Aedes spientiae complutensis florescit in conspectu Dei”. Los podemitas y Perico de los Palotes se confabularon para volar aquella obra de arte que abría triunfal las puertas de Madrid hasta hace poco. No les dejaba a los rojos vivir su reconcomio y el ánimo de revancha por la guerra que habían perdido y ganado en las elecciones mediante las maniobras arteras de un pucherazo.
 Los romanos más que escribir esculpían como acuñando moneda para la eternidad y vio por un resquicio de la memoria al autor del glorioso epígrafe redactado con comisión y buen hipérbaton: un catedrático catalán con las manos llenas de tiza y la chaquetilla cubierta de polvo que hablaba con una palatización de abiertas como en el Empardan. Lo escrito en piedra no es lo mismo que la escritura en papel o en papiro que es un poco la escritura en la pared de la cena de Baltasar. Frases para durar. No una pluma, yo lo que anhelo es un buril para dictar frases a cincel en el vivo mármol. Y allí vio en lo alto del cielo al profesor Mariner mártir de la democracia o la contrademocracia fulgiendo como un ángel al lado de San Juan y de Tito Livio y de Virgilio. Armis hic victoribus... Mas, todo eso pasó. Se fue. Desfiló. Se deshizo. Sic transit gloria mundi. Estamos en tránsito, todo se apaga y marchita con los años Ábrete. Mundus transit. Nadie es aquí definitivo. Pasa página y no te olvides de conjugar un verbo transitivo que es tu vida misma. Animo pues, amigo que para eso tienes nombre de poeta y apellido de pámpanos. Eres toda ubre y pámpanos. Todo medula. Lo veía al pobre Baruj Gumersindo Arije. Tenía las espaldas un poco encorvadas. Le había tundido lo suyo la vida y el pelo se le había vuelto totalmente blanco. Andaba gambado por una ciudad que fue la suya y ya no le pertenecía. Por sus calles iba y venía meteco o exilado en su propio país. Sólo tus sueños te pertenecen, pero la ciudad ya no es tuya y hasta el habla siendo la misma es extraña.  Todo es insólito. Los rostros, mohínos y distantes de la gente amargada y con cara de ir a lo suyo. En cuyos rostros se reflejaba la infelicidad ambiente que procura el egoísmo y la desconfianza. Madrid me mata. Transitar por el Arco de Triunfo nunca perdiendo de vista su sombra había formado parte de sus días. Circular por debajo del Arco del triunfo por donde pasaron las cohortes de Complutum camino de Legio Séptima no es lo mismo que pasarse todo bajo el arco de triunfo, Arije y hay que pasarte por ese epicentro del mismo sitio ya sé que tienes anchas espaldas y alforjas esterones, artolas, baúl para guardar tantos agravios. Pero no te pases. Circulen. Tente que te unto.
Puf. Todo lo que me echen. Para él las calumnias, las injurias no eran tales injurias sino peldaños de la escalera del Cielo. ¿Agravios? ¿Tantos? Sí. Señor. Tú sufriste muchos y marcaron tu santa faz en el Lithostros. ¿Entonces de qué coños te quejas? No seas zarrioso, Arije. Vuélvete a casa. De noche en Madrid todos los gatos son pardos y esta es la ciudad de los gatos. Pasé dolores de Getsemaní, pero sin Magdalenas que ungieran mis pies con pomos de nardo ni Verónicas que me salieran al encuentro con sus paños. La conversación con el antiguo colega me ha dejado de un aire y sin saber a qué carta quedarme. Nadie se solidariza con nadie. Nadie quiere saber ni entender. Nadie te ayuda. Estás solo. Atravesamos el desierto de agua, el ponto líquido. Tiempo de Acuario. Todo parece que fluye. Es líquido. Tiempo de liquidez. Un moro bajó entonces por la escalinata con una gran alcatifa a cuestas. Era un Mohamed manumiso, un  exárico, para los que Madrid nunca será Madrid sino Majerít. Al menos ellos tienen esa idea. Para ellos no ha pasado la Reconquista. Estas perdido, Arije, vuélvete a tu casa. ¿Dónde moras, rabí? ¿Dónde están tu padre y tus hermanos? Mi madre mi padre y mis hermanos son aquellos que cumplen mi Palabra. Difíciles frases. Nunca estuviste más oscuro, pero seguimos indagando dándole vueltas al contexto, hermeneutas perdidos por el vaho del mundo, y tratando de entender el sacramental mensaje de tus palabras. Corre tiempo recio. Señor, sálvanos que perecemos.
XI
Primero de año estreno doce nuevos meses de vida. Arije se levantó después del gran catarro que amargó su Nochevieja. Escucharon villancicos en la radiogramola y bailaron algo, salsa sobre todo que es la música que baila su mujer orígenes cubanos. Arije se desposó con una ceiba. Misa en el Vaticano cantada en latín tan de su gusto. Vio al papa cojo. Le dio un poco de pena aquel hombre. Cojea el padre Bergoglio y cojeamos todos, pero ahí vamos. Tampoco canta este pontífice. Gallo que no canta tiene atrofia en la garganta. Lo que más le gusta dél es su devoción a la madona inspiración jesuita. Al final del oficio se cantó ante el pesebre Alma redemptoris mater, pero el portal no estaba tan iluminado como otros años. Luego paseo por Reina Victoria y tuvo la dicha de escuchar las campanas del Día de la Circuncisión llamando a la misa de Analectoficación del Santo nombre de Jesús. El bronce del campanil decía (Arije poseía un segundo sentido para traducir el lenguaje de las santas campanas que son bautizadas y ungidas con el crisma de jueves santo) esto:
Populum voco. Mortuos prango. Vulnera frango [1] y aquella voz sonora del viejo monasterio de san Daniel, uno de los muchos monasterios del Cíngulo Dorado— el circulo de oro constituido por torres, espadañas y muros sagrados o sacra moenia que circundaban Madrid por la parte norte y sur de Moncloa—le retrotrajo a aquellas maravillosas enseñanzas que había aprendido sobre la liturgia romana en sus años de seminario. Tuvo el convencimiento que la iglesia no son las encíclicas papales ni la doctrina con moralina sino algo mucho más alto lo que eleva el corazón. Es la teología, las súmulas tomistas y el gran acervo de la tradición. En el monasterio de san Daniel escuchaba la misa de cazadores el rey Enrique IV al alba antes de recorrer los montes del Pardo a la caza de jabalíes y en su sacristía al pobre rey segoviano lo envenenó un monje por mandato del cronista Palencia, cuando regresaba de una batida sediento y sudoroso. Diole al monarca a probar una pócima de hierbas con mezclas aromáticas y gaseosa. El tañido de aquel modesto campanario hoy convento de monjas le llenó de paz. Las aves huían asustadas por el cielo de Reina Victoria, las palomas buscaban refugio en las helgaduras de las tapias. En el Islam no hay campanas. Al moro el sonar de la campana le asusta, pero Arije se sintió ampliamente gratificado en su catolicismo, un catolicismo ferviente que renacía en él cuando la Iglesia estaba hecha unos zorros demasiados; obispos tocineros y comentarios desaboridos de una cigüeña que crascitaba inconveniencias en la torre de una iglesia profanada.
Liturgia es el culto público a Jesucristo lo había aprendido él cuando era adolescente y no podía desquitarse de esa idea. Tal vez por tozudez o por prejuicios. Arije era obstinado y no precisamente uno de esos que cambian con facilidad de chaqueta. A Dios le gustan los cantos de alabanzas y esta idea viene del antiguo Testamento. En la liturgia converge Cristo con Sión y la cosa no tiene vuelta de hoja. Todo este entramado es expiación, oración, acción de gracias, adoración sacrificial y canto de alabanza. Ahora lo pretenden destrincar los adoradores de Satán.
La iglesia es una y múltiple. Posee la gran riqueza de la diversidad de cultos en su capacidad de católica o universal, apostólica pues proviene de los apóstoles. Está fraguada en símbolos que por desgracia ignoran muchos de los fieles que participan en los cultos (santa ignorancia) pero es menester entender las ceremonias y rubricas de los diversos cultos rituales. En la iglesia occidental existen varios ritos distintas fórmulas de adoración: el galicano francés, el medulano de la iglesia de san Ambrosio de Milán el bizantino griego y muzárabe-visigótico que aún se celebra en la primada de Toledo A Arije el rito muzárabe era el que más le inspiraba por su españolidad y sus adherencias al bizantino. En él abundan preces y letanías — hesicasmo o repetición de una frase pronunciada por Jesucristo o de los Evangelios como los kiries que impetran la piedad del altísimo—. En mi opinión las lenguas vernáculas han roto por una parte con la tradición y por otra vacían el sentido en que el verbo divino habló en el monte. Por ejemplo, en el ultimo evangelio han traducido et tenebrae eam non comprehenderunt por no le entendieron cuando en realidad semánticamente lo que significa es que la luz fulge y las tinieblas no apagaron esta luz que vino de Oriente. Los motetes, los himnos eucarísticos, las secuencias forman parte de un fenómeno privativo del cristianismo: la filocalía o amor a lo bello del que carecen los otros credos. Es el Cristus Musicus que se entroniza a través de las musicales notas en el pantocrátor. O el cristus structor arquitecto, o el Cristus didacticus magister o maestro. Además, las vernáculas han despojado a la iglesia de su universalidad ingénita. Arije no podía por menos de vapulear las enseñanzas del Vaticano II. El creyente tiene la obligación de estudiar su fe y de iniciarse en lenguas que le son ajenas como el latín o el griego o el hebreo como hacen los talmudistas que estudian constantemente la palabra de Dios. Rito de iniciación. Hay muchas cosas que no se entienden sino a través del legado de la fe. Y estos misterios nos vienen de los ritos órficos de donde arranca en parte la liturgia romana que quiere quiso cristianizar el paganismo y en la vida todo es liturgia y rito, fulgor, normativa y regla, cauce de convivencia, lo que diferencia al ser humano de los animales irracionales. Los símbolos nos cercan a Dios. El pez, la paloma iztios, axios el crismón el anagrama que llevaban los legionarios cristianos en tiempos del emperador Valerio. Los que atacan a la iglesia por esa milonga de los abusos sexuales que siempre los hubo y los habrá desconocen esta categoría primordial de nuestra religión. Reducir el depósito de nuestra fe a los pecados de la concupiscencia humana es una aberración. La liturgia católica tiene estirpe teatral. Conviene recordar que el teatro nació en los atrios de los templos cristianos. Autos de navidad y de pasión: Shakespeare, Calderón, Lope, Tirso y luego la riqueza estatuaria de los ábsides capiteles y cimacios románicos con la representación de las sibilas, el infierno, los martirios, las misericordias del coro donde quedaron labrados algunas advertencias sobre las tentaciones de la carne, donde colocan sus posaderas los canónigos, y sobre la presencia del maligno den el mundo al cual la Iglesia trata de combatir. Es el zlo de los ortodoxos rusos. Teatro, culto a la belleza, pugna perpetua contra el mal, las bajas pasiones y los instintos que hacen desgraciada a la condición humana.
Arije después de estas consideraciones y halagado por la presencia viva del Cristus musicus, se santiguó y entró reverente en el pórtico de la iglesia de san Daniel. Las campanas seguían propalando su melodía a la ciudad de Madrid anunciando orbi et orbi la Circuncisión del Salvador. Año Nuevo buen día del Señor.

Bajé la cuesta, era tan empinada que con frecuencia el tranvía se atascaba por no poder con tanta gente, los estudiantes se bajaban y a empujar. En una esquina la casa chalet de Sebastián Miranda que velaba armas, cara al sol, y los aires de la universitaria. A izquierda de la bajada se abrían las bancadas del Estadio Metropolitano y todavía el viento de la sierra del recuerdo traían y llevaba los sones de aclamación cuando Collar desde la extrema izquierda marcaba Gooool, el grito de júbilo resonaba por toda la Ciudad Universitaria, aquellas tardes de domingo, partido, cine y tasca. Aupa Atleti. Gumersindo Manahén Arije, colchonero de toda la vida. El campo había sido derruido, bloques de pisos, y allí tuvo él su oficina, archivos y papeles, estanterías de libros. Fue cuando se digitalizó la administración y todas las semanas un camión del ministerio se llevaba mesas y máquinas de escribir que se vendían a los traperos. Un músico irlandés mientras tanto interpretaba al violín la sonata de “I ll buy you out”. Nos estaban comprando a los españoles y nosotros vendíamos la patria por un plato de lentejas. El ordenador dueño y señor del campo administraba la “Cuerpa” que ya no quería archivar nada porque todo lo antiguo no valdría para nada, luego llegarían las feministas y fundarían el ministerio de la Igualdad muy poco igualitario con la consigna de sodomizar al varón por el mero hecho de serlo una crija verija valdría entonces el doble que una pija. Predominando el género epiceno. Metí un ratón en mi granero e hizose dueño del cillero. El grito de guerra era el del vientre vacío, como primer paso para que se acabara el mundo. La humanidad perecería por falta de quórum las mujeres no querían que las hicieran madres, serían emasculados los varones y dejarían de nacer niños. Bajo esa fórmula estaban entrando en Europa las huestes del anticristo. Toneladas de revistas y libros de una época fueron a parar a la basura. Arije desde su ventanal trataba de adaptarse a las nuevas tecnologías del Word y del M-2. La caída del Muro de Berlín se llevó por la posta tanto trabajo de la imaginación. Era una manera de acogotar al fascismo. ZP se sacó de la chispera la infamia de la memoria histórica, otra vez la guerra cuando nos creíamos todos reconciliados. Las cadenas alemanas recibieron la consigna de pasar newsreels constantemente sobre los campos de concentración. Venerar a los hornos crematorios de Auschwitz se convirtió en una nueva religión mientras eran descolgados los crucifijos de las paredes de las escuelas y se volaban las cruces de los caídos y se profanaban los huesos de Franco. Él, siendo israelita conocía bien las añagazas y embustes de su gente cuya misión en la historia fue siempre engañar y pervertir, para contradecir a los patanes del partido socialista obrero llevaba en la cartera una foto del Führer que trajo su padre superviviente de la batalla de Stalingrado, rezaba padrenuestros y trató de aprender alemán. Zum Befehl y Heil Siegel, pero todo cuanto quiso aprender se lo desbarató Cerrolaza un jesuita enemigo de los nazis que dirigía el Departamento de Germanística de la Central y que lo echó de la universidad. Por el ventanal de la Biblioteca penetraba un sol cansino y el eco del recuerdo de los goles que marcaba Luis el Zapatones los regateos de Collar y las palomitas de Pazos en la portería. Fue un tiempo de espera y de esperanza. El clínico albergaba muchos secretos de su pasión por España. Desde allí los muertos le hablaban; unos se le aparecían con una pierna de menos, otros tuertos y a muchos les habían pegado un tiro en la garganta, pero podían cantar.
Sus conocimientos de lo ultrasensible le deparaban al bibliotecario aquellas experiencias. Cuando se ponían pesados los muertos vivientes y sentía que ya no podía más, subía cuesta de Reina Victoria arriba a ver a la Abamita o se daba un homenaje de cocidito madrileño con dos botellas de vino en el Tera. A los postres besaba el retrato del Jefe que llevaba en la cartera.
─Ah, si tú me dices ven, lo dejo todo.

XII


El bulevar en rampa de Reina Victoria cambió de nombre. Daría luego en llamarse Roca Tarpeya de Salamanca. Ya se sabe lo que naturaleza no da, nunca te lo presta Salamanca. Cuestión de másteres. Los másteres de Perico el de los Palotes que quiso ser presidente, sentarse de culo en Moncloa altos paramentos aunque haciendo trampa. Los tiempos de Donald Trump fueron una trampa cuando sonó la trompa de Eustaquio por la Casa Blanca. Un macarra neoyorquino se convirtió en el ser más poderoso de la tierra o al menos eso decían los periódicos. Escogió el camino corto, la vía rápida: afiliarse a la CIA y sus socios lo respaldaron. Antes le dieron la consigna que los generales de las divisiones acorazadas dan a los tanquistas: destruir y derruir, machacar, mentir, profanar, derribar escupir contra lo más sagrado.
─Perico, tú machaca todo lo que se ponga delante de la torre de tu tanqueta. Acaba con los españoles sin piedad, límpiate los mocos y el culo con la bandera de España y luego los trapos que te sobren los trae para acá.
─Yes, Sir
Y allá que se fue el obediente Pedrito cargado de masteres, arrastrando las chuletas de las páginas que copió con su cara de guapo. El enemigo no tenía que embarcarse en un nuevo Vietnam, los gringos son algo gallinas en cuanto empiezan a llegar féretros de soldados abatidos por el fuego del Vietcong. Bastaba un caballo de Troya para tal operación y darle el gobierno y ya todo el poder de destrucción en sus manos. España se acabó.
Por la avenida bajaba la manada. Eran los violadores en cuadrilla camino de los toros. Iban cantando el riairriau y  Gora san Fermín. A la vuelta sonarían las estrofas del “Pobre de mí”.
 Todos los días en Madrid es San Fermín y violan a una como en Pamplona esos putos sevillanos de la infame Manada, recua mogote y brazada de depredadores sexuales siendo el más conspicuo uno que llamaban el Prenda (menuda alhaja), el más aguerrido, el picha brava, el que la tenía más larga, una verdadera garduña de Sevilla. Cogieron a una pobre chica que venía de los toros de San Fermín la bajaron las bragas y allá en un portal mismo y haciendo un standing up se la pasaron por las armas… coito en cuadrilla, hubo un juicio y salió un rábula en defensa de los fementidos y dijo:
─Señorías, toda vez que la muchacha dijo no pero no fue un no firme, sólo con la boca pequeña, de modo que se transformó en sí, porque un no puede ser en tales casos un sí. Así que estas corte no puede juzgar sobre parvedad de materia ni afirmar lata sentencia que hubo estupro demostrable.
Hubo en el país una verdadera conmoción. Las Fem se lanzaron a la calle indignadas al amparo de la consigna: “un no es no y un sí es sí”. Cercaron la audiencia y tiraban los sostenes a los magistrados, se quitaban las bragas para arrojárselas a los fiscales a los hocicos. Gritaban consignas y decían:
─A por ellos. Les pasaremos la pluma por el pico.
 A todo esto, las reinas de las mañanas tuvieron afrecho de su duerno mediático durante muchos días y las anarosas y las susanasgrisos no paraban de darle al chisme de la propaganda. Los fulanos de la Manada se creyeron los reyes del mambo sentados como estaban en el trono de la gran publicidad. Esto formaba parte del plan conspiratorio y la Manada se convirtió en efecto llamada, en algo viral que atraía cual imán a las redes. Todos los días se mataba a una o se violaba y las anasgrisos y las susanasrosas con ello, relamidas de gusto, daban suelta al morbo en comidilla televisiva junto a la mesa camilla ¡Uy, qué horror! pero nunca lo tuvieron tan a huevo en su afán perentorio de fornicar sin concebir. Entró la vicepresidenta al trapo en defensa de las mujeres, pero la defensa de la ministra era todo un arrogante ataque a la mujer. Desdén en desguisa bajo su política de construir la imagen de mujer objeto separada de su función primordial que es la maternidad y la familia. Arije, conmovido y enternecido ante semejante zurriburri, oyó a uno que bajaba la cuesta pañuelo rojo al cuello y calzón blanco que gritaba:
─Señora ministra, su señoría tiene un culo muy prestoso y redondito. Habría que ponerla mirando para el Cristo los Faroles para pasar la tarde.
El mozo de san Fermín bajaba por la Calle la estafeta algo borracho y uno de los bueyes duendos que escotaba a la manada le colgó por los inhiestos de un de sus cuernos mortales dejándole con el culo al aire. Debajo de los calzoncillos ponía este epígrafe: “qué terrible lugar es este”. Pero se rehízo del varapalo y salió corriendo a no parar hasta llegar la Cuesta las Perdices. España era una roca Tarpeya, un derrumbadero feminista/ separatista con los de la Cope, los curas la Iglesia, el rey la reina, los alguacilillos actuando de convidados de piedra. Estábamos en plena campaña de alianza de civilizaciones, de augustas ceremonias, televisadas, palabras sin sentido. Gemíamos bajo el yugo, los cuernos de los cutrales llegaban hasta los adrales y las verónicas al pasar nos miraban compungidas a los pobres españoles al son del Tente que te unto.
 A la mesa se sentaban muchos capigorrones. Unos se creían supermen y otros se escondían aburridos sin hablar en un esconce, pero masticándose las tajadas otorgadas por el poder. Tú échame pan y llámame perro. Las estudiantes de Farmacia se asomaban a las ventanas de los colegios mayores en cueros y de esta guisa contemplaban el encierro. Arije se sentó en el primer peldaño del colegio mayor José Antonio, ─muchas memorias de su paso por las aulas en la juventud─, un edificio que tenía factura herreriana y recordaba a la gran mole escurialense para dejar pasar la procesión y contar las nubes.  El Prenda se la cascaba mientras se columpiaba en el árbol de la risa, se desgajó una rama, vino al suelo y se conoce que con el golpe se le rompieron algunos conductos venéreos y quedó castrado sin remisión, útil para servicios auxiliares. Algunos no escarmientan y se pasan de listos o de guarros
Era la hora de consultas en el clínico y los tranvías venían atestados de hombres y mujeres que acudían a ver qué tal andaban sus parientes hospitalizados. Sobre los setos de madera de boj que circunvalaba al gran caserón de la muerte en cuyas salas se peleó con tanto denuedo en la guerra civil, pasaba lista la Pelona hora sí hora no y la morgue no daba abasto para aguantar la lista de los fallecidos en la capital. En Madrid no quedaba un viejo. La pica es la reina de las armas, es la fuerza de la escuadra veinticinco palmos de largo por medio de ancho para herir sin ser herido. La Pelona no cesaba de ahincar banderolas sobre los setos del Clínico. La muerte siempre va por delante ganándonos la partida. Picas en Flandes, lista de óbitos ayer en Madrid. Todos acabamos en la trena, en el manicomio o en la casa socorro. Y todo en la vida es cárcel: la espina es cárcel de la rosa, la playa es cárcel del mar y el trigo es cárcel del pan, el alma, si existe, es cárcel del cuerpo, y así sucesivamente. Peto, espaldearas, escarcela, fálcate, brazales, manoplas celadas, caldas y corazas son un buen escudo del alabardero, pero toda la infantería perece cuando la muerte se empeña. Porque contra ella no caben maulas. Pese a todo, tenemos la obligación de ser dueños de nosotros mismos. Arije contaba las nubes mientras con el rabillo del ojo seguía a la turba de los violadores en cuadrilla que se perdieron de vista en un recodo de la plaza de Pio XII. Anarosa se puso en jarras delante del portal, pidiendo lo suyo:
▬ Quiero más. Dame más
▬ ¿No tuviste bastante? Pues vale ya.
▬Chavala, tú eres insaciable.
▬ Give me more. Give me more. I want it now.
▬Otro toro que este no vale. Pase el siguiente
Y esta era la lúbrica historia de los violadores en cuadrilla que jaleaban las prensas nacionales sin ningún pudor.
Él pensaba en Etsi, aquella novia que tuvo y le hacía el amor en el 600 sin llegar a más. Tonto que fui, pensaba para sus adentros, con las mujeres no valen medias tintas.
El arcabuz fue el arma más letal hasta que se inventó la bomba atómica fulminante y esparce un hongo de muerte al estallar. Carlos V el emperador se lamentaba de maldita la hora que a un chino se le ocurrió descubrir la pólvora. Ahora de allá nos viene la peste de Wuhan por comer murciélagos y de sodomizar gallos aunque lo más probable es que sea un engendro mortífero de la guerra química váyase usted a saber.
 El salitre, el azufre, el carbón y la mecha cargan de muerte a cualquier artefacto. Picos, palos y azadones. Suban todos a cobrar que llegó el administrador. El personal hacía cola ante los cajeros automáticos. Ya no había que acudir al banco para pasarse por caja. Bastaba con apretar un botón. ¡Qué cosas inventa el hombre blanco! Desde el año 89 todo ha cambiado para bien y para mal. El mundo es distinto así en Ciudad de Méjico la más populosa del globo como en Becerril de Campos donde no porta en invierno un alma. ¿El nuevo terror del milenario?

XIII




Lunas fuertes de enero cuando las gatas tienen celo y en las radiantes noches los árboles desnudos tiemblan bajo la helada. Había pasado las navidades en su tabuco acariciando sus recuerdos circundado de libros y de papeles. Le vino bien a su salud el ayuno pascual. Asistió a la misa de gallo por Internet que celebró el patriarca Cirilo de Todas las Rusias el adalid que luchaba contra las fuerzas oscuras. Aquella orgía de voces angelicales, iconostasios de marfil el Pantocrátor en lo alto de la cúpula, casullas recamadas y el diacono que cantaba:
— Xristós rasdaets piite i pklanite yevó (Cristo ha nacido venid en adoración)
La catedral de la Epifanía estaba inundada de caras guapas de hermosas rusas con velo blanco viejos creyentes y niños que recitaban los compases del Credo y del paternóster en eslavónico; todos se habían la letra y sabían lo que pronunciaban aguantando de pie las dos horas que duró el oficio. Liturgia triunfal que se refería a un mundo de belleza y de redención, el ceremonial rico y antiguo que se cumplía a rajatabla a las ordenes del presbítero puntero en mano que iba señalando las rúbricas a los oficiantes para leer y cantar los pasajes de las lecciones y de los himnos que habían de entonarse en fa bardón sincopado. Sintió Arije que Bizancio tenía la clave del legado evangélico y todo un contraste con las catequesis perroneras, los lugares comunes e incluso las herejías que pronunciaba ex cátedra desde Roma el Impostor. Y todo un contraste con la vida de aquellos días en España: atropellos de violadores en cuadrilla. Llegó la manada. En Andalucía pastos y cabildeos. La hora del consenso y de la rendición. Tres putas se desnudaron en la Plaza de San Pedro y aparecieron en los posts metiéndose un crucifijo por donde amargan los pepinos. Tiempos de profanación y desolación. Jerusalén desolada est, que cantó Jeremías. La Bestia utiliza a la serpiente disfrazada de mujer. Pigtail profería sus blasfemias de siempre, faroleaba, quería ponerse medallas:
 ▬ Los feministas follamos más y mejor que los de la derecha,
La palabra ultraderecha y fascista no se le caía de los labios a los de Youcan que se sentían amedrentados e impotentes ante Vox un movimiento que arrasaba. Mucho presumir de potencia sexual y seguro de que el miembro no se les ponía erecto para cubrir a las cabras locas del Contubernio Fem.
Arije no tenía que ver con la ultraderecha. Era un anarquista, un rebelde como lo fue Jesucristo contra el Sanedrín y se sentía satisfecho consigo mismo por haber dado testimonio, pero sus días los pasaba oculto en su esconce y las noches en blanco a causa del dolor de España que lo afligía. Después de salir de la cárcel por haber asesinado a la funcionaria roja (fue una lacra en su vida pero tenía demasiado temperamento) se refugio en el sotabanco de Majadahonda. Le había quedado una pequeña pensión, podía pagar la pensión el resto lo gastaba en tabaco y en libros en la cuesta Moyano. Nada sabía de su familia. Etsi había venido a verle dos veces a la cárcel, pero desde el año 92 no volvió a saber de ella. Asumía que había encontrado pareja.
Aquella mañana amaneció radiante. Los niños de Madrid había sacado a la calle sus camionetas, sus hombres araña y las muñecas que les trajeron los Reyes Magos. La Epifanía era una noche mágica. Ponía fin al misterio de las Doce Noches y Saturno dejaba de gobernar el mundo. Durante este intervalo ocurrían bajo el imperio del dios oscuro así conocían a Saturno los romanos y para aplacarlo celebraban las saturnales. Las doce noches venían marcadas por la tragedia de trifulcas en el hogar, asesinatos, borracheras, eclipses, pues el sol se ocultaba y no quería alumbrar la Tierra, terremotos e inundaciones, y sobre todo la melancolía que sentía el hombre ante el tiempo que pasa y la vida que se va. Este espíritu pagano había renacido en las sociedades antes llamadas cristianas. Había que ponerle a los pascueros y a papá Noel que se deslizaba por toda la Europa nevada en su trineo buena cara. Ho. Ho. Ho.
Pese a sus dolamas tanto espirituales como corporales se sentía contento. Había llegado la hora de romper el ayuno. Se fue a comer al Julifer. Allí todo seguía igual que hacía diez años. El Analecto en la barra y la Abamita en su chiscón la cual al verle llegar le hizo esta salutación:
—Coño, yo creía que te habías muerto.
No supo qué decir ante tal insolencia. Pidió lentejas, gachopo y una botella de vino. De postre arroz con leche y un chispacito de coñac.
Había tres o cuatro individuos en la barra discutiendo acaloradamente sobre la derrota del Madrid ante el Alavés. Nadie hablaba de política. Abandonó el local satisfecho y por aquel dicho de que de la panza sale la danza recuperó su buen humor, pero ya en el autobús camino de casa empezó a sentirse mal. Le daban arcadas y ganas de vomitar. Se le puso cara de luna de enero.
En la parada final se acurrucó en un banco.
— ¿Se encuentra usted mal, señor?
—Si llamen a una ambulancia. Me muero.
Llegó una ambulancia y Arije fue conducido de inmediato a urgencias. Allí perdió la consciencia. Cuando despertó estaba en el quirófano de Puerta de Hierro rodeado de tubos de mascarillas y de electrodos, enchufado a una maquina todo su cuerpo. La medico una muchacha joven se acercó:
 — ¿Qué comió usted hoy?
—Lentejas y cachopo, algo de vino y un poco de aguardiente.
— ¿Dónde?
—En un bar regentado por amigos míos
—Señor, pues en las lentejas le colaron belladona ¿No se dio cuenta? Es un veneno que puede causar la muerte, pero al parecer es usted hombre de complexión fuerte.
—No. Las lentejas estaban buenísimas.
—Le hemos hecho un lavado de estomago. Creo que se recuperará. No obstante, quedarán secuelas.
Arije no maldijo a los que le quisieron envenenar. Lo aceptó como castigo por sus pecados y un aviso del cielo para no volver a pisar nunca un chigre, tabernas, o fondas sin homologar. Dios le había salvado de las garras de Erifos y de la Leónides. Otra vez la Divina Misericordia estuvo de su parte. Aunque tampoco hay que fiarse de las fuertes lunas de enero cuando las gatas entran en celo.

XIV
Dio gracias a Adonai por haber salido con bien del intento de envenenamiento en el mesón de la Puñalada. Un signo. Hay que mirar a las estrellas donde se inscribe nuestro destino en busca de señales. Los dioses mandan desde el firmamento un aviso. Y, ya con el alta médica en el bolsillo, al abandonar el hospital enclavado en los cerros de Majadahonda se veía la sierra cubierta de un manto níveo bajo los arcos del austero monumento a Mota y Marín, aquellos dos valientes rumanos, voluntarios de la Guardia de Hierro, que dieron su vida por España allí en aquellos recuestos por donde Madrid se urbaniza y dejó de ser campo. De modo que volvió a su casa que estaba a unas manzanas del centro médico, respirando hondo y pisando fuerte ufano de haber sobrevivido. La internista asturiana le hizo una transfusión de sangre con un fármaco antídoto de neutralización de la belladona.  El Analecto y la Abamita vaya un par de cabrones quisieron darle el pasaporte. Que se jodan. Entre potas pucheros anda el Señor, pero también se esconden los asesinos. Así y todo, estaba muy dolorido y quemado por dentro.
Les hubiera pegado a los dos un tiro, si no hubiese temido a volver a la cárcel.
En su esconce todo seguía igual. Un cuadro del Arcángel san Miguel le saludó bajo la puerta. Vuelve a casa, pan perdido. En la calle, la rutina de siempre, los mismos ruidos. Allí le aguardaban sus libros de rezos, sus estampas de vírgenes y sus rosarios colgados de la pared y las linternas y palmatorias para alumbrarse de noche. Había meses que le cortaban la luz por falta de pago y estos hachones magnéticos le hacían buen servicio, cuando se iba la corriente.
Uno de los rosarios era enorme medía dos metros y los dieces enjaretados en un cordel de esparto los cinco misterios con los cinco gloriapatris rematando en una cruz fabricada con la roña de la corteza de un pino santo que talaron para ayudar a los creyentes en la devoción de santo Domingo los jerónimos del Parral de Segovia, carpinteros a lo divino que hacían bancos y cruces para las parroquias. Pero esta sarta piadosa tenía cierto valor histórico porque había pertenecido a Sor María de Agreda y a Gumersindo Manahén Arije le inspiraba gran devoción esta mística doctora que escribió más de veinte tomos sobre la Virgen y los escribió de rodillas. Fue muy conocida en el siglo XVII por sus deliquios, levitaciones y éxtasis místicos, ya que, supuestamente, había recibido del Altísimo el don de la bilocación.
Mediante dicha gracia ayudó y consoló en sus noches tristes a los misioneros de Nueva España, mientras la priora de Ágreda en alma oraba sentada en el coro de su convento su cuerpo era transportado por los ángeles al Nuevo Mundo. Testigos presenciales la vieron bautizar a los indios de Guanajuato y gracias a sus dotes los mexicanos conocieron las doctrinas de Jesucristo. Fue a visitarla el rey Felipe IV a su regreso de su triunfal campaña en las guerras de Cataluña fue aplastada la rebelión de los barceloneses levantiscos y la monja y el rey se hicieron amigos. Es copiosa la correspondencia que se conserva de las cartas entre el monasterio y Palacio. En ellas sor María amonestaba con dolor, pero sin acrimonia al monarca por sus excesos y amorosos desvaríos. Felipe IV tuvo fama de mujeriego. No paraba de sofaldar damas de la corte e incluso aguadoras de Madrid y actrices tan famosas como la Calderona. No se paraba en barras y a veces profanaba el sagrado recinto de los beaterios tan abundantes por aquel entonces en la capital del reino:
─Eso que su merced realiza, Majestad, no sólo ofende a Dios y le conduce al infierno también está muy feo─ le reconvenía la madre superiora de las concepcionistas de Agreda.
─Ya lo sé, reverenda madre, pero no puedo. No puedo.
El cuarto de los Felipes, decía el doctor Marañón, tenía una libido desbocada, era insaciable. Si hubiese sido reina hubiera padecido de furor uterino.
En todo caso su sensualidad se parecía a las de las mujeres. Era insaciable. Sus biógrafos no ocultan que llenó el reino de bastardos. Engendró a más de de setenta hijos naturales y hasta podría ser que llegara a tirarle los tejos a sor María que era bastante guapa pero no consta porque era una santa y devolvió, escandalizada, los billetes enamorados que el rey le mandaba hablándole muy seriamente de las penas del infierno y del cruel destino reservado a los concupiscentes en las Calderas de Pedro Botero.
A don Gumersindo le hacían reír estas cosillas. Pensaba que el catolicismo en su rama conversa está obsesionado con las llamas infernales y con el sexo, pero él ya no era joven para escandalizarse por tales asuntillos. Mirando las cosas con cierta distancia y sin apasionamiento, la misión de los reyes es engendrar muchachos y la obligación de las reinas parirlos. Ardua tarea, porque muchas de aquellas pobres y tristes reinas morían de sobreparto y no alcanzaban la edad provecta. De este peligro nos advierte una visita al pudridero del Escorial donde se amontonan las sepulturas de recién nacidos, pero España y yo somos ansí, señora. Que quieren vuescerdes que yo haga. El rey Felipe no lo podía remediar trigger happy de bragueta, pero nunca probaba el vino, le atraía la caza (conejos de las dos clases…) y tenía un gusto exquisito por la pintura. San Antón la gallina pon y hasta san Antón pascuas son. El padre Ángel estaba solemne y más orondo con un ocho que no le cabía un piñón por culo bendiciendo a los burros, los perros y gatos del todo Madrid. Abrió las puertas del templo en la calle Hortaleza a los nobles brutos. Dios le perdone, porque ese clérigo asturiano culo de mal asiento que tiene un sexto sentido para sacarle la pasta a los famosos desconoce que a las fieras no les está permitido pisar sagrado y un día de San Antón yo vi a un gran danés tan enorme como un oso andar por la predela del templo, lo que llamaban iconostasio los antiguos y los nuevos antealtar, olisquear las vinajeras de la credencia en el altar mayor. El perrazo entre gruñidos y ladridos se puso a cantar la epístola de la misa del día para los desamparados de Madrid. Su aspecto era feroz como el de un Rotweiler. Creo que aquel bicho era la vera efigie del diablo que se le había colado al padre Ángel entre los vuelos de sus sotanas, ínfulas animalistas y buenismo a todo pasto, pero no vamos ahora a sacar las cosas de quicio.


XV

Arroaban los jabalíes, crotoraban las cigüeñas, crascitaban los cuervos, relinchaban los caballos, mugían las vacas croaban las ranas mallaba la gata del Roxiu, cantaban los canarios, gruñías el puerco, silababa el búho, la coruja tocaba a clamor con sus tristes alaridos en la noche, cacareaba la gallina, ladraban los canes de Zurita, pocos y mal avenidos, pero lo peor de todo era escuchar el aullido del lobo en las noches de enero. El peor enemigo no es la fiera que te muestra los dientes o escuchar al león rugir ante tu ventana sino el vecino que te pasa la mano por la espalda. Los borregueros de Turégano se han echado al monte con sus borregos y Argüeso es un divieso en carne viva. ¿Estos son tus amigos curillas? Pues mira cómo te maltratan. Con tales amigos para qué coños quieres enemigos, Villeguillo Todos sienten hacia vos rencor y omecillo. La ira no se les cura. Son los heraldos de la envidia en el gran rebaño de pícaros. El tuerto de Intereconomía devanaba historias increíbles. Quería ser el primero. Me lo pido y lo mismo hacían Colifias (el que preparaba la comida a los atletas) y otros autores carentes de ingenio. Explotaban el filón. Franco era una mina. Tenían que eliminar al otro para que no les hiciese sombra y abrirse brecha a codazos. Ya decía don Miguel que vivimos en un país de rencores, pero ese toro de Intereconomía no es un miura, sino un bull de los de Rockefeller. No te fíes mucho de ese del pelo blanco que va a lo suyo, va a lo suyo. Él y el tuerto pretenden ser los defensores de España pero su afán es enriquecerse. A derecha e izquierda se alzan los farallones derruidos de la patria mía. Tú sigue tu ruta, no hagas caso. La chati del Pigtail se limpiaba el coño con una teja y ahora tiene en su reserva papeles higiénicos perfumados, vive en una dacha de Galapagar. Buena carrera lleva, era cajera de un supermercado y la han hecho ministra, son milagros de la CIA por ser esposa del Pigtail rabo de gorrino. Adiós Vallecas. Ellos defienden al obrero… de lejos. La política se ha inventado en España para chupar imagen, henchir los bolsillos, discursear y pedorrear. ¡Pécoras! Arrúan los jabalíes ya digo. El Anacleto y la farota de la Leo abrían la puerta del infierno a los clientes mojándoles el café con leche de DDT. En una jaula de su esconce tenía nuestro protagonista un jilguero enjaulado al que llamaba “Caruso”. Se pasaba las mañanas al sol de enero trinando partituras de ópera con lo que daba gloria a Dios y dejaba el alma satisfecha de su amo que al oír salmodiar a Caruso se olvidaban de cuando le clavó la navaja a la archivera. Fue un golpe seco y cortante. Toma para que no te rías de mí. Dejarás de batir tortillas con tu coima, escupir sobre mis vírgenes y arrancar los dieces de mi rosario. ¿Por qué te manchaste las manos de sangre, Manahén? Lo hice en defensa propia. Conmigo no se juega. Alguien tenía que cortarles las alas a los buitres de You Can y a todos esos canes y perros perdigueros del amo supremo. El bueno de Arije le hizo la tonsura al Coletas. Ese tío le daba cien patadas en la barriga y su chati le ponía nervioso cuando iba con los cartapacios de tareas bajo el brazo caminando por las alfombras del Salón de los Pasos Perdidos. Los apuntes de Facultad se habían convertido en papeles de gobierno. Marxistas de salón. La prensa del duerno gustaba de comparar a los de Podemos con los de Venezuela. La archivera quedó yerta en medio de un pequeño charco de sangre tras un breve pataleo  de acelerada agonía se cagó por la pata abajo a la hora de expirar. Arije fue certero. Se demostró que era tan bueno con la pluma como con la navaja. Zas.
Un golpe de guasca y para el otro barrio
Zas.. La Gertrudis Peñainfiel Olombrada voló a la eternidad. Al cielo no. Seguramente que la pasaporte a los infiernos donde batiría tortillas con su coima. Estaba en pecado mortal. Esa tía que la llamaba por teléfono a la oficina no se cansaba de alabar sus habilidades digitales. Ay que me corro de gusto, reina, con solo oírte hablar. Cumplí cadena, se hizo justicia y ya estoy a bien con la sociedad, pero seguía arruando el gocho salvaje. Venían en manada por todo el valle de Talamanca, cruzaban los desmontes de Valdepielagos y Torrelaguna y no paraban de corretear al trote cochinero hasta Vaciamadrid. Se detenían ante el antiguo parador, hozaban por las caballerizas y muchos deportistas que hacían footing por los resayos de Moncloa vieron a piaras de estos suridos, animales impuros, y no precisamente de compañía.
A veces se atrevían incluso a gulusmear entre los contendores de basura. Se habían convertido en plaga. El abandono de la agricultura en Castilla había determinado el regreso de la fauna salvaje. Era una tarde apacible y él caminaba en compañía de sus recuerdos por la parte central del bulevar de Reina Victoria. El sol se hundía por la hucha del horizonte irradiando un haz de irradiaciones portentosas. Entonces se dio cuenta de una cosa: lo bello que es vivir. Al poco rato, cuando el sol se puso, el firmamento era una verbena de estrellas filantes. Desde el banco donde estaba sentado pues le había entrado fatiga veía entrar y salir a la clientela del Julifer. La Abamita mujer farota y poco contemplativa había envenenado aquella tarde a otros tres borrachos más. La policía los encontró pajaritos cerca del nido de los cisnes aguas abajo del Manzanares. Eran emigrantes albanos. La torionda Gertrudis voló a la eternidad. Al cielo no. Seguramente que la pasaporte a los infiernos. Estaba en pecado mortal. Esa tía que la llamaba por teléfono a la oficina no se cansaba de alabar sus habilidades digitales.
XVI
Llegó a casa desaforado, sintiendo el aliento de los alanos de San Antón que ladraban en clave oenejé azupados el padre Ángel aquel cura trabucaire asturiano. Canes en la iglesia mala cosa. Es como decir vienen sastres, al infierno vamos y en la lúcida mañana de invierno sacó, ganado su esconce, refugio de sus libros, radios y rosarios, la petaca, atascó la pipa, hirvió café en el infiernillo; aquella infusión le sentaba bien para aplacar su conciencia y mitigar el hambre que siempre padecía, prendió la cachimba que era su mejor amiga en tiempos de desolación. El cimbel y zumbel, la peonza de las añoranzas, daba vueltas, girando sin parar, se acordó de su amigo. Nilo que acababa de tirarse al tren. Nilo escritor en tiempos infaustos del reinado del Rey Borracho al que sucedió su hijo Tontolinón XXIII al que llamaban medallas pues sólo exhibía su borbónico valor en los desfiles y besamanos había acumulado una intensa fortuna y contrajo nupcias con una asturiana pinturera.
Le había legado sus cuadernos, varias novelas impresas a ciclostil. Nilo, inédito, literato sin suerte pero con harto talento, se equivocó de época. Arije guardaba en los altillos del chiscón de Majadahonda las obras de su amigo. Las publicaría algún día si tuviese dinero. Lo haría. Aguardaría ilusionado la llegada de los paquetes que le enviaba la editorial contra reembolso, iría por las librerías mendigando un huequecillo en el escaparate. Los libreros los pobres que estaban muy alcanzados porque los Mandiles no prohibieron la censura pero se empeñaban en poner astillas en el radio de las ruedas  de Baodicea, diosa del transporte espiritual, de los autores nuevos aquí sólo escribe el que yo diga y sólo editará el del pensamiento correcto. El esquema de acabar con la rica, maravillosa y sufrida historia de la literatura española sólo entraban en tórculos autores ingleses y norteamericanos, formaba parte del proyecto de destrucción de España. Querían degollar su cultura y trucidar sus sueños. Nilo Popín admirador de Francisco de Quevedo se suicidó amargado de verse obligado a comerse las ediciones de sus obras. En las librerías le rechazaban sus textos por no tener distribuidor. La luz de enero se colaba por el montante. De allí llegaba el ruido de la calle. Majadahonda se había convertido en una ciudad populosa arrabal de Madrid. Las tenadas de los pastores de la Mesta que venían de tierra Segovia dieron paso a la avalancha de constructores del Real State. Surgieron como hongos las urbanizaciones de adosados. ¡Pobre Propinas! Hacía causa común con él, ¡mira que tirarse al tren! En su memoria encendió la cachimba y sentado en el sofá destartalado al lado de la chimenea comenzó a leer un capítulo de la novela de su amigo. No era un libro del Reverte ni de la Hija del Yale el que tiró a su mujer por la ventana en Toledo ni uno de esos autores insulsos introducidos a machote y a barrisco en la lista de los más vendidos. Su difunto amigo escribía en tenor de los clásicos comprometido con su tiempo; 
"Don Nilo el hombre, librero de lance, un santo varón, un justo de Israel, amor en tiempos revueltos (ya ha vuelto a salir la frase hecha) desde que lo suspendieron de empleo y sueldo porque, condenado a galeras, le pusieron de compañero de terna a un marica, y pederasta, erudito muy ilustre de la ciudad de Burgos, conversación amena pero que tenía una debilidad imperdonable por el culo de los niños inocentes y don Nilo el hombre viéndose condenado no hacía otra cosa que lamentarse de su mala suerte y echaba pestes contra la Organización pero ésta era un muro infranqueable hasta que un día le pegó un meneo a su compañero de filas y lo estampó contra la pared al conjuro de la frase típica: menos montar en globo y dado por el ano pues no soy Olano todo lo que quieras. Le llamaron a capítulo, lo empapelaron y le dijeron aquella frase terrible de “mañana no vengas”. Él le explicó al Inspector General que trabajar con don Palamón, que era como se llamaba el bibliotecario era misión imposible que no se la deseaba ni a su peor enemigo. Con decir, mire usted, que tengo que entrar en mi sección cara atrás, como iban los ajusticiados de la Inquisición a horcajadas de un asno y mirando para Toledo. Y con las dos manos guardando las posaderas, ya le digo todo lo que le tengo que decir, señor Inspector general. Pero el mandamás puso orejas de mercader, se pasaba sus reclamos por los mismísimos, y eso que conservaba fama de ser lenible y no mala persona, que si llega a serlo... Le dieron la absoluta.
Ahora ¿qué hago?, preguntóse a sí mismo. Pues vender libros, hacerme librero de lance e irme por ahí por los mercadillos con mi camioneta, se dijo don Nilo, resolutivo. Leer, escribir, soñar era lo que más le gustaba. Vivía en una nube pero de menos nos hizo Dios. Escogió la plaza del Arrabal de Arévalo como centro de operaciones y allí que se plantaba cada martes con su vehículo, montaba el tenderete y se instalaba al lado de un banco. Venían pocos clientes. Había traído un taburete y allí se sentaba con los tratantes, con los pegujaleros de Martín Muñoz de las Posadas, que venían rebosantes las artolas de sus burros de lechugas, berzas y tomates, a vender género de la rica huerta; con los labradores ricos marañeros, a los que decía que el Arrabal fue plaza famosa donde tuvieron el punto otrora perailes, licenciados de Flandes y pícaros. Como el Potro de Córdoba, el Perchel malagueño, las gradas de San Felipe en Madrid, el Azoguejo etc. Estas plazas españolas tan esplendidas tan aseadas, enmarcadas en soportales, fueron coso de la filosofía, albergue del espionaje, descansadero y punto de acogida de la picaresca y centro de operaciones de la gente del bronce, pero también de hidalgos honrados que planeaban su viaje a las Indias. Hablaban de mujeres, de trigos, de cosechas y otras noticias por ejemplo de quien había fallecido aquella semana, un crimen truculento como el del alimañero que mató a un dentista un día que regresó al hogar y encontró a la mujer con otro. Por aquellos corrillos pasaba la vida cada martes, el revólver de los ciclos, el girar de las estaciones por el círculo del sol, que cambiaba los rostros y  dejaba en el alma arrugas de viejas heridas, pasaban los años mudaban las épocas. Eran gente del común, sangre municipal y espesa a la sombra de la torre de la iglesia en cuya cúpula  se empinaba un Sagrado Corazón de Jesús de escayola. Corazón Santo Tú reinarás.... El reloj de sol empotrado en gran hastial cónico del paramento de la iglesia de Santo Domingo debajo tenía un letrero que decía:
Tempus fugit
Sonaban las campanadas del mediodía en el carillón. La campana anunciaba con su vozarrón noble que espantaba a las palomas y a los vencejos revoloteando por las socarrenas del muro la hora del Ángelus. Los paisanos que andaban abajo hablando de sus cosas y haciendo tratos por los corrillos se quitaban la gorra en señal de respeto y se quedaban mirando para lo alto del campanario donde extendía sus brazos el Cristo. Mediodía la hora que come el papa. Vayamos a tomar un chato en Casa Pinilla. Eso está hecho, hombre. Todo como en la edad media. Arévalo es católico, noble y sentimental (la plaza se ganó a los moros sin combate en un torneo a primera sangre entre don Bernardo Serantes y el rey Abdelaziz) y pienso que cree en Dios, aunque no lo haya visto nunca porque fe es creer lo que no vimos. Don Nilo se levantaba de la tajuela que compró como regalo de caridad a los locos de Quitapesares que luchaban las acometidas de sus paranoias con trabajos manuales, miraba para el cielo sumido en un respeto reverendo para luego seguir la lectura de su autor favorito don Francisco de Quevedo y Villegas, El Grande, y se metía en otro mundo arrollado por la cadencia de su prosa.
Por la puerta de Santo Domingo (Dios le perdone a don Nilo) vio en ese momento a un teatino salir dando voces. Vaya por Dios pues las gracias y desgracias del ojo del culo escritas por Juan Lamas el del Camisón Cagado y dedicadas a doña Juana Mucha Montón de Carne las firmó el poeta en un momento de inspiración y editadas por un maestro ocultista: Daniel Lebrato, y trata de algo tan humano como son las ventosidades porque si no cagas te mueres y si no te pees no estás a gusto. Caga el rey, caga el pato, caga el águila, y caga el mulo, que según, come el mulo así caga el culo, una verdad por antonomasia. Peyose  Colasa, que suele hacerlo a lo bajini, atufando toda la casa. Nueve orificios hay en el cuerpo humano y los nueve dimanan, o echan flujo sobre todo en las mujeres que son sólo cañerías (vista, oído, olfato, el agujero por delante y el agujero de las tripa cagalar, imbornal de los grandes desagües; estos dos últimos son singulares, los tres primeros van en pareja y todos al de por junto empalman como el último de los sentidos, el que posterior muere, que es del tacto) aunque hay algunos que afirman la existencia de un décimo el flogístico, el que llaman ojo de Ra. Ojo de Dios con el que los imagineros paleocristianos representaban a la primera persona de la Trinidad con forma de triángulo. Mas, no entremos en teologías que la liamos. Pulso de mi lira la más sublime cuerda canto a la mierda.
 Según don Francisco los más importantes pero muy pecadores son los de la frente el ojo del culo es el más inocente y por él poco se peca, aunque a los de la cáscara les sea puerta del vicio nefando, locus horribilis. Que de los placeres sin pecar, mear y cagar. Sí, caga alegre, caga contento, pero caga adentro. Y la mujer que un pedo suelta no puede ser sino desenvuelta. Ese lugar por donde no daba el sol hasta que llegaron los nudistas es redondo y bien trabado: un círculo perfecto de la naturaleza donde caben todos los signos del zodiaco y aunque no es tan claro como los de la cara tiene más hechura… lo tenemos tan guardado pringado entre dos murallas y amortajado en una camisa, envuelto en pañales y calzoncillos. O envainado entre dos greguescos que cuelgan como dos falderillos, avahado en una capa que por ser usted dijo:” béseme vuesa merced por donde no da el sol y amargan los pepinos”.
 Sin su reverencia no se puede vivir porque no cabe la posibilidad de un ojo del culo que sea tuerto todos miran hacia lo profundo del cuerpo del que expulsan cuanta sobra. Eso sí; es poderosísimo porque ha muerto muchachos y marchitado yerbas. Es paciente y serenísimo, jamás se inmuta, aunque a veces lo agobie el picor de almorranas y otorga un placer de los que no suelen desamistarse con ninguno de los diez mandamientos, pues no hay gusto más descansado que después de haber cagado. Por eso cantan muchas coplas cuando desembuchan o leen un libro, cuando van a la letrina  ya que el tiempo de cagar es hora plácida. Es docto y filósofo amparo de soledades porque se nace, se muere y se caga solo, es tarea en la que nadie te ayuda. Y el buey suelto aunque a él con la lengua no puede llegarse a no ser que seas malabarista. La mayor parte de los cristianos, moros y judíos se lo alcanzan con una teja o con la hoja de un periódico español de ahora mismo que sólo valen para cumplir la noble tarea de limpiarse sus miserias, cada uno con los artículos de la prensa sural.
Le cumplen nombres infinitos, llámenlo trasero porque siempre va en retaguardia. Es la popa del barco que sufre las inclemencias e injusticias de los temporales ayudando a la navegación de proa y dando a la barca de san Pedro cierta estabilidad. Los dómines latinos dieronle el título de antífonas por oficiarse siempre al cantar de dos chantres porque juega a pares y nones entre las nalgas. Le dicen trancallo los asturianos porque es el portillo que tranca y abre la puerta de los mojones y también manojo de llaves por lo redondo de su forma.
 ¿Hay quien puje?
 Tráigame el bacín, vuesa merced.
¿No hay quien dé más?
Sí, don Artur Mas al que la boca se la hizo un fraile.
Pues que se meta las pesetas por ahí el muy avaricioso y cretino cabalino.
Son provechosos sus mojones. Lo que excreta nos sirve de abono y luego de alimento, en la naturaleza nada se crea ni se destruye sólo se transforma como la energía. Y como el pedo suele ser cosa alegre que sirve de risa y pasatiempo. El culo no suele meterse con nadie, pero recibe demasiados azotes y descargas y en ciertos bares de Malasaña hay que entrar con clípeo en el salvohonor pues ese ojo acullá suscita miradas lascivas.
Julio Cesar el emperador era aficionado a las peleas de gallos y hacía durante el transcurso de las mismas, concursos de pedorros. A ver quién pee mejor. El que más fuerte atronase se llevaba una corona de laurel y cien denarios. Al Cesar tales competiciones le divertían muchísimo.
Compañero es del amor porque hasta que dos no hayan peído sobre un mismo colchón no se tiene por seguro que haya habido coyunda ni amancebamiento en comisión. También declara amistad porque con pedos los señores suelen divertir a los amigos. Se dice por ejemplo que “soltó un preso e hizo al culo alcalde”. De ahí le viene el nombre de alfaneque de las tripas y redentor de gases cautivos. Fuesele una pluma, irse de bastos, marchó sin decir adiós; el señor de Argamasilla cuando sale chilla. Quien se ha peido que huele a tocino quien se ha cagado que huele a bacalado. Tú por tú que fuiste tú.
Tirarse un cuesco es asimismo voz aceptada y muy extendida por seminarios y conventos. Nadie sabe el por qué se confunden las ventosidades de los mamíferos la burra de mi abuelo también se peía con el fruto de los vegetales. Será por lo rotundos y la morfología esferoide de la tripa cagalar; esto es el ano. No vayamos a confundir el culo con las témporas"

A la vista de estos textos, cuya lectura suscita tristeza y algazara, se ve que mi amigo era ingenioso. No le acompañó al hombre fortuna. El pobre Nilo escritor y periodista segoviano que en paz descanse no tuvo fortuna en la ardua carrera de las letras y no lo hacía mal. Sólo que le cayó aquella malaventura que enuncia la Celestina "fortuna te dé Dios, hijo, que el saber no te hace falta". El Propinas tuvo a los dioses en contra. Había vivido en Gran Bretaña en los locos años sesenta donde había tenido sus aventuras y locuras sexuales y regresó a España tratando de abrirse camino en el bosque encantado de las musas. Es una selva más tupida e impenetrable que la del Amazonas. Le ahogaron las lianas de la desdicha. No fue profeta en su tierra y, pese a lo deslavazado e impenetrable de sus escritos, acertó en su diagnóstico de los males patrios. Había comparado el movimiento Nazi Feminista con el Apocalipsis y estas malditas mujeres del vientre seco y del odio campaban por sus respetos. La Dobermana andaluza rubia de bote y chocho morenote no dejaba de apretar sus recias mandíbulas de perra con prognatismo contra el partido españolista. ¿Perra o zorra? En cualquier caso, la zorra no se resistía a abandonar su madriguera. Andalucía era un nido de víboras donde oda corrupción tenía su asiento. Habían perdido las elecciones los de Susanita pero se echaron al monte. He aquí lo que decía mi difunto colega allá por el año 78:
 Tras las conmociones del viernes de Dolores – las profecías empezaron a cumplirse en los meses que aguardan a la gran traición- ojos claros pero turbios se despacha a sus anchas en sus instintos e institutos de venganza (give me more). Calixta la novia que tuvo neozelandesa con su cara de kiwui y su voz atiplada de cupletista pelirroja le gritaba aquella frase imponente. Moisés bajó del Sinaí con las tablas de la ley en mano, y yo sólo soy un pobre mortal,  mientras hacían el amor en la escullera de su piso con derecho a cocina junto a la estación de metro de Earls Court en Londres. Oh Emiliano dame más. Me he quedado sin tralla “Me dejaste a buenas noches”. Calixta criticaba la forma inconsiderada que tenía Emilio de joder y sus carnes que parecía Cantinflas; tampoco eran de su agrado los pantalones. Se había comprad en las rebajas en Marks&Spencer. Le daban un aspecto payasil, muy holgados de cintura y desde entonces le puso  el mote  de Emiliano Pantalones. Eran grises como la luz de atardecer que iluminaba su cobertizo de soltero en la calle Jardín de las Flores  entre Fulham y la Vieja Brompton Road. Tenía yo ganas de huir y me uní al gran corro de la desbandada.
Me producía una cierta tristeza. Ya vendrán predicas incriminatorias, precitas instancias. El personal no quiere saber nada de nadie ni de nada. No me cuente usted su vida y en ese grado de insolidaridad estamos llegando a los tiempos del 36, cuando los madrileños en aquel otoño sangriento se paseaban por la Avenida del Quince y Medio (Gran Vía) donde la zona de una de las aceras, la de Telefónica, estaba batida por los obuses nacionales. Los viandantes madrileños eufóricos de humor negro iban con un cartel en la solapa que decía: no me cuente Vd. su vida,  que es muy triste, ya me la sé. El amor en tiempos de cólera que dijo un cursi pero yo voy a lo mío. Me siento al volante y tira millas. Venga radiales, duro que te pego horizontes, el encintado de la carretera interminable, conducimos pisando raya continúa. ¿Te motiva? Es el cansancio aquel que te afligía como cuando viajabas desde Essex a Yorkshire, 180 millas en la A1 en tu mini de color rojo. Parabas a tomar un café en un Vimpi y a hacer pis. Cuando un pueblo es marrano, eso queda muy consignado en los servicios de las fondas en el camino real. Y los ingleses son unos cochinos, pero los franceses lo son aun más y los portugueses para de contar. Todo el país es como si le olieran los pies. Huele a Fátima y a milagro. A melancólicas cuerdas de fado. Ciertamente la tristeza tiene color… no puedo hablar… no me entienden, acaso sea muda. No me cuente su vida, oiga. Que es muy triste, no venirme con milongas. Llevamos unos cuantos años con las brigadas del amanecer haciendo de las suyas y no es el cartero que viene a traernos un giro o una carta certificada sino el polizonte o el comisario que llega a ponernos una denuncia y nos ruega, velis nolis, acompáñame amos anda... no me cuentes tu vida ya me la sé… pero tú que te has creído... prédicas infernales... ese doctor de las mañanas de la tele que debe ser del Opus pues lleva años y años en antena no para de hablar de cáncer... hazte el encontradizo o el advenedizo que tú no te enteras, coño, que ellos piensen lo que les dé la gana... tantán.. ¿Quién? Abra. Un registro. ¿Es usted fulanito de tal? yo soy Domingo García Sabell el jefe. Tenga la bondad de acompañarnos. Aguarde que me ataco los pantalones. ¿Puedo ir al baño? Pues tendrá que hacérselo por el camino. Puro trámite. El del mosquetón que te observa por la mirilla del mingitorio mientras que tú evacuas tu vejiga. Una triste saca. Un maldito paseo a la madrugada. Billete de ida al reino del irás y no volverás. De los sencillos y de los torpes es el reino de los cielos. Esa facultativa de ojos claros y el culo gordo que archiva su ira y se pasa el día entero zampándose tabletas de chocolate me pone, la haría un hijo si se abre de sus tiernas y rollizas piernas. Por eso el culo se le ha puesto como un balón. ¿Qué decía vuesa mercé?  Reñidas oposiciones, la vida combate es, y hoy tocan a fajina. El corazón amante ojos bajos y el coño palpitante. Caballero a sus manos y señora a sus pies. Escucho en la distancia el largo pitido del tren. Pican al timbre una madrugada de aquel verano en un inmueble de la Red de San Luis y ya digo no es el lechero. Nos devoramos unos a otros. Nos fanatizamos y nos devoramos con tanta furia incivil. Un hostión al Pigtail no le ven dría mal. Quedarían corridos todos sus postores y mentores de la gran masonería impostora. Han dejado los periféricos dominantes la patria hecha una mierda. Pues cuidado que es feo el tío. Can you? O no, youcannot. Fotos trágicas, el máuser en alto. El mono azul, fusil al hombro, y la camisa postinera… tendremos que volver a ir a la guerra… recogen mal los abultamientos de los senos de aquella bella miliciana y un falangista en la cárcel de san Antón se le escapó un piropo a la vista de su verduga: niña, te quiero tanto que contigo de piquete no me va importar que me fusilen en el paredón al amanecer, será una muerte dulce. Subían hacia Cibeles desde el palacio de Buenavista y de Gobernación las camionetas del ejército de la Verdad. Un comisario se llamaba Dapena y nos van a liquidar igual que conejos en la cárcel de la Mentira. Fue el que dijo: éste sobra; pues sí, sobra; claro que sí. Ya digo te lo digo y te lo repito. Lo malo es que había mucho más jefes que indios y los que maulaban y soliloquiaban que ya no se les pone gorda y en el frente de Brunete no daban bromuro, tampoco en la Casa Campo. En los tiempos de la gran duquesa leonesa yo me lo monto con la señora Marquesa, ale. 
La Política no interesa y el que escribió el estatuto prostituto se da aires de compinche y fuego fatuo. You dont tell me fibs. Pero si eso es el placer de contra en eso precisamente está el misterio y la maula. Mañana es domingo de Ramos y arranco para Segovia de estampida. Mis huidas y mis circunvoluciones tienen bastante miga. El skyline de la ciudad donde yo nací me tranquiliza, pero no es para ponerse sentimentales, sino para precaverse. Nadie es profeta en su tierra. Tengo concertada una reunión con los Pipis. Ya vamos cumpliendo años. El programa es el canto del Veni Creator y la Salve ante el altar de Nuestra Señora, luego una comida de hermandad y después un rompan filas. Soplen y marchen. Está buena una copita de ojén bebida en compañía.
¿Vienes pa muchos días?
─Sólo a las procesiones, Fuencisla.
Las hermandades, los cristos rotos, el entierro de los gascones, la torre de san Justo proyectando su sombra en viernes santo contra la luna, el rumor lejano de las aguas del Rasemir, el bamboleo de los pasos, un cirio que arde y otro que se apaga al penetrar en la zona de corrientes del azoguejo que nosotros denominábamos el arbolejo y al decirlo parecía nos dieran azogue, porque nos entraban las prisas. No es lo mismo decirlo como verlo. El diablo que aparece a lo lejos con su tridente. La banda del regimiento marca el paso y los gastadores estallan sus botas contra el cemento de la calle. Alguien con voz de borracho se arranca por una saeta. Sin belleza no puede haber misterio. Tampoco cristianismo. 
Se acerca  la Venus Victrix la diosa triunfadora con su rozagante manto de Dolorosa que porta en la mano un arrastra-peplos con la solemnidad y empaque del acólito que porta la cola magna del señor obispo. Todo está bien drapeado por el que hizo el planteamiento, pero en esta noche hay alguien que nos estorba, las fichas parece que se mueven y bailan los datos, pero todo en la atmósfera respira intensidad y tiene lo que los alemanes denominan spanung.
La novela es un concepto musical y eso mismo lo tiene ahora mismo mi ciudad. Me arrojo de cabeza, me sumo en el oleaje de los recuerdos a la busca de una cierta congruencia y del hilo de la fábula. Las trenzas de Ariadna y su rubia cabellera las llevamos recogidas en cintas multicolores. Me multiplico, he de hacerme ubicuo y gozar del don de la bilocación con que el Señor favoreció a algunos de sus siervos. No he de tomar las cosas ab ovo, ni tampoco perder la calma. Tengo que perderme en fárragosa burocracia mientras las mucamas romanas esperan el autobús en la parada de mi barrio, cuya marquesina se ha convertido en objetivo de  gamberros y cagadero de borrachos. Lo expliqué en un artículo que este vicio moderno de las tribus urbanas se denomina clastomanía, un vicio como otro cualquier, tan respetable, verbigracia, como la del millonario que vive en los chalets de abajo, los que vierten al río y que rebusca en los cubos de la basura y los contenedores, aquejado del mal de Diógenes, acumular y guardar en el nido igual que las cornejas, pues eso. Ayer le vi al viejo bajar la cuesta de los álamos subido en una bicicleta de carreras que seguramente no mercó en la tienda, sino que es una de los muchos testimonios de su pasión por la rebusca. Ser y tener. Tanto tendrás tanto valdrás. Los romanos tenían una cierta pasión ordenancista. El papado por ejemplo es una constitución carolingia y la Iglesia como la literatura y su pasión por los cilicios y las torturas mentales un cajón de sastre. Últimamente los cura sólo saben hablar de sexo, condones y raptos de tiernos monaguillos. Luego vinieron a perfeccionar el sistema los visigodos con sus corregidores, bailíes, paciarios y el uso del sello y el balduque atado en cuerdas de cáñamo en los documentos oficiales. Desde entonces todos los clérigos son funcionarios. En realidad, es lo que debieran ser los curas. Limitarse a su misión de funerales, bautizos y matrimonios y poner nombres en los libros de registros. Cuando se salen de esa misión específica, ya empezamos todos a mear fuera del sillico. Clericus del griego “kleros” que no quiere decir otra cosa que patrimonio. Los límites son pues mucho más modestos que nuestras pretensiones y, si nos ciñéramos a la línea, si fuésemos un poco más modestos, las cosas empezarían tal vez a ir un poco mejor. Lo que pasa es que hasta el siglo XVIII trono y altar fueron unidos y no andaríamos metidos en equipolencias tomistas ni de discusiones a gritos en las salas de grados. He dicho.
Quedó Arije confundido después de la lectura de aquellos párrafos póstumos y contundentes. Que nunca verían la luz de las imprentas, condenados al polvo del olvido al rebujo de los altillos de su biblioteca. Cuando él muriera o se mudara de domicilio, irían a la hoguera o fuesen tal vez vendidos al peso del papel. Vanidad de vanidades. Mala suerte tuvo Nilo. Mientras la radio coreaba consignas de la guerra del Golfo y las feministas proclamaban cara más dura nunca se ha visto que se había abierto la veda de la caza del macho (la lucha de clases había sido sustituida por la lucha de géneros que cuando él iba a la escuela se resumían en tres equivalentes: masculino, femenino, neutro o epiceno y ahora todo era lo mismo, rajitas y rabitos habían sustituido a los cristos en las escuelas de párvulos y las “seños enseñaban a las niñas en clase las posturas del Bramaputra, cosas del vivir bajo el yugo judaico y arrastrar los pies bajo la gamella, somos bueyes duendos y vacas curalles; tente que te unto con la verborrea de los bustos parlantes) las madres españolas vistieron de minifalda a sus niños y a sus hijas con pantalones para ir a la escuela. Él bajó a la calle y se subió al viejo cadillac destartalado que había comprado a un coronel americano de la base de Torrejón. Lo tenía aparcado en una riera cubierto de polvo y cargado de kilómetros y mandó al volante que lo condujera hasta el cementerio de Brunete. En uno de los nichos  de las casamatas donde estaba la sepultura de un legionario muerto en aquella batalla, ─que tenía un epitafio que  a él le daba que pensar, ponía: "nací, amé, luché, vencí, perdí, morí ¿resucitaré el último día?" ─colocó un ramillete de madreselvas. La sepultura la presidía una cruz latina con cuatro palos a la manera rusa. Nilo dejó en sus mandas escrito en un papel antes de suicidarse que quería ser enterrado por el rito ruso, que durante el sepelio sonase la grabación de una misa de resurrección que registró el año 87 durante una audición de onda corta por Radio Sputnik. Una de las aficiones del segoviano, aparte de la literatura, era el diexismo. Hombre profundamente religioso y reverente, Nilo Propín alias “Propinas” era del parecer que el Vaticano quemó su mandato divino y entregó al diablo las filacterias y las arras de su misión sagrada en el mundo. Pero, si Roma  y Constantinopla prevaricaron, el patriarca moscovita se mantenía incólume en la doctrina y sobre todo en el esplendor y boato de su liturgia revestido de casullas de oro y tiaras de piedras preciosas semejante a Cristo en majestad.  Las misas rusas conservaban el esplendor, la magnificencia solemne y el boato del imperio bizantino, ─el “Semnotés” de los griegos─ parecían representaciones de una tragedia de Esquilo. Arije pensó que esto era una extravagancia de su amigo, no se puede cocear contra el aguijón, y que los tiempos cambian.
Depositadas cinco rosas en la tumba que guardaba los restos mortales de su Nilo en el cementerio campestre de Brunete al lado de los blocaos y casamatas, recuerdo de la cruenta batalla de 1937, la batalla de la sed, se encaminó as Villanueva del Pardillo donde uno de su pueblo, Rufino Vírseda, fue hecho prisionero por la fuerza del general republicano don Segismundo Casado. En su pueblo le dieron por muerto y cuando se estaban celebrando los funerales al fin de la contienda por su eterno descanso en la majestuosa iglesia de Cantalejo allí apareció Rufino licenciado del ejército, tan pichi. Su habilidad y su simpatía de tratante de ganado y de trillero errante le granjearon la amistad de los carceleros rojos y se pasó la guerra enchufado en un campo de prisioneros nacionales en Valencia. El pueblo trillero tuvo por milagroso aquel suceso que fue comentado en las Siete Villas, un milagro atribuido a la Virgen del Henar. El liberado colocó como exvoto un retrato suyo de artillero que le tomaron en el Cuartel de la Montaña al entrar en filas. Cada año en el último domingo de septiembre acudía a Cuellar donde tiene esa imagen su santuario a dar gracias al a Virgen del Henar por haber salvado el pellejo.
Los violines sonaban ya a la hora del crepúsculo. El Dodge Dart que compró a Rodrigo Royo tiraba millas subiendo la cuesta de Valdemorillo acercándose a las dehesas del Escorial habitadas por fresnos gigantescos de macabras figuras que parecían fantasmas; decían que allí se apareció la Virgen a una chica de servir pero como a él no le gustaban estas historias de aparecidos pasó de largo. Decían que desde una rama de estos grotescos sauces la Dolorosa de Fuentelsaz le lanzaba mensajes sabatinos a una supuesta vidente (picaresca nacional), una pobre mujer e Albacete aseguraba ver a la Virgen que le mandaba guasaps al móvil todos los sábados hilo directo con la deidad milagro a tiro fijo cada sabatina…Arije pisó a fondo cuando el coche se acercaba a Prado Nuevo y escupió tres veces. Los diablos se escondían entre las peñas y las zarzas propalando mentiras y embaucamientos. Allí estaba sólido e inexorable el demonio Erifos. Allí se acercaba gente sin rumbo, los desahuciados de la medicina, y en desdicha, en espera de encontrar cura de sus enfermedades y carestías. Los amigos de Amparo Cuevas, supuesta veora, poniendo el cazo a cuenta del fraude de las apariciones marianas se hicieron millonarios y compraron pisos, abrieron residencias de ancianos. Arije, que, desesperado pues todo le salía mal en un principio, era atraído a estas tenidas, creyó en aquellos supuestos pero cuando se dio cuenta de que todo era un fraude, se llamó a andana. Un sábado vio cómo una pareja fornicaba furiosamente al pie del árbol de las apariciones  y preguntó al hombre que hacía de macho Alfa pero que en realidad era el Pateta en desguisa:
¿Qué estáis haciendo ahí sinvergüenzas?
Quiero empreñar a mi señora. El ginecólogo cree que nunca se quedará encinta, vientre, yermo. La Virgen tiene que hacer un milagro.
El paisano miró para el entrometido con ojos feroces y prosiguió su tarea ya casi a punto de terminar.
A ver, a ver contestó Manahén por decir algo corrido de vergüenza. Pero al volver la vista se dio cuenta qué horror que el furioso sátiro empalmado desplegaba verga de casi medio metro dos cuernos de morueco retuertos que le daban vuelta a la cabeza y no se apoyaba en pies como los humanos sino en pezuñas. Era súcubo e incubo como reza la tradición y la que estaba entre sus piernas no era la vidente sino la alcaidesa de socialista de por allí cerca quien profesaba a Belcebú profunda devoción, hasta el punto de encargarle una estatua para ponerla en lo alto del puente Perín. Arije dio un grito de espantó y huyó del lugar para no volver más. Prado Nuevo era un lugar donde se guarecía el diablo. Había visto al diablo aquella tarde, estaba convencido. Daba diente con diente y no volvió hasta ponerse de nuevo al volante camino de Segovia.

XVII

Aquella garamalla sin mangas tejida de un solo hilo Cristo se desvestía y sus siervos y seguidores duro colocarse ropajes, uno encima de, sotanas y dalmáticas, al año que viene en Jerusalén, pero caminamos de espaldas al monte calvario abolía el orden viejo. Los ornamentos de los dioses antiguos: Júpiter, Diana, Afrodita y Baco quedarían preteridos pero sus sacerdotes, sintiéndose desnudos e incapaces de imitar al que pereció en la cruz en taparrabos, no harían otra cosa en todo el tiempo que hacer mayor el cupo del “indumento”.
Casi me desternillaba de risa, pero aquella hora de grandes acontecimientos fue el tiempo de los sobresaltos y de las confusiones (yo creía, pensé que; pues no, señor; al revés te lo digo para que lo entiendas) y de las perplejidades. Nos anegamos en un marasmo de sorpresas. Tú, Cristo bendito, viniste para confundir a los mortales. Supuestamente quedaron sin vigencia las estolas, las mitras, las cidarias, el efod y todos aquellos ropajes que se ponían uno encima de otro, negro sobre blanco, blanco sobre negro, para definir oficios y categorías inciertas de flamines y peanes del mundo órfico.
Degolló nuestros principios sin espada.
 ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
Por sus obras los conoceréis- respondió el Señor
Se rieron de su sombra, pero Él no vino a traer la paz al mundo sino un orden nuevo con todo lo que ello implica: la destrucción de Jerusalén que fue desmontada piedra a piedra y los campos adyacentes de su pomerium o arrabales, arrasados y sembrados de sal. Al pie de la cruz escuchábamos el batir de los tambores de los soldados de Tito casi tres cuartos de siglo de que aquel cerco se produjera.
  ¿Y no escarmentaron los judíos?
Por vida de Minerva, ¡qué bah! Son pueblo duro de cerviz, una alegoría de la sinrazón y estupidez humanas.
Era Jesús un revolucionario. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron; sin embargo, no fue su obra atenazada por las tinieblas. Resplandeció su luz venciendo a la oscuridad. Sus vestiduras de ajusticiado por una de esas carambolas inexplicables que hoy confunden a los soberbios (la potencia se hizo acto trascendente) y se encendió el fuego de la gran luminaria que ardería por los siglos de los siglos sobre aquel pebetero, puesto que nadie será capaz de destruir el amor, eligiendo a lo más despreciable y abyecto del mundo, que de los rechazados y humillados y ofendidos hizo él su piedra basal, en menoscabo de la soberbia y de la confusión terrenales. Su reino no era de este mundo, pero venció al mundo con su evangelio.
Debió de ser un revés y signo de contradicción para muchos.
El libertador anunciado por los profetas de Israel moría en el suplicio escoltado por dos ladrones: Dimas y Gestas. No me vengáis con bromas ¡Qué guasa! Vino a los suyos y los suyos no le recibieron ─la frase de Juan que luego leí incansables veces martillea mis sienes─ mientras los mercenarios, puesto que no se puede hablar de soldados romanos, ya que el centurión Cornelio, un hispano nacido en Híspalis se negaba a crucificar al Mesías pero ante la contumacia del sanedrín “tolle, tolle, crucifige eum” (quita, quita, mátalo) no quería que el pueblo romano se manchase las manos de sangre y contrató a una partida esclavos sirios para hacer aquel trabajo. Los soldados de Cornelio estaban cabizbajos cuando se rasgó el velo del templo, hubo una tormenta, tembló la tierra y oscureció a las tres de la tarde. Para entretener la vela, mientras custodiaban al pie de la cruz, se rifaban con el cubilete sus paños menores. Y cuando “cum voce magnum” expiró…  sonó el consumatum est que hizo temblar los quicios de la historia, huyeron despavoridos y bajaban algunos diciendo por el monte Calvario atentándose unos a otros para no caer cuesta abajo debido a la oscuridad que se hizo en el cielo de repente:
Verdaderamente este era el Hijo de Dios.
 El Hijo del Hombre salvaba al mundo en taparrabos. Semejante desvergüenza ¿dónde se vio? La humilde túnica era símbolo del siglo futuro. El que busca su vida la perderá. A ver queremos; un signo pues ese no nos vale.
La vida  de todos los hombres por nuestra salvación se la había echado el Inocente sobre los hombros a manera de chal cobijando sus espaldas doloridas cuando, varón de dolores, al cabo de cinco mil azotes y de 72 puntas de cambronera que es el peor de la especie de los espinos y la más áspera de las zarzas que horadaron sus sienes trepanaron su frente inmortal quedando ensangrentados los mechones de su rubia caballera y de su barba taheña ¡Ah que nos miraba a todos con aquellos ojos dulces llenos de perdón! Del primer pecado de Adán Él, varón de dolores, nos redimió.  A mí se me hacía muy difícil de aceptar, como romano, acostumbrado a mirar a los dioses con un cierto escepticismo, ver aquel semblante de manso cordero.  Los dioses reinaban en el Olimpo para castigar y enviar rayos y desgracias a los mortales. Si te enojabas con Júpiter, éste te taladraba con su gario y te convertías en rana.
Con los dioses no se juega. Antes de morir había que hacer mandas a Esculapio y se ordenaba matar un gallo capón para que el dios de la salud tuviese una fiesta allá arriba con sus amigotes, y después de expirar tenían que sujetarte la barbilla, abrirte la boca y meter entre los dientes una moneda para pagar al Barquero. Tan mala costumbre, acicate de la codicia, fue un pretexto para que en el mundo antiguo abundasen los profanadores de tumbas. El oro era más importante que la deidad y en facto es la única divinidad que rige los designios. Oro, oro y nada más.
Fue ofrecido al pueblo en espectáculo de befa. Un esbirro lo empujó hasta la balaustrada y Jesús apareció en el enlosado del Lithostros una caricatura de ser humano, un guiñapo.
Ecce homo… ahí lo tenéis, cabrones, hecho un guiñapo. ¿No os basta? ¿No queríais que lo castigase? Pues le hemos zurrado bien la badana. ¿No os dais por satisfechos? ─ dijo Poncio
 No  clamaron entonces los judíos.
La chusma quería más sangre. Y contestó a la demanda del prefecto con palabras terribles
Crucifícale, crucifícale, mándale al palo y caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.
  ¿A vuestro Rey queréis que condene a pena de muerte?
No es nuestro Rey. Se hizo pasar por hijo de Yahvé. Blasfemó.
Dada la condición vil de la chusma, Pilatos tuvo miedo. Era el mismo morbo, el de aquellos judíos soliviantados y nacionalistas, que el que impulsaba  a la plebe de Roma a cometer toda suerte de desmanes en el coliseo. Quería ver la sangre a chorros de los andábatas sobre la arena y que cantasen el himno. Ave, César, los que van a morir te saludan.
Ecce Homo. Le habían colocado un manto púrpura sobre los hombros como el que llevaban los locos por las calles de Jerusalén, pusieronle una caña en la mano por cetro y así compareció. No lo condenó Pilatos. Fue sentenciado a muerte por un tribunal democrático, por mano alzada, que sometía sus veredictos a votación en la casa de Anás y Caifás, sumos sacerdotes. Lo mataron los judíos. Pero la perfidia de esa raza es alegoría de la condición humana, si se quieren mirar las cosas desde un ámbito teológico, ajeno a toda manifestación racial. Sin embargo, el pueblo elegido se convirtió en pueblo errante. Nunca tuvo paz consigo mismo.


XVIII
Roma madre de pueblos ciudad del amor su nombre me retrotraía a aquellas tardes de invierno en mi pupitre del aula de estudio pasando paginas del Raimundo de Miguel el gran calepino mirando para la Mujer Muerta el monte que envuelve a mi pueblo en un manto de nieve por el invierno atizando el fuego de lejanías. El aire frío de la ventisca se colaba bajo los ojos del acueducto. ¿Qué será mi vida Dios mío la estoy empezando? El busto de Tito Livio me sonreía desde la portada del libro los Anales que don Valeriano nuestro maestro de latinidad fue a comprar a la calle Barquillo y yo pasaría cinco años en la Plaza del Rey habitando con el duende de las Siete Chimeneas. Jacobo I de Inglaterra vino a casarse con una infanta la cual diole calabazas, aquel rey moriría en la horca y su fantasma merodearía por los pasillos. Allí estaba un banco y luego pusieron un ministerio.  No sé si habrá un registro de los hados que marca la ruta de nuestros designios. Vida errante. Soy judío. Flavio Josefo contó la destrucción de Jerusalén por las legiones de Vespasiano en castigo por haber dado muerte al Inocente. El templo fue arrasado y su velo se rasgó cuando el sermón de las siete Palabras. A lomos de prisioneros israelitas el Gran Candelabro de los Siete Brazos fue arrastrado durante cuatro mil kilómetros hasta la Ciudad Eterna. Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas, quedó convertida en Aelia Capitolina. Fuiste señora y ahora esclava, te condenaron a vagar por el mundo. Vida errante. Me lo contó Vilicus uno de los guardias que custodiaron la agonía del Inocente y al pie de la cruz se jugaron a la taba sus pobres despojos: las sandalias, el lienzo de pudores, un peine con el que Jesús se acicalaba la barba, y no pudieron hacer partes de la túnica de Xto porque era de una sola pieza. Era el triste sudario de un profeta vagabundo que viajó por Palestina sin dinero y sin impedimenta. Un tullido que se puso sus sandalias se levantó de la silla de ruedas y empezó a caminar, Longinos el decurión enjugó su rostro enfermo por la sífilis en el paño de pudores que había llevado el Señor. Aquellos santos calzoncillos fueron el sacramento de su cura. La gente cuando se produjo el desenclavo y bajaron el cuerpo de la cruz quedó atónita ante las cosas extraordinarias sucedidas aquella tarde de Viernes Santo en el Gólgota: Las curaciones milagrosas y las resurrecciones intempestivas pues vieron salir de sus tumbas─ cuenta el evangelista─ a los muertos de los cementerios y el propio centurión Cornelio cuando regresó a la ciudad después de aquel servicio se encontró a su esposa Camelia dando gritos de júbilo: uno de los hijos del militar que estaba paralítico a causa de un tumor cerebral y casi en la agonía de súbito se puso bueno, se le quitó la fiebre y pidió punzón y tablillas para describir el viaje que había realizado a ultratumba — el galeno Mincio, que lo atendía, y el flamine que le ayudaba a bien morir habían dado al joven por muerto: el hígado se le salía a cachos por la boca— y así pasamos la tarde pensando en estas y otras cosas mientras contemplábamos la naumaquia y las peleas de gladiadores.
Hay que guardar silencio en el templo de Volutia, la vestal que me introdujo en el mundo del sigilo. Séneca me enseño a dominar mi concupiscencia desde el criterio de que el mando sobre las pasiones sobre todo la gula es el pórtico de entrada a la felicidad.
 El silencio es inefable puesto que la palabra a veces ofusca el entendimiento y empecé a ver claro cerca del Circo Máximo. Los gladiadores hacían músculo en un campo de entrenamiento cubierto de grava. Olía a embrocado y a sudor. Los reciarios se desempeñaban en movimientos con la red, los andábatas extendían el tridente y un esclavo subalterno les enseñaba cómo tenían que gritar ave cesar los que van a morir te saludan. Habían los púgiles de inclinarse de medio cuerpo esperando que desde el palco imperial el césar hiciera la señal convenida: dedo pulgar para arriba, vida; si por el contrario invertía la posición hacia abajo el gladiador tendría que morir Un calificador catalogaba las posibilidades que tenía el etíope Ursus de vencer a un tigre que le soltarían media hora más tarde. Se escuchaba el rugir de la multitud. Un sol de justicia caía a plomo sobre Roma. Los luchadores ensayaban llaves y estratagemas para derrotar en la lucha a su oponente. Un clavijero que debía de medir dos metros limpiaba el “sanguis” o enseña militar, con un dragón pintado en la sobrehaz, que abriría carrera de la procesión de tres vueltas al ruedo y otras tantas prosternaciones ante la tribuna del emperador. Vi a Nerón. Era un tipo rechoncho de ojos grandes y nariz gruesa. Una diadema de oro orlaba su frente, llevaba tres anillos de zafiro en los dedos y su aspecto era el de un hombre vulgar de origen germánico. Estaba gordo y lanzaba constantemente risitas y carcajadas. Bebía vino de Salerno y, antes de empezar la función, ya estaba “trompa”. Un “signífer” o adelantado de centuria trepó a lo alto de la columna trajana y soplando en un añafil de plata tocó el clarinazo que marcaba el inicio de las espectaculares “joci” comenzaba el espectáculo. La chusma enardecida vitoreaba al emperador  gritando:
   Panem et circenses
Fuese menester tener contento al pueblo y propicios a los dioses o no, el hecho era que ésta era la política de los césares. Arriba y abajo. En lo alto estaban los dioses y el senado romano, abajo el ejército y el populacho. Por las gradas se veían sombrillas y parasoles para guarecer del sol, las caras tostadas de los libertos y el bello cutis de las matronas. Vendedores ambulantes recorrían los vomitorios vendiendo agua de nieve y pepitas de calabaza. Se cruzaban apuestas sobre los contendientes. Unos apostaban por los que habían de perecer en la arena y otros por los gladiadores victoriosos. Cantaban sus nombres y se proclamaban “addicti” de cualquiera de los combatientes presentado. Entretanto, rugía la hinchada. Unos apoyaban a Carneades un griego corpulento con aspecto de de matón al que le faltaba un ojo que pegaba golpes certeros y ganaba todos los combates y otros a un tal Rufus venido de Hibérnia (Irlanda) que era el terror del Coliseo.
El día de circenses las vestales tenían la tarde libre. Y algunas acudían a los juegos causando entre la hinchada admiración por su belleza serena y llena de quietud. La vestal maesa portaba una diadema sobre la frente; la joya injerta en amatistas, diamantes y zafiros hacía aguas deslumbrando a los espectadores. Uno de los competidores cayó derribado por su contrincante cuando se distrajo mirando para el tendido reservado a las vestales. Les daba escolta a las jóvenes una cohorte de los más fornidos eunucos. Algunos de ellos provenían del Alto Nilo, eran númidas. Antes de entrar al servicio del templo eran castrados previamente. 
También custodiaban a las meretrices del harén regio. En el anfiteatro los númidas se destacaban por sus cuerpos atléticos, y el rigor con el que cumplían con su deber: mantener a buen recaudo a las vírgenes consagradas a Júpiter de la lascivia del populacho. Violar a una vestal constituía uno de los delitos más horrendos del derecho romano, castigado con la pena capital previa emasculación del delincuente. Una vestal tampoco podía ser condenada a muerte. Permanecían encerradas entreaño. Al llegar las saturnales, sin embargo, era quebrantada su clausura y podía salir a la calle para ser admiradas por la plebe. Se las veía pasear por la Vía Apia arrastrando sus peplos y ricos mantos de seda guarnecidos con as más ricas alhajas extraídas de las mejores minas del imperio. Roma no pagaba traidores. La gran solidez y consistencia del  régimen político que duraría más de seis siglos se apoyaba en la norma del derecho el cual a su vez tomaba como columna basal dos conceptos: el “jus” (derecho) y la “virtus”.  Todo eso vio Villeguillo, cuando miraba desde su haiga aparcado a la vera del Río Clamores contemplando las murallas romanas de la Ciudad del Acueducto.
Tuve yo allí un esclavo griego, Andronicus, que me enseñaría las pandectas y todos las intríngulis bizantinos de la casuística. Los hados y la superstición eran otra característica que servía de base a su concepto sincretista de la religión. Eran un pueblo práctico. ¿Por qué conformarse con un dios único — aducían los flamines sacerdotales de Júpiter— cuando la divinidad puede constar de tantas variantes en medio de una realidad tan complicada, variopinta y diversa? No hay respuesta. Sólo sé que no sé nada. Lamentablemente, las religiones fueron la causa de muchas muertes y peleas entre los mortales. Allá cada cual con su creencia.
En un rincón del anfiteatro aparecían despavoridos y sollozantes como medio centenar de personas. Entre ellos había viejos, mujeres y niños; unos se mostraban temerosos y sollozantes, pero otros aparecían alegres y como deseosos de alcanzar la palma del martirio en la boca de los leones. Iban a ser sacrificados por haberse negado a quemar incienso en honor de los divinidades sincretistas. El egregio luchador Silvinus Carassus parecía querer arroparlos, dispuesto a defender a aquellos postulantes de una religión nueva predicada por un judío llamado Saulo. El cual aseguraba que Jesús, su maestro, había bajado del cielo para salvar a los hombres, pero murió en una cruz (el tormento más ignominioso para un romano) condenado por el consejo de ancianos de Jerusalén. Para ellos era un  impostor blasfemo por haberse anunciado al pueblo elegido como hijo de Dios.
─Soy el Mesías.
─Eso no te lo crees ni tú. Sólo eres el hijo del ebanista de Nazaret.
 Saulo predicaba la segunda venida del crucificado, la apocalipsis, estaba cerca. En eso se equivocó.
Vistoso y abigarrado espectáculo el que ofrecía aquel recinto abarrotado ocupado por una chusma ávida de emociones fuertes. Cerca de sesenta mil almas contemplaban la arena desde los tendidos. Unos reían, otros lloraban a causa de las riñas frecuentes, las apuestas y las porfías, y otros jugaban a los dados. La ludopatía era el vicio mayor en Roma. Se jugaban a la mujer, a la madre, las fincas, la casa y perdían hasta la camisa. En Roma los recién nacidos venían al mundo empuñando unos dados o una baraja.
De pronto se notaba barullo en una grada. Dos espectadores  estaban peleando en ese momento escupía el vomitorio un pelotón de soldados que zanjaba la disputa a machetazos.
Los juegos duraban todo el día de la mañana a la noche, por lo que había que traer merienda. Se veía a algunas mujeres comer a dos carrillos bocatas de jabalí o una salazón de pescado que llamaban garium. Regaban la merienda con vino aguado. Sobre todo, las mujeres libaban de lo lindo. Apuraban las “pocula” (jarros) Una matrona que le había dado al pimple más de la cuenta se puso a cantar canciones obscenas y recitar versos de Plauto. Tan pronto se llevaba las manos a los genitales como exhibía los pechos al aire por culpa del vino. La plebe empezó a silbarla y jalearla y se preparó todo un espectáculo. Estaba beoda. Había consumido dos cráteras — casi una cántara — de morapio de Lesbos que en las “cauponae” (tabernas) romanas se consideraba el más fuerte. El pueblo se divertía con la vieja. Quería pan y circo. Nerón dio la señal y un trompeta (el “tubicen”) soplando por la tuba tocó una diana florida, saltaron a la arena, rugientes y en manada, los leones que habían de despedazar a los cristianos.







XIX

Vocean titulares los noticieros. El que canta las letanías; gran jefe es ese calvo mondo y lirondo heraldo del desastre y la cochambre. En China se ha desparramado el virus de la peor de las pulmonías, vuelve la peste negra de 1348 en alas de los murciélagos. El mundo tiembla pues algunos dicen que esta pandemia forma parte de una estrategia de la guerra bacteriológica. Siete mil millones de seres humanos en el planeta. Todos no cabemos. Unos culpan a Trump, el asesino con su patulea de sionistas al ritmo de la doctrina Monroe y el Erez Israel. Cunde el pánico y las multitudes se agolpan en los pórticos de las iglesias suplicando perdón y clemencia.
Se empeñan en cocear contra la inteligencia; hoy tengo angustia vital. El de la trompa juega al trompo y en sus manos el mundo es una peonza nuclear mientras vuelven los que dicen que se han ido a rezar en la mastaba, allí se pegan cabezazos sobre la roca viva y miran de través.
Atollite portas antiquas” que ya no hay cerrojos mientras nosotros nos encasillamos en un estado y miramos para arriba para ver las torres que cayeron. No eran de marfil. Eran rascacielos. Os mandamos a vosotros y a toda la chusma del mundo para repoblar  baldíos que para eso nos hizo Dios sus elegidos, chápate esa. Vuestros gobernantes son una piara de necios (Rajoy un perfecto gilipollas que cretiniza a medio mundo con discursos decimonónicos) mal nacidos y os encandilan los bustos parlantes de largas cabelleras y pechos electrizantes caderas deslumbrantes y aserrín en la mollera, cabezas de chorlito, en los informativos así lo quiere el Calvo. La del coño grande y los ovarios chicos.
Fueron derribadas las murallas de Jericó. Ya no hay muros y todos son resquicios coladeros. En avalancha se abate el infiel sobre la Ciudad de Dios. Soros el gran rabino de la invasión  de la “aliyaa” financia a los invasores asaltafronteras, por omecillo que siente hacia la cristiana civilización y pronto tendremos persecución in odium fidei
La Carmena con otras furias compañeras es la gran sacerdotisa de la prevaricación occidental. Los políticos les abren la puerta, ya estamos preparados para un nuevo rapto de Europa y habrá que asumir las consecuencias o rendirse o defenderse. Me lo dijo esta tarde en el Gijón un camarero cheli que hablaba madrileño rajado. No tenemos buques en guarnizo y para colmo a algunos de mis camaradas les falta  la mitad de los dientes.
 Por Recoletos pasean los recién llegados con la misma parsimonia que los antiguos alhameles que traían el morapio de Valdepeñas con las cubas balanceando en carros del país tirados por yuntas de siete pares de mulas. Reata,… yia. Esperan del gobierno una casa y un trabajo.
El sol declinante besa con sus rayos la Cibeles que pasea a sus leones debajo de un cartel que pone Welcome refugees. La alcaldesa se está cambiando las bragas me cuenta un conserje del ayuntamiento mientras se fuma un Farias y el humo embalsama de incienso la tarde de abril. Sus diarreas son la causa de que las lleve sucias y con palominos la alcaidesa. Pronto va a llover lluvia ácida. Stinking lady, brazos de hierro pechos de diamante pero cagalera al canto y cazcarrias por el ojo que nunca mira al sol. Me santiguo y rezo de mi breviario las vísperas en un banco del bulevar a la sombra de los tilos. Mi alma está tranquila en medio de tanto sobresalto.
El arco de un violín y la dulce cantarela en manos de un soldado de la guardia hacen arpegios sollozantes despidiendo al día. Nos quitarán la patria esos testarudos pero la música del violín seguirá resonando por la fonda de arboleda del palacio de la Guerra. Pronto habrá un ajuste fino de gobierno, no somos nadie.
Han cerrado los cafés cantantes donde yo iba de zambra cuando era joven y tenía allí, hasta cierto punto, mis colmados y zagüetes. No queda ni rastro del circo Price pero yo he sobrevivido. 
Pasa la vida entre proclamas, serventesios y reuniones para la desconexión. Me cae mal ese peludo, el tal Puchi, con su escudero el ojo pipa. Don Tancredo trae a todo el mundo al retortero con sus cobardías. Cierro la tienda y me vuelvo para Oreanda. Estoy hasta los mismísimos del cogüelmo. No permitas, Señor, que mis dedos se vuelvan huéspedes. Mañana, fuegos artificiales en la Plaza del Riente. Ni se os ocurra portar por allí. Aviso de atentado. Los sepultureros no dan abasto. El virus de la gripe china hace estragos. A todas horas cantan los popes la secuencia espectral del Miserere. Ya está aquí el Día de la Ira. Empuñando está la guadaña doña Finsternis. Hijo de David, ten compasión de mí. Dos mujercillas que salieron de un puticlub de la calle la Ballesta se pusieron de rodillas en la mitad de la acera, se daban golpes de pecho y rezaban el yo pecador, que aprendieron de niñas de labios de su abuela. Yo creo que estas pobres serán perdonadas pues pecaron mucho y amaron más. El Señor verá con buenos ojos su atrición.



FINISCORONAT OPUS








Fdo. Antonio PARRA GALINDO


domingo, 09 de febrero de 2020
MADRID




















[1] Llamo a lo fieles, loro por los muertos y soy pararrayos


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